edición: 2310 , Lunes, 25 septiembre 2017
21/09/2009

El cambio climático, la mayor amenaza para la salud del siglo XXI

Según la OMS, casi un millón de personas han muerto en los últimos ocho años por enfermedades relacionadas con el cambio climático
La comunidad médica internacional pide que en la Cumbre de Copenhague se adopten medidas para paliar los efectos del calentamiento global sobre la salud
Beatriz Lorenzo

Un enemigo que guarda varios ases en la manga. La lluvia ácida, el deshielo, las sequías, las oleadas de calor; adversidades que saben a poco si las comparamos con la consecuencia más grave del cambio climático: su incidencia sobre la salud, no sólo la del planeta que languidece desde hace años entre humos tóxicos y deforestaciones masivas, sino también la salud humana, víctima directa del cambio climático hasta tal punto que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), casi un millón de personas han muerto durante los últimos ocho años por enfermedades relacionadas con el fenómeno.

La hipótesis de una posible catástrofe sanitaria mundial, avivada por un reciente informe del University College de Londres y The Lancet, ha hecho saltar las alarmas entre la comunidad médica internacional que solicita que en la Cumbre de Copenhague del próximo mes de diciembre se preste la debida atención a las consecuencias del cambio climático sobre la salud humana.

Los más desfavorecidos son, una vez más, los más perjudicados. Las enfermedades tropicales, como el dengue y la malaria, que ya causa 2 millones de fallecimientos anuales, son las más proclives a verse incrementadas por el aumento de temperaturas. Los problemas de suministro de alimentos, las sequías de las cosechas y la escasez de agua potable- problemas todos ellos derivados en mayor o menor grado del cambio climático- se confabulan también para mermar la ya muy maltrecha calidad de vida de las sociedades afectadas. Un tétrico panorama sobre el que los líderes mundiales- que se reunirán el próximo martes 23 de septiembre en Nueva York a instancias del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon para tratar de dar un impulso al tortuoso proceso de negociaciones previas a Copenhague- deberían tomar medidas. Si el enfoque dado en la Cumbre de diciembre a esta cuestión es débil o superficial, los resultados para la salud mundial podrían ser catastróficos.

MALES “VIAJEROS”

Las soluciones tardarán en llegar mientras la sociedad y los gobiernos no tomen plena consciencia del tremendo alcance del cambio climático como fuente potencial de enfermedades. Algo no demasiado sencillo si tenemos en cuenta que, pese a la evidencia de que el cambio climático está modificando la distribución de las plagas y las enfermedades es difícil prever todos sus efectos, al entremezclarse éstos con otros factores patógenos más o menos identificables. Bien es cierto que la modificación de las temperaturas, la humedad y los gases de la atmósfera pueden propiciar la capacidad con que se generan las plantas, los hongos y los insectos, alterando la interacción entre las plagas, sus enemigos naturales y sus huéspedes. Las transformaciones que experimenta la cubierta vegetal de la Tierra, como la deforestación y la desertificación, pueden incrementar la vulnerabilidad  ante las plagas y las enfermedades. Si bien a lo largo de la historia con regularidad  han surgido y siguen surgiendo nuevas plagas y enfermedades, el cambio climático ahora introduce una serie de incógnitas en la ecuación.

Los insectos y artrópodos son, una vez más, el indicador más fiable de estas variaciones. Moscas, mosquitos, pulgas y garrapatas se han visto obligados por las variaciones de las temperaturas a modificar sus hábitats, exponiendo a las personas y los animales a infecciones frente a las cuales no tienen inmunidad natural. La deforestación es otro vector: la aridez creciente de las zonas taladas para habilitar el pastoreo, con las consiguientes reducciones de los abrevaderos naturales, facilitan la interacción entre el ganado y los animales salvajes. Un ejemplo de esto ha sido el aumento en la interacción entre el ganado y el ñu en África Oriental, causa de graves brotes de fiebre catarral maligna frente a la que el ganado y los humanos –a diferencia de los ñúes- no están inmunizados.

Así pues, no sólo los patógenos sobrevivirán más amparados por las altas temperaturas, también se incrementarán los riesgos de contraer una infección. El listado de enfermedades relacionadas con el cambio climático, según el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, es larga y turbadora. Dolencias como la enfermedad del sueño, transmitida por la mosca tsé-tsé en África Subsahariana puede extenderse debido a las migraciones del insecto, e incluso las mareas rojas, provocadas por las toxinas derivadas de las algas, corren peligro de aumentar debido a las variaciones climáticas que asolan también a las zonas costeras. La babebiosis, una patología transmitida por garrapatas, ha pasado de limitarse al este de África a ser conocida también en América y Estados Unidos. También se ha detectado un aumento de patologías más leves, como las alergias, puesto que la elevación de las temperaturas y el aumento de la pluvio¬sidad o de la humedad ambiental incrementan la produc-ción de pólenes de abedules. Otros tipos de pólenes, como el de la artemisa, ven  también incrementada su producción en am¬bientes con altas concentraciones de CO2.

Por otra parte, según la FAO aproximadamente 790 millones de personas de los países en vías de desarrollo presentan desnutrición. Los estudios sobre los efectos del cambio climático en la producción de alimentos sugieren que las cosechas de cereales disminuyen en las zonas de latitudes más bajas. Las hipótesis acerca de las sequías, las pérdidas de las cosechas y los devastadores efectos que esto podría tener en poblaciones tan sangradas como la del continente africano son sencillamente terroríficas.

EL DIAGNÓSTICO PRECOZ: LA MEJOR CURA

La cooperación y el diagnóstico precoz se revelan como las principales armas de que se disponen para combatir las nuevas dolencias “viajeras”-que no pasarejas-. Una atención permanente a las zonas fronterizas, lugares donde las plagas y enfermedades muestran sus primeras señales y un especial cuidado en las variedades de los cultivos, se revelan como las medidas más básicas. Para los gobiernos, debería ser una prioridad fortalecer sus servicios nacionales de salud humana, animal y vegetal. Necesitan prestar una especial atención a ciencias como la taxonomía, la ecología de las poblaciones y la epidemiología. Tampoco estaría de más unificar y organizar los servicios nacionales de salud animal y vegetal, a menudo fragmentados entre diversos organismos.

Es  también necesario generar intervenciones eficaces de parte de las comunidades locales, organizaciones, sistemas de salud y gobiernos para reducir el impacto del cambio climático en la salud mediante una aplicación urgente de técnicas de mitigación y adaptación. Agua limpia y saneamiento, alimentos seguros y suficientes, inmunización, vigilancia de la morbilidad y respuesta a ésta, lucha segura y eficaz contra vectores y preparación frente a desastres son componentes decisivos de las prácticas de salud pública que también constituyen adaptaciones al cambio climático. Es preciso fortalecer estos programas a nivel mundial, concentrando en especial los esfuerzos en las localidades y poblaciones que corren más riesgos, a fin de prevenir daños, enfermedades y defunciones relacionados con el clima.

Los efectos del cambio climático para la salud internacional son una clara amenaza y ofrecen un argumento convincente para acelerar las negociaciones y medidas en marcha a fin de reducir las emisiones de gases con efecto invernadero. Como señala el Panel Intergubernamental de Expertos para el Cambio Climático: “Si se emplean con cuidado, esas respuestas ayudarían a enfrentar la dificultad del cambio climático y a mejorar las perspectivas de desarrollo económico sostenible de todos los pueblos y naciones”.

Todavía no hay certidumbre científica acerca de la posibilidad y la cronología de un cambio climático abrupto y catastrófico si las temperaturas siguen aumentando. Por esta razón es urgente comenzar a actuar ya mismo para estabilizar el clima mediante una mitigación fuerte y eficaz simultánea con actividades de adaptación para prevenir aumentos de enfermedades previsiblemente relacionadas con el clima. Es esencial que el sector de la salud participe plenamente en los procesos nacionales e internacionales de mitigación y adaptación al cambio climático.

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