edición: 2662 , Viernes, 22 febrero 2019
07/02/2019

Editores espontáneos

Como aquel soñador de torero que una buena tarde de toros se lanzó al ruedo con un trozo de cortina a modo de muletilla apañada, el presidente del Gobierno del Reino de España se ha precipitado al mundo editorial con el que, al parecer, mantiene una deuda pendiente, una tesis de dudosa autoría. Así acude el osado premier al patio sin reparar en el revuelo reinante y en la creencia de que su obra nueva traerá la buena ventura y las gracias al respetable.

Pretende mostrar lo mejor que sabe: resistir. De la peor forma: la escritura. En un momento convulso: inapropiado. Cifras al alza en el desempleo, efectos fatídico, directos o colaterales del salario mínimo, con las togas a punto de caramelo para verse las caras con los reos y con media España calentando la papeleta de la derecha (o ultraderecha). Alguien debería haber recomendado al desvergonzado alguna lectura rápida del gran Napoleón, experto como ninguno en la elección de tiempos y ocasiones propicias para liarse a palos.

Y todo parece que en este hombre va a ser morro y más morro, esperpento puro, ibérico, que como aburrido viajero esta huero de tanta lectura como descaro acredita. Que la erótica del poder (supongo que esta y no otra será la causa) anime al descarado a la edición adelantada y prematura de sus memorias, no le exculpa ni exime de recibir críticas y reproches variados. Dudan los más cabales de la autoría de su escritura porque es sabido que una obra seria precisa meditación, sabiduría y habilidad con la pluma. Y a decir verdad que ninguna de las virtudes dichas acredita el personaje.

Tampoco habría que descartar que el muy viajero perillán aprovechase los tiempos del vuelo para aplicarse en la escritura. No podría ser de otra forma, pues cuando pisa tierra firme, su trabajo, el gobierno del Reino, no ejerce. Decir que en esto de los libros siempre han habido (sin ánimo racista) negros dispuestos, o serviciales señoras, incluso compañeras de bancada habilitadas y prestas para la faena (editorial, claro). Se sabe que el osado suele ser machacón, que vuelve y repite, que no se cansa y que insiste y resiste. Su actitud sólo es comprensible si aceptamos que el autor sufre una distrofia aguda de apreciación o que es simple y llanamente un irresponsable convulso.

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