edición: 2324 , Martes, 17 octubre 2017
28/11/2016
La estrategia del miedo

El BCE crea un escenario incierto para acelerar reformas

La incertidumbre política, protagonista en la recta final del ejercicio, puede desembocar de nuevo en estancamiento económico si los Gobiernos no reaccionan
Juan José González
"Riesgo de corrección brusca" es la frase que parece haberse convertido en trending topic entre analistas, asesores y expertos que estos días miran con lupa y auscultan en detalle los ritmos del mercado financiero. Ritmo acelerado desde el vuelco de las expectativas provocadas por el cambio que a partir de enero llevará a un nuevo presidente de las EE UU a la Casa Blanca. Hay que reconocer que la reacción mundial a esa novedad política ha causado una primera conmoción, una explosión de dudas e incertidumbres financieras de tal magnitud que ha elevado hasta niveles críticos los riesgos financieros, poniendo en peligro también, la estabilidad de los mercados. Es por tanto la incertidumbre política el principal revulsivo que puede mover en uno u otro sentido el destino de los mercados europeos en los próximos meses. Y así, avisado el mundo financiero del inminente riesgo de corrección, los mercados se preparan para recibirlo.
Parece que el cambio político en EE UU ya ha conseguido provocar una primera reacción: preocupar a las autoridades europeas. Y la primera reacción de estas, del BCE, ha sido advertir a los inversores e instituciones financieras que operan en la eurozona un próximo y muy cercano cambio en la valoración de activos, cambios en los mercados y algunos cambios también como corresponde a las divisas. Se refiere el BCE, en concreto, a la caída de los precios en los bonos, subida de las cotizaciones bursátiles y apreciación del dólar frente al euro. En realidad, son `lugares comunes´, en el argot financiero pero que dejan entrever la preocupación de las autoridades por evitar que se repitan algunos episodios de finales de 2007 y 2008. La advertencia es tan clara como que los nuevos riesgos, políticos, se convertirán si no se toman precauciones en pérdidas y problemas de liquidez para los inversores institucionales.

Sobre el papel, la advertencia de las autoridades, de la más interesada en mantener la estabilidad de los mercados, como el BCE, no deja de ser un intento de exculpación ante un posible escenario negativo, donde los efectos en forma de pérdidas, quiebras, impagos o bloqueos de capitales ya contarían con la advertencia previa del supervisor financiero. De ahí que, tras el aviso, un tanto alarmista, las mismas autoridades hayan procedido a graduar, de forma acelerada, la intensidad del mensaje, expresando su máxima confianza en que los efectos de los temblores políticos en Norteamérica causarán efectos moderados si los inversores institucionales mantienen la calma y toman precauciones.

La alarma por tanto de la "reacción brusca" no debería sobrepasar el área de juego donde actúan los inversores, los mercados de activos, de renta fija y variable, o de la financiación no bancaria, incluso tampoco en el de las operaciones corporativas. Es decir que, aunque los riesgos se proyecten sobre los activos en general, no deberían implicar cambios en el escenario económico base, tanto en el terreno de los tipos de interés, y su presión al alza, como en las expectativas de inflación para los próximos meses en la eurozona. Aunque, sin embargo, los efectos de la inestabilidad alcanzarán de alguna forma a las magnitudes de la macroeconomía.

Lo cierto es que para el BCE los riesgos de inestabilidad política se presentan como anillo al dedo que facilitarán un giro, un cambio en la política monetaria europea y que en este caso se convertiría en el mejor aliado de una nueva fase en el intento del BCE de animar la recuperación económica en el continente. Serían los riesgos y las amenazas procedentes del otro lado del Atlántico la mejor leña para echar al fuego de las reformas.

En este escenario incierto, el creado por el BCE para su propio interés, se destaca el elevado riesgo sistémico por la falta de reformas políticas y la preocupación por los elevados volúmenes de deuda soberana. Las dudas sobre la recuperación del sector privado en Europa regresan al final del ejercicio ante el evidente bajo crecimiento de los beneficios empresariales y la también escasa rentabilidad de las entidades bancarias. Incertidumbres que si bien pueden llegar a provocar un contagio al resto del sector financiero, deben servir para que Gobiernos e instituciones financieras reaccionen e intensifiquen sus reformas. De lo contrario, una recaída de la crisis estará servida.

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