edición: 3057 , Miércoles, 30 septiembre 2020
14/03/2016
IPC europeo, incompleto y erróneo

El fracaso de los estímulos llevará a una quita general en la deuda

La adicción de empresas, Estados y bancos a la liquidez cuando se retiren los estímulos, puede traer consecuencias catastróficas
Juan José González
De forma reiterada, las medidas para animar la actividad económica hasta situar a las más grandes economías de la Eurozona en posición de crecimiento, no parecen que estén dando sus frutos. Se podría afirmar, incluso, que las nuevas son; o bien una prolongación de las anteriores, o el reconocimiento expreso de un fracaso, o sea, de que no han funcionado. Medidas inútiles que no consiguen siquiera acercarse al objetivo originario del propio banco central del 2% de inflación. Pero tampoco hay deflación. Cabe preguntarse si, dado el fracaso de la primera intentona en 2014, con unas medidas prácticamente gemelas a las anunciadas para esta segunda ocasión, la reincidencia en las mismas persigue algo parecido a lo que podría ser doblar o triplicar una bomba atómica, tipo Hiroshima, para reventar los precios, provocar una explosión salvaje de la inflación, que luego, ya se controlará.
Está claro que los trabajos para conseguir que se cumpla el dogma de fe que es la inflación, trae a los bancos centrales por la calle de la amargura. Amargura por cuanto no consiguen firmar una victoria, un logro o el éxito de unas políticas monetarias que se demuestran una y ya veremos si dos, fallidas. Esa reiteración -por el momento desconfianza- en aplicar las mismas medidas, paliativos de una crisis nunca bien definida desde el principio, es lo que esta haciendo dudar a bancos, empresas y Estados en la premisa principal e inicial: ¿es acertado o erróneo el objetivo -inflación- marcado? Porque si es erróneo es fácil concluir que las medidas adoptadas no son acertadas. Y si es acertado habrá que esperar, por segunda vez, a ver sus resultados dentro de diez o doce meses.

A propósito de la inflación, esa magnitud resultado de promediar una vasta cesta de precios de productos, y que las autoridades políticas europeas han convertido en obsesión, habría que pensar en matizar, aclarar o redefinir la citada magnitud. La razón parece ser sencilla pues en su elaboración se tienen en cuenta entre 90 y 100 productos con mayor peso (relevancia) en las compras de los hogares. Pero no recoge sin embargo, otros elementos que sí tienen un peso importante en el gasto de las economías domésticas, caso de algunos bienes y servicios (ejemplo los telefónicos) como tampoco la revalorización o (depreciación) de activos financieros o inmobiliarios. De ahí que el BCE debiera, o bien establecer dos IPC distintos o consolidar todos los precios señalados en un único IPC. Ayudaría a comprender mejor algunas medidas y unificar conceptos y lenguaje.

Pero quizá, y antes de corregir las deficiencias del indicador de la inflación, el BCE o la instancia que corresponda, debería explicar con carácter docente y divulgador, que el descenso de los precios de algunos productos, como el petróleo, que suponen un ahorro tan estimable para las economías domésticas, así como un ahorro evidente de costes de producción para las empresas, acabe siendo un tan serio problema hasta el punto de obligar a combatir con la artillería más pesada y todo el arsenal armamentista disponible como si del peor enemigo se tratase. Es probable que la obsesión por la inflación (en el entorno del 2%) responda a la ofuscación histórica y tozuda de los responsables políticos alemanes, seguramente tan alejados de la realidad del resto de Europa como interesados en proteger los problemas de su banca, que ahora se comienzan a conocer y que justifican su enorme gravedad.

Por otro lado, no cabe imaginar la situación a la que puede llegar una economía cuando conseguido el objetivo del 2% de inflación se encuentren las autoridades con unos Estados, empresas y bancos adictos a una situación tan prolongada en el tiempo de abundancia sin límites de dinero y tipos negativos o planos. Habrá que comprobar entonces la reacción de los agentes económicos cuando, llegado el momento de retirar los estímulos -como si le retirasen el oxígeno al enfermo- ver los resultados del trabajo de Draghi. Y habrá que ver si los problemas siguen sin resolverse, cuál puede ser la nueva terapia a aplicar, pues si no se resuelve con compras de deudas es probable que haya intentar algo similar a una quita general y de la que las medidas recientes de Draghi serían la antesala o la última oportunidad para evitarla.

Aunque no suponga la apertura de una vista para enjuiciar al banquero central acerca de su grado de culpabilidad, habría que averiguar antes si a Draghi se le acusa de un presunto éxito o de un presunto fracaso. Del éxito relativo de haber logrado que no se rompiera la zona euro y de calmar los diferenciales de la deuda soberana, o bien, del fracaso, si bien, para esto último será necesario esperar, al menos, un año más. Lo que es seguro es que, en cualquier país civilizado -que no tiene necesariamente por qué ser europeo- el responsable de un plan como el de Draghi ya habría salido por la puerta -o por la ventana- tachado de incompetente.

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