edición: 2747 , Miércoles, 26 junio 2019
13/03/2013
A vueltas con la `herencia´

El ex gobernador Ordóñez lamenta el olvido de los banqueros

Se teme lo peor; tras los dos años de incompatibilidad cree que nadie le llamará para un consejo
Miguel Ángel Fernández Ordoñez, ex gobernador del Banco de España
Juan José González

A propósito del proceso que vive estos días el Vaticano para elegir a un nuevo Papa, recuerdan en el Banco de España a un Ordóñez que en plena pendiente de caída, en su deambular por la casa, se gustaba comparar con el regente de la Iglesia católica, “nunca abandonan ni dimiten, sólo la muerte acaba con su papado” -¡quién le iba a decir…!-, así justificaba su permanencia hasta el final en el sillón el supervisor bancario. Ahora Ordóñez (pensionista mejor pagado del sistema, con 260.000 euros repartidos en dos años) de visita a la Audiencia Nacional, en su condición de testigo en el caso Bankia, levanta alguna alfombra de la casa para dar la versión de un comportamiento que sirve para reflexionar acerca de algunos tópicos creados en torno a la institución, y de las características personales y técnicas que se deben observar en un Gobernador. El sector bancario, sin embargo, no parece haber mostrado gran estima por el ya exgobernador, tampoco parecen echarle en falta, nadie le ha dedicado unas líneas de afecto ni reconocimiento profesional, ninguna oferta a futuro para sentarse en un consejo bancario, nada. Para esto deberá guardar dos años sin actividad en entidades privadas de crédito.

Es el término `independencia´ el que aparece y se repite hasta la saciedad en las declaraciones de Miguel Ángel Fernández Ordóñez en su paso por la Audiencia Nacional para explicar al juez y demás letrados su actuación en la crisis de Bankia. Intervención del ex alto cargo que no tiene desperdicio, tan sólo superada por la de otro encausado, antaño al frente de una popular tesorería que no viene al caso. Se trata de la defensa y justificación de unas gestiones que se entiende colaboraron a, o desembocaron en una intervención de las autoridades para cambiar al máximo responsable de la gestión del banco: Rodrigo Rato.

Se contabiliza menos el término `transparencia´, denostado por Ordóñez a lo largo de su mandato, algo que el departamento de comunicación tenía a gala. Al exgobernador le preocupaba en aquélla época la insistencia de los medios de comunicación en convertir en `primeras´ las hazañas de los gestores de las cajas de ahorros, un circo mediático decía Ordóñez al que no debemos prestarnos, en constante ebullición y que no ayudaba a resolver problemas, sino todo lo contrario. No quería el entonces Gobernador aplicarse al trabajo de responder a diario a cuantas informaciones se iban conociendo y que mostraban el descontrol y la ausencia de autoridad del supervisor.

Lo cierto es que en 2009 Ordóñez enseñó al sector financiero y a la clase política de lo que era capaz. Y ni corto ni perezoso no escatimó esfuerzos para provocar un Consejo de ministros extraordinario en aquel domingo 29 de marzo de 2009, para intervenir la Caja Castilla-La Mancha. Un `subidón´ que metió, definitivamente, el miedo en el cuerpo del presidente del Gobierno -su mentor- quien finalizado el acto de Moncloa no era capaz de comprender “por qué las cosas financieras siempre tienen que ir por la tremenda”, confesaba a uno de sus colaboradores más cercanos. El ministro Pedro Solbes sancionó la ocasión con una “Decisión menor… cosa de liquidez… nada de agujero…”, 9.000 millones de inyección en vena para tranquilizar al personal, todo un síntoma, premonitorio de lo que vendría más tarde.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y ahora es a Ordóñez a quien interesa la transparencia, sin duda, por el interés de abrir un debate público donde, entre otras cosas, quiere demostrar que las burbujas financiera e inmobiliaria ya habitaban en el sistema en el momento de su llegada al caserón de Cibeles. Ahora sí le interesa el circo diario porque ni es domador ni payaso, como tampoco equilibrista. El juez entiende que la reacción del testigo Ordóñez guarda relación con la asociación de inspectores del banco, reacción con síntomas vengativos o revanchistas hacia aquélla contestación interna protagonizada por la Asociación de Inspectores del Banco de España, que reúne al 92% de los inspectores en activo.

Las reiteradas referencias a la independencia de la institución, sinónimo de organismo al margen de la lucha y el dictado políticos, difícilmente pueden ser enarbolados como bandera de identidad de los últimos inquilinos del banco central, pues ni Jaime Caruana (elegido por el Partido Popular) ni Fernández Ordóñez (por el Partido Socialista) han salido de una votación abierta, sino todo lo contrario. 

Que las burbujas a las que hace mención el exgobernador ya estaban ahí en el momento de su llegada (lo cual no es completamente cierto) es un hecho que le absuelve en parte, aunque le convierten en su cómplice desde el momento en que su trabajo habría sido evitar el descalabro financiero posterior. Porque todos los gestores, como se sabe, se encuentran con algo (o con nada, según el caso) y así sucede desde Roma, donde se acordó llamarle herencia. De ahí que echar la culpa a la herencia se haya convertido en el recurso preferido en cualquier exculpación. Recurso común en las numerosas causas que hoy dan trabajo en abundancia a todo el cuerpo de la abogacía.

Finalmente, el paso de Ordóñez por el Banco de España deja también certeza de que para gestionar un supervisor es imprescindible la experiencia, en este caso, financiera, y en concreto en resolución de problemas y conflictos. El Banco ha vivido numerosas situaciones de crisis bancaria en los últimos 40 años, habiendo acumulado experiencias en intervenciones, fusiones, liquidaciones… Para el exgobernador esa experiencia hay que utilizarla sin generar desconfianza. 

Y no le falta razón, aunque la realidad indique que Ordóñez se ha convertido en prisionero de la desconfianza por la vía de la inseguridad originada en una mala gestión de los recursos del banco. Como tampoco parece haber ayudado el excesivo temor a los riesgos, sensación patente en el caso de Bankia y donde la falta de autoridad del Gobernador se saldó con una pérdida total del control de la crisis, en favor del ministro de Economía, principal colaborador para cargarse la independencia del organismo supervisor.

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