edición: 2451 , Viernes, 20 abril 2018
10/10/2017
Las economías instaladas en el dinero fácil

El BCE quiere subvertir la comodidad por el dinero bueno, bonito y barato

Sin subir los tipos, con otras medidas monetarias, el regulador europeo se propone acabar con la mala costumbre de los gobiernos europeos
Juan José González
Será el próximo día 26 cuando el Banco Central Europeo calibre la conveniencia de continuar, retirar o modular el programa de compra de deuda, la fórmula utilizada por la institución como plan organizado de estímulos a la economía europea y como principal medicina para dejar atrás la crisis financiera de 2008. Con la más que probable modificación del programa de compra de activos se da por hecho que los tipos de interés se mantienen en la misma línea aunque se interpreta que serán objeto de evaluación una vez que se avance en la retirada de los estímulos económicos. No significa esto que el precio del dinero vaya a subir, sino que, sencillamente, será el próximo objetivo. El banquero basa su argumento en la convicción de que en la actualidad no parece que las economías se encuentren bajo una amenaza especial ni tampoco afectada por grandes incertidumbres, luego, el programa de compras de deuda seguirá adelante aunque con un volumen inferior. Surge entonces la necesidad de hacer un balance adelantado, un análisis de los efectos de las políticas del BCE para salir de la crisis y también para comprobar la calidad de la nueva fase, la denominada recuperación económica. Será el inicio del que se prevé largo juicio a las políticas de austeridad impuestas por la Unión Europea.
La retirada de los estímulos llega en un momento en el que la moneda única alcanza una revalorización superior al 14%, lo que significa que la divisa europea vive en situación de máximos desde hace dos años. En principio, no es un factor que vaya a trastocar posibles planes de futuro del BCE, sino que tan sólo puede tener un impacto bajista sobre los precios (IPC) pero que cuyo efecto, proporcional, podría ser equiparado al de una subida en los tipos de interés. Sobre el papel, la fortaleza del euro no debería modificar los planes de futuro del BCE aunque, por otra parte, le obligue a estar en guardia en tanto que una nueva apreciación del euro complicaría la retirada prevista de los estímulos.

Sin embargo, el principal aspecto que parece estar preocupando a las autoridades monetarias europeas es la actitud acomodaticia que han experimentado las economías de la eurozona, es decir, que según esta actitud que identifica el banco central, los gobiernos se habrían acostumbrado (mal) a conseguir, disfrutar y operar con dinero barato en abundancia, dinero fácil y bueno, sin duda la mejor medicina que se ha podido aplicar como tratamiento para salir de la crisis y que ahora, pasado el tiempo, y una vez desaparecidos los grandes riesgos, se habría convertido en una seria amenaza para recuperar la normalidad, para una nueva etapa estable.

Llegados a ese momento de hacer balance de la gestión de la crisis por parte del BCE, habrá que valorar positivamente las medidas que han logrado detener la ruptura del euro, algo que se daba por cantado no hace muchos meses. También en el activo del banco central  figura el estrechamiento de los diferenciales de la deuda soberana, es decir, de un aspecto de riesgo como era el de la fragmentación financiera, al fin, evitado y corregido. En el pasivo del balance, sin embargo, figura el seguimiento, la obediencia, plegarse, en definitiva a los deseos y órdenes del banco central alemán y su política de austeridad.

Pero el balance final de la política monetaria y financiera del BCE puede resultar dañado si la otra parte de los implicados, los gobiernos, no cumplen con sus promesas de llevar a cabo cuantas reformas estructurales fueran necesarias para aprovechar los efectos beneficiosos de las políticas del banco central. Este es el otro balance del que se espera tener un resultado una vez que sea conocido el que hace referencia al de las políticas del regulador europeo. 

Por el momento, se está a la espera de conocer si las reformas implantadas por los gobiernos europeos muestran un aumento de la productividad o del gasto público, o de ambos al tiempo. Porque lo único que hasta el momento se puede constatar es que las políticas de austeridad aplicadas para salir de la crisis sí han logrado estabilizar la economía y situarla en la senda del crecimiento. Otro asunto es la elevada factura, por ahora impagable, en términos laborales y sociales.

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