edición: 2365 , Viernes, 15 diciembre 2017
09/02/2010

El eje franco-alemán, última esperanza de la UE para salir de la irrelevancia

Pedro González
Convocados por Herman Van Rompuy, el presidente permanente de la Unión Europea, los líderes de los 27 se reúnen este jueves en Bruselas en una cumbre informal, cuyo principal punto es acordar las medidas necesarias para contrarrestar la ofensiva especulativa que se abate especialmente sobre España, Grecia y Portugal. Es la única iniciativa de peso adoptada hasta ahora por Van Rompuy, inspirada no obstante por el presidente francés y la canciller alemana, conscientes ambos de que la deriva en que ha entrado la UE puede arrinconarla definitivamente en la irrelevancia. Nicolas Sarkozy y Angela Merkel llevarán una propuesta conjunta de gobierno económico de la UE, la principal prioridad ahora mismo del conglomerado comunitario, y especialmente dentro de él, la eurozona, atizada estos días por la muy mermada credibilidad del país que ocupa la presidencia rotatoria semestral de la UE.

El excesivamente encumbrado Barack Obama no es ni mucho menos ajeno a esta posición de debilidad de la UE. Por supuesto, la primera culpable es la misma UE, acostumbrada a un modo de hacer las cosas más propio de la grandiosa lentitud del Renacimiento que de la rápida dinámica que impone la brutal competencia del siglo XXI. Sin embargo, su innegable éxito como espacio de cooperación política, económica y sobre todo social, no sólo no ha logrado imponerse al resto del mundo sino que también ha sido contemplado como perjudicial para potencias emergentes ávidas de situarse en el primer plano del proscenio. El presidente americano la ninguneó en la cumbre del clima en Copenhague, pese a tener la UE el programa más y mejor elaborado, y lo ha vuelto a hacer al romper la tradición desde 1991 de  situarse al mando de su delegación en las cumbres EEUU-UE. Sus asesores y consejeros le impulsan a contemplar a China, India, Rusia y Brasil como interlocutores más interesantes, esto es con un futuro probable mucho más decisivo que una UE lastrada por la burocracia.

Que Europa sea un aliado natural de Estados Unidos no empece en todo caso que Washington haya observado siempre con desconfianza el poder de aquella. De hecho, otros presidentes norteamericanos inspiraron hasta niveles de ineludible exigencia la ampliación de la misma UE, cuando la política gradual de ésta recomendaba la profundización institucional antes que las adhesiones al por mayor. Pero, la política global de superpotencia de Estados Unidos requería de una modificación tan sustancial como debilitadora de la potencia europea, de forma que Bruselas hubo de acatarla. Tampoco Washington ha hecho ascos habitualmente a la tentación de cada líder nacional europeo de establecer una relación privilegiada con América, por encima incluso de los intereses comunes europeos. No solo eso sino que en no pocos casos lo ha impulsado abiertamente. Gran Bretaña en primer lugar, pero también Alemania, Francia, Italia y España, de manera más acusada con José María Aznar, han querido situarse en diferentes etapas más cerca del sol americano que proseguir con su habitual línea orbital europea. Ese mismo sol es el que desdeña determinadas peticiones, como la de Zapatero la semana pasada, o como la de Sarkozy, que aún no ha sido recibido por Obama en Washington ni tampoco aceptó visitarle en el palacio del Elíseo cuando visitó París en junio de 2009 tras participar en los actos del 65º aniversario del desembarco de Normandía.

Lo cierto es que esta acumulación de realidades y pequeños detalles parecen haber hecho comprender a los líderes de Francia y Alemania que su propia fortaleza no vale nada si no están y trabajan juntos y vuelven a tirar del pesado carro europeo. Es decir, si no asumen el liderazgo de una UE que necesita imperiosamente recuperar el prestigio de su voz.

Está claro que Van Rompuy y la baronesa Ashton no han demostrado hasta ahora una capacidad de iniciativa explosiva. Seguramente esa característica es la que les catapultó a sus actuales puestos. Ahora bien, el Tratado de Lisboa, aún con todas sus imperfecciones, ofrece muchas posibilidades para que quienes se sientan líderes y tengan detrás los medios y la potencia de sus respectivos países, encabecen las acciones y las políticas necesarias para salir de la crisis y resituar a la UE en el lugar que le quieren arrebatar las potencias emergentes. De momento, las ochenta iniciativas franco-alemanas son un indicio de que efectivamente es posible hacer algo más que lamentarse. Inmediatamente después, es decir este mismo jueves, convendría que los 27 salieran de Bruselas tras aprobar un nuevo diseño económico, que incluyera de paso una posición conjunta de la UE en el G-20, especialmente en lo tocante a una nueva regulación de las finanzas mundiales. Todo lo cual pasa porque esos mismos 27 asuman que se ha terminado el recreo de jugar a sentirse grandes potencias y reconozcan que alguien tiene que ir delante para que todos ganen.

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