edición: 2739 , Viernes, 14 junio 2019
31/10/2011

El G-20 de Cannes consagrará el decisivo papel de los emergentes para salir de la crisis

Pedro González
La cumbre del G-20 de esta semana en Cannes, la sexta desde que se instauró este grupo, se presenta como la más decisiva desde la celebrada en Londres en abril de 2009. En aquella ocasión se trataba de sacar al mundo de la sima en que la había sumido la quiebra de Lehman Brothers y, al menos, sus integrantes se presentaron unidos en disposición de volver a hacer funcionar los mecanismos de la economía global. Esa característica de unidad no estará a priori presente en el Palacio de Congresos de la coqueta y muy cinematográfica ciudad mediterránea francesa, donde persisten serias diferencias respecto de las necesarias políticas económicas para salir de la crisis.

Entre quienes preconizan medidas de estímulo de choque que desatasquen la situación, y quienes exigen priorizar la puesta en orden de las finanzas, existe una gran distancia. Será necesario conseguir un acuerdo para insuflar alguna esperanza a un mundo francamente alarmado por advertir que no está muy lejos de una depresión, tanto o más brutal si cabe que la de 1929.
 
Esa necesaria coordinación de las políticas económicas, y la consiguiente reducción de los grandes desequilibrios macroeconómicos, es por consiguiente el primer capítulo de la agenda de discusiones diseñada por el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Como anfitrión de la cumbre, Sarkozy intentará redimirse de la goleada infligida por la canciller alemana en la última cumbre europea, la 14ª desde que comenzara la crisis del euro. Angela Merkel ha impuesto una reforma en la UE, que ha tranquilizado a los inversores y ha marcado el rumbo hacia una Europa inexorablemente compartimentada en varias velocidades. Se aceptaron finalmente las tesis del Bundesbank, hasta el punto de que el mensaje a la nación de Sarkozy instaba a sus conciudadanos a “pensar no ya en términos franceses sino francoalemanes”. En términos prácticos, ello significa que el Elíseo subirá los impuestos y hará sus recortes bajo la supervisión del Bundestag, que ha exigido a la señora Merkel le someta cualquier medida europea que suponga alguna aportación alemana.

Con sus cuitas domésticas relativamente solucionadas, Europa podrá abordar en una posición menos débil ante el G-20 los dos capítulos siguientes de la agenda: el fortalecimiento de la regulación financiera y la reforma del sistema monetario internacional. En ambos casos, la Unión Europea no puede ocultar ya su creciente dependencia de Estados Unidos, China y el FMI. La potencia líder de los países emergentes habría deslizado su intención de contribuir al fondo de rescate europeo (FEEF) con un montante de entre 50.000 y 100.000 millones de euros, según informaban fuentes consultadas por el Financial Times.

Esta hipotética ayuda se enmarcaría dentro de lo que se pretende institucionalizar como una filosofía de comportamiento global, por la cual los países con superávit comercial -China, Japón y Alemania, principalmente, pero también los demás emergentes-, potencien su consumo interior, lo que permitiría que los países que han emprendido fuertes medidas de ajuste puedan encontrar una salida mediante sus propias exportaciones. En el caso de China, además de las fuertes medidas de impulso al consumo y desarrollo doméstico, sigue aún sin resolverse la cuestión del tipo de cambio del yuan, infravalorado a juicio de americanos y europeos, hasta el punto de hacer imposible de todo punto la competencia con las empresas del gigante asiático.

Medidas para combatir la volatilidad de los precios de las materias primas; el desarrollo de la gobernanza global y cómo sacar del paro a los 200 millones de trabajadores sin empleo, constituyen el resto de la agenda. En el primer caso, la crisis de los alimentos pasa por una firme regulación del mercado de los biocombustibles, las reservas de alimentos y la especulación. Demostrado que hay alimentos suficientes para dar de comer a los 7.000 millones de personas que ya pueblan la Tierra desde este mismo lunes, el desvío de una parte sustancial para la fabricación de biocombustibles incide directamente en el hambre que padecen 900 millones de seres humanos.

Otra cuestión sobre la que se prevén serias diferencias será la intención de franceses y germanos de implantar una tasa del 0,05 sobre las transacciones financieras internacionales. Tal medida, a la que se oponen frontalmente Estados Unidos y Gran Bretaña serviría para recaudar del orden de los 400.000 millones de dólares anuales, casi ocho veces más de los 65.000 millones que suponen el agujero causado en los países pobres por la crisis financiera. También, y en aras de la lucha contra el cambio climático, existe la propuesta de imponer otra tasa sobre las emisiones de carbono del transporte marítimo, que caso de llevarse a cabo, supondría otros 25.000 millones de dólares.

Respecto de la gobernanza global, el G-20 deberá decidir también sobre las políticas de calidad del crecimiento, cada vez más importante que la mera cantidad del mismo. Ello entroncaría con una economía más justa y transparente. Los países en desarrollo contemplan con indudable sufrimiento que por cada dólar de ayuda que reciben se les escapan diez, principalmente hacia paraísos fiscales, cuestión esta también que sigue sin resolverse definitivamente pese a los avances registrados desde las reuniones del G-20 de Toronto y Seúl.

Una cumbre, pues, que puede ser ciertamente decisiva, en la que se sentarán los 19 países y la UE (representada por Van Rompuy y Barroso), que lo componen, y a la que asistirán como invitados Etiopía, Singapur, España, Emiratos Árabes Unidos y Guinea Ecuatorial.

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