edición: 2575 , Martes, 16 octubre 2018
22/05/2018
OBSERVATORIO DE TALENTO RELACIONAL

Diseñadores del futuro

Julián Gutiérrez Conde
Es apasionante ver el impacto que ya la incipiente digitalización va teniendo sobre nuestra vida cotidiana tanto personal como profesional. Tiene uno la sensación de que sr puede cerrar los ojos, soñar y la Mente Emergente de alguno de nuestros jóvenes se entregará con pasión e inteligencia a buscar soluciones simples, sencillas y accesibles para resolver situaciones  complejas o engorrosas. 
No voy a negar las indiscutibles ventajas de lo práctico digital en el confort de lo cotidiano pero debo reconocer que en ocasiones me siento forzado. Y admiro a esos jóvenes capaces de aunar inteligencia, creatividad y energía para crear inteligencia artificial, robótica, procesos y artilugios. Son ellos, como hijos del futuro, quienes lo están diseñando a un ritmo vertiginoso. 

La imaginación y la creatividad son valores diferenciales del género humano que le empujan hacia ambiciosas aspiraciones. Pero hoy día parece que podamos encontrarnos ante una novela de Julio Verne cuya ficción será obligatorio vivir.

La digitalización parece regirse por el principio de que “si es útil, es bueno”, lo que no deja de ser algo carente de riesgos; porque también el tabaco tiene utilidad como calmante de la ansiedad, el capricho de algunas personas y hasta los ingresos de los estados y sin embargo es nocivo para la salud como bien superior. Y lo mismo sucede con algunos productos farmacéuticos, alimenticios, cosméticos o materiales de construcción que son dañinos a pesar de su indiscutible utilidad.

Me pregunto si hemos pensado lo suficiente en relación al impacto que sobre las personas puede causar la utilidad digital a la que nos entregamos con devoción. Con demasiada frecuencia la idolatrización y la ciega sumisión conllevan peligrosos riesgos secundarios.

Me preocupa no tanto el hecho digital como la impositiva obligatoriedad de tener que incorporarlo a la vida y quedarme sin la posibilidad de poder manejar otras opciones. Y me preocupa también su excesivo sesgo hacia la competitividad como criterio de evaluación. ¿No tiene algo de avasallador el mundo del Nuevo Millenium o corremos el riesgo de que lo sea?

Mi banco me anuncia la proximidad de la digitalización obligatoria al haber dado ya el primer paso. Mediante un escrito me anuncia que si no me manifiesto explícitamente en contra, a partir de cierto momento dejarán de enviarme los resúmenes de mis movimientos en papel y podré acceder a ellos a través de las herramientas tecnológicas que ponen a mis disposición. Es una premonición de lo que será su servicio en poco tiempo. 
Un supermercado reduce sus costes manteniendo en sus estantes tan sólo una muestra de cada producto. 

Uno puede pasear por aquellos largos pasillos y efectúa la compra y el pago directamente por el teléfono. A las dos horas el pedido se recibirá en casa. No se necesitan ni empleados en caja ni costes de rellenos de estantes ni dispersión de stocks. Incluso existe ya un hotel sin empleados. ¡Todo muy rentable y competitivo!, pero me pregunto ¿cuál será el valor de las Personas?

En medio de todo ese ingenio reclamo mi “Derecho a no ser así o a Ser Diferente”. 

Hace poco asistí emocionado y asombrado a un magnífico congreso sobre tecnología y digitalización en un sector. Allí estaban todos aquellas e ingeniosas Mentes Emergentes exponiendo sus extraordinarios ingenios. Todos ellos llevaban los “uniformes característicos del post-modernismo”; pantalones vaqueros o atuendos deportivos o cassual.

Sólo dos personas habíamos acudido con corbata al evento y aquello me hizo sentir que “quizá era yo quien formaba parte de los disruptivo” en aquel ambiente.

Desde aquí reclamo mi admiración y derecho a disfrutar de “un mundo de tenderos”. Quiero un kiosco con alguien a quien saludar, un peluquero con el que conversar, una dependienta a la que pedir orientación, un asesor al que poder exponer mis dudas, un pescadero, frutero o carnicero que, como parroquiano, me oriente sobre la mercancía más fresca o adecuada para lo que deseo. O que pierda su tiempo en aleccionarme sobre el modo más conveniente de preparar un determinado plato. Porque no quiero que todo sea práctico en mi vida.

Admiro las relaciones personales y tengo en gran estima su valor. Ni todo es productividad ni tampoco rentabilidad económica.

Si; confieso ser de pueblo y quiero tener la opción de seguir moviéndome en un mundo de tenderos. 

¡Perdónenme por ser así!, por pretender poder elegir mi futuro.

¡Perdóneme por ser tan disruptivo ante el Nuevo Mundo!

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