edición: 2451 , Viernes, 20 abril 2018
24/11/2010

El euro y el fantasma de sus monedas subyacentes

Carlos Schwartz
No es contagio. Ni se trata de una enfermedad. Es la expresión de la desconfianza hacia una debilidad subyacente. La Unión Monetaria Europea instituyó una moneda sintética, el euro, en sustitución de las divisas nacionales a la misma paridad que encadenaba unas a otras y a todas ellas con el marco alemán cuyo valor de referencia respecto de todas las demás, hoy en día 16, fue considerado la unidad. Un marco alemán un euro. La moneda sintética, el euro, se construyó sobre la base de un proceso de convergencia de las economías de la zona del euro que determinó la integración de cada país en la Unión Europea. Una convergencia que, habida cuenta de las profundas diferencias nacionales, no tenía garantizada durabilidad. Se consideró que la supervisión supranacional de esa convergencia, es decir frenar los procesos divergentes, como el crecimiento de los déficits públicos o el endeudamiento, era suficiente para mantener los equilibrios. Pero la realidad ha demostrado que el modelo es válido para los periodos de crecimiento.

Sobre la base de la libre circulación de mercancías, capitales y trabajadores, se pensó en un crecimiento armónico de un mercado único con diferentes regiones que buscaban un equilibrio interior. De tal suerte que los fuertes excedentes de capital acumulados a expensas de sus exportaciones en algunas regiones como Alemania, se asignaran a los países con fuertes déficit por sus desequilibrios de balanza de pagos y comercial, como España, Portugal, Irlanda, Grecia e Italia.

El dinero, acuñado en esa moneda sintética que es el euro, fluía de los países con excedentes a los países con déficit a cambio de deuda pública y privada. La deuda de las instituciones financieras monetarias de España con el resto del mundo es de 732.574 millones de euros. La deuda de otros sectores residentes que refleja la de las empresas españolas es de 447.842 millones de euros. La deuda del Estado frente a no residentes representa la menor de las cifras con 295.589 millones de euros. El total de la deuda externa española es de 1,7 billones de euros. De ese total, 1,17 billones corresponde a la banca y la empresa privada.

De más está decir que la deuda de la banca refleja los créditos concedido en su conjunto por la banca a los prestatarios españoles, y que la parte del león de esos créditos son créditos hipotecarios con bienes inmuebles sobrevalorados. Es decir créditos cuya garantía es dudosa pero sobre los cuales se han emitido activos financieros como los bonos hipotecarios y las cédulas hipotecarias que han permitido apalancar el crédito a los bancos. Es decir volver a prestar una parte del dinero que ya habían prestado. No obstante lo cual, en una medida importante, por ejemplo en el caso de las cédulas hipotecarias, los bancos siguen dando garantía a esos activos con toda su masa hipotecaria y no con los bienes subyacentes a cada emisión.

En la medida que la crisis económica se extiende en el tiempo se incrementa la morosidad, y los créditos dudosos crecen al igual que los fallidos. Por consiguiente la posición de la banca se debilita. El Fondo para la Restructuración Ordenada Bancaria (FROB) ya ha costado 10.500 millones de euros en avales y garantías al erario público. Y sin embargo las cajas de ahorro receptoras de esos recursos no se han recapitalizado porque las ayudas del FROB son más deuda a un tipo de interés del 8,5%, y las entidades tampoco se han desprendido de los activos tóxicos que acumulan quitándolas de su balance y transformándolas en pérdidas.

El gran problema es que el euro no ha borrado las diferencias nacionales, en tanto que los volúmenes disponibles de capital -el stock de capital- el nivel de productividad del trabajo, el precio unitario de la mano de obra, el nivel alcanzado por la tecnología y los procesos de producción, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, la calidad de la educación y formación profesional, difieren de un país a otro tanto como antes y después de la convergencia. Y que, en periodos de crisis aguda, durante los cuales la tendencia al desplome de la producción y a la disolución del sistema financiero se hace visible, lo que reaparece en cada país por detrás del euro es la vieja divisa nacional portadora de las debilidades estructurales del país. Y son estas debilidades estructurales las que hacen suponer a los inversores institucionales que el continuado deterioro de la situación económica, la dificultad para la recuperación del mercado interno y por lo tanto de la producción de bienes y servicios, hagan difícil que España pueda hacer frente a sus compromisos de pago en el futuro.

Y si bien la deuda pública de España es poca comparativamente, la deuda externa privada en general, y la bancaria en particular, es equivalente al 100% del producto interior bruto del país, mientras que la deuda externa total es equivalente al 170% del PIB del país.

La sola posibilidad teórica de que el sector bancario y la empresa privada tenga dificultades de pago crecientes en el futuro y que el estado deba acudir en su socorro emparenta en el imaginario inversor a España con Irlanda. Esto no es un contagio, guardando las distancias es una identidad de debilidades estructurales. Como queda dicho, bajo la delgada capa dorada del euro reaparece en cada país el símbolo de la lira irlandesa, el escudo portugués, la peseta española, la lira italiana o el dracma griego. Y, por descontado, también el del franco francés y el marco alemán. Lo que ha hecho la crisis irlandesa es desnudar esta debilidad, manifestarla en toda su dimensión. Los dos tercios sumergidos han quedado expuestos a la luz otoñal.

El anuncio en mayo de la constitución de un fondo especial de la Unión Europea para asistir a las naciones con problemas de pagos de 440.000 millones de euros a los que se sumó una línea de 300.000 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional apuntaba a crear un impacto de alta intensidad en la opinión pública internacional que hiciera ociosa la necesidad de intervenir en nuevas crisis porque se suponía tendría un papel disuasorio definitivo sobre la especulación en contra de la deuda de los países miembros. No ha sido así. Los fuertes desequilibrios en el interior del sistema monetario europeo, la dimensión de los problemas nacionales, han desbordado el impacto de ese fondo.

La crisis iniciada en 2007 ha supuesto el fin de un modelo productivo en España. En este contexto leer que el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, afirme el pasado domingo en una entrevista periodística que en enero hará una gira asiática “porque necesitamos incrementar las inversiones extranjeras en España” y que la gira será por China, Corea del Sur, India, Japón, Singapur, desnuda la falta de conciencia sobre el desarrollo de un modelo alternativo. A expensas de que se va a fomentar la inversión en España con un mercado interior literalmente muerto y unos costes laborales unitarios inmensamente superiores a la mayoría de los países mencionados con excepción de Japón ¿Piensa el Gobierno español reducir el salario de los trabajadores españoles al nivel de los trabajadores de la emigración interior china? ¿Acaso la idea es traer a España a empresas de esos países para que hundan a las competidoras españolas? En todo caso, la reconversión del modelo productivo español pasa por la internacionalización creciente de sus empresas viables, proceso que a su turno genera empleo doméstico. La forma contemporánea de ganar competitividad e incrementar exportaciones pasa por las compras de materias primas y componentes en los ‘low cost countries’, y la fabricación en los países con menores costes unitarios laborales. Estos conceptos no han llegado a La Moncloa.

Entretanto, valga la paradoja, en mayo fue la intervención de China que anunció la compra de deuda pública denominada en euros lo que contribuyó y no poco a calmar los mercados. A su turno, China lo hizo porque no le interesaba que el euro se devaluara en exceso, en la medida que Europa es el principal mercado de la producción del país asiático. No sería de descartar que el milagro vuelva a ocurrir. Pero ello no logrará opacar la existencia de las debilidades internas del euro. En realidad los grandes procesos de unidad, incluso de los mercados, son en realidad procesos políticos. La gesta de la unidad nacional como la alemana o italiana en el siglo 19 que permitieron la formación de los mercados nacionales, o del advenimiento del capitalismo en Francia fueron antes que nada procesos políticos, y no movimientos económicos basados en una moneda sintética.

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