edición: 2597 , Viernes, 16 noviembre 2018
25/01/2011

El ‘efecto espejo’ de Túnez se extiende por el mundo árabe

Pedro González
Lejos de amainar, crecen y se multiplican las manifestaciones y los actos de protesta en todo el mundo árabe. Autoinmolaciones a lo bonzo en Marruecos, Mauritania, Argelia y Egipto; enfrentamientos con diversos grados de violencia en Jordania y Yemen, y sentimiento general de que la revolución tunecina no puede quedarse ya circunscrita al escueto territorio del país más pequeño del Magreb, conforman el ‘efecto espejo’ temido por los dirigentes de todo el arco árabe, el que va desde Mauritania a Arabia Saudí.

Argelia y Egipto son ahora mismo las dos potencias cuya estabilidad es más preocupante y objeto de mayor atención por todas las cancillerías europeas. La gran manifestación anunciada en El Cairo para este martes puede marcar la evolución de los acontecimientos en un país decisivo. El descontento generado por la evidente manipulación de las últimas elecciones legislativas, la persistente ilegalización de los Hermanos Musulmanes y las fuertes tensiones sociales generadas por el ostensible empobrecimiento de una población castigada por la crisis, abre todo tipo de interrogantes inquietantes.
 
Egipto no es Túnez, donde ya han sido legalizados todos los partidos, incluidos el comunista y el islamista moderado Ennahda. Aunque aún no esté muy perfilado el rumbo, está claro que las masas tunecinas aspiran a una democracia parlamentaria de la que queden excluidos únicamente los artífices del mantenimiento de la dictadura cleptómana de Ben Alí durante 23 años. Pero en Egipto, con una estructura social totalmente distinta a la tunecina, la única alternativa posible sería de carácter islámico, de hecho la explosiva fuerza política contenida por Hosni Mubarak desde que sucediera al asesinado Anwar El Sadat. El actual presidente egipcio podría intentar no obstante una maniobra dilatoria: una islamización sin islamistas, pero sería difícil que prosperara sin el aval precisamente de los que reivindican en exclusiva esa legitimación.
 
Argelia, el país más rico del Magreb en términos de PIB, también tiene sus peculiaridades. A diferencia de Túnez, que fue un protectorado, Argelia fue colonia, lo que desestructuró su sociedad. El estado de emergencia, decretado en 1992 a raíz de la ilegalización del Frente Islámico de Salvación (FIS) y de la consiguiente guerra civil larvada -200.000 muertos y casi un millón de heridos-, es desafiado a diario por el Reagrupamiento por la Cultura y la Democracia (RCD), una formación moderada y legal que ha empezado a cuestionar abiertamente el régimen encabezado por Abdelaziz Buteflika, aunque el poder real esté en manos de los militares.

Las manifestaciones registran cada vez más incidentes violentos ante la contradicción que suponen los llamamientos del Gobierno a que la sociedad exprese sus sentimientos y la dureza con la que reprime la plasmación en la calle de su descontento. A pesar de los parches paliativos anulando gran parte de las subidas de precios, el riesgo de explosión social es enorme, a juicio de Mostefa Bouchachi, presidente de la Liga Argelina por los Derechos del Hombre. Pero, a diferencia de Túnez, donde el general Rachid Ammar desencadenó la caída del régimen al negarse a acatar la orden de disparar contra los manifestantes, es más que dudoso que el ejército argelino no sucumba a la tentación de asumir el poder sin paliativos en el caso de que la revuelta popular se le vaya de las manos a Buteflika, o sea instaurando de entrada una dictadura militar sin paliativos.

Marruecos, en fin, tiene una gran diferencia con los países citados: la posibilidad de canalizar un posible y explosivo descontento social  hacia un “enemigo” exterior, en este caso España, actualizando entonces sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla y acentuando aún más la marroquinidad del Sahara.

En este inmenso escenario norteafricano y medio-oriental lo social ha adelantado a lo religioso como causa de estas primeras llamaradas revolucionarias. Así lo han entendido los 22 jefes de Estado de los países miembros de la Liga Árabe, que han aprobado a toda prisa un programa urgente de dos mil millones de dólares para apoyar a las economías más débiles. Creen que así evitarán las protestas callejeras contra el desempleo, el alza de precios y la corrupción. Es más que dudoso que semejante “aspirina” sirva para curar una enfermedad mucho más profunda, resumida en un paro oficial de 25 millones de árabes sobre una fuerza laboral de 115 millones, en una población global de 310 millones. Fuentes como el Foro Jóven Árabe doblan ampliamente esa cifra de desempleo si se atienden a las ingentes cantidades de trabajos precarios y de remuneraciones insuficientes. Situación que ha llevado a que, como afirma Jean Daniel, “lo que tienen en común las naciones del Magreb es que los padres murieron para conseguir la independencia de unos países de los que los hijos solo quieren partir”. 

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