edición: 2558 , Jueves, 20 septiembre 2018
18/09/2009
Zapatero, Salgado y Ordóñez preparan la cita de Pittsburg

El G-20 servirá de coartada para una reforma financiera

Juan José González

El Banco de España, como cualquiera de los bancos centrales del mundo, tiene alguna expectativa puesta en la próxima reunión del G-20. En ella estará sentado el próximo presidente de la UE y actual presidente del Gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero. A dos metros de distancia, por retaguardia, le guardará las espaldas la ‘Apuntadora’, la ministra de Economía Elena Salgado. El gobernador asistirá, pero desde la grada, sólo con conexión ‘intercelular’ con la vicepresidenta. Se sabe que hay numerosas decisiones varadas en dique seco, a la espera de que suba el nivel de las aguas para zarpar. Del G-20 no se esperan soluciones que arreglen el denostado sector de las cajas de ahorro españolas, ni la crisis bancaria. Se esperan algunas decisiones que pongan en marcha la máquina regulatoria con destino al sector financiero, donde se deben resolver algunos problemas que ya se conocen. Los acuerdos que se tomen en Pittsburg, es probable que sean aprovechados por el banco central español, y por el Ejecutivo, para poner negro sobre blanco algunas de las reformas varadas.

En las últimas semanas y desde diferentes foros se comenta, e incluso, se jalea, la idea del impuesto sobre las transacciones financieras, conocido como ‘tasa Tobin’ –del economista James Tobin- para limitar la especulación monetaria, algo que resolvería, de paso, otros problemas no menos importantes.

Límites a la innovación financiera, revisión del dominio del mercado, precios en los mercados financieros mayoristas y bonus de los ejecutivos financieros. Esta parece ser la lista de prioridades que los países que se reunirán los próximos 24 y 25 de este mes en Pittsburg (EE UU). La reunión -cumbre- lleva acumuladas camiones de tareas sin resolver, siempre pendientes para la próxima cumbre o para antes de la próxima reunión darles un empujón. En las últimas cumbres, con los mejores deseos de aportar todos los medios posibles para reformar y fortalecer el sistema financiero mundial, los mandatarios no dudaron en reafirmar todo tipo de compromisos para evitar futuras crisis e impedir riesgos excesivos del sistema.

En esta ocasión, se quiere poner el acento en los reguladores financieros porque sobre ellos va a recaer la responsabilidad de proponer reglamentaciones más transparentes de los agentes financieros. La tarea es pantagruélica si se piensa que se trata de reordenar normas en vigor con décadas de vida y en los más diversificados mercados del planeta.

La actual regulación financiera tiene su origen en un régimen regulador que permitió al lobby bancario un crecimiento de la influencia del sector, desconocido hasta entonces, y dejando fuera de control el tamaño del sistema bancario. De los acontecimientos vividos en los dos últimos años, y que alcanzan el culmen hace un año y unos días con la quiebra de Lehman Brothers, se desprende la sensación compartida por todos los miembros del G-20, y muchos más que no están en ese club, que el sistema regulador financiero mundial necesita una reforma de caballo, ya que no bastará que se hagan retoques o ligeros cambios.

Pero los reguladores actuales no parecen contar con toda la confianza de los gobernantes, ya que a tenor de los fiascos del último período, de estos dos últimos años, no los acreditan como competentes ni mucho menos infalibles en materia legislativa. Otro tanto pueden opinar los reguladores de los políticos, quienes tampoco se han lucido en la gestión de la crisis y mucho menos en la prevención de la misma. Como tampoco se pueden echar flores los banqueros ni los inversores, ‘pillados’ los unos y los otros en un callejón de muy difícil salida. Por esta razón, se piensa que la mejor forma de resolver el asunto y dotar al sistema de una buena regulación, acorde con las necesidades actuales y, en parte, soportando la hipoteca por la factura de la crisis, sería alcanzar un consenso entre políticos, banqueros e inversores para poner en marcha un sistema regulatorio que, aunque no sea infalible cien por cien, se adapte a la realidad: se trata de evitar una crisis crediticia como la que permanece en la actualidad y de prevenir episodios de turbulencias del mercado como los vividos hace apenas unos meses.

Las últimas manifestaciones de algunos de los mandatarios que estarán presentes en la cumbre de Pittsburg dejan entrever que hay prisa por aplicar velocidad a los cambios financieros que salgan del consenso de la cumbre, como propone el presidente francés Nicolas Sarkozi. O las prisas, igualmente, del brasileño Lula Da Silva en poner todos los medios para prevenir una tercera oleada de especulación financiera, que seguramente, se llevaría por delante, entre otros a economías como la suya. Todos están convencidos de que  ni en esta próxima ni en siguientes convocatorias de cumbre G-20 se puede concluir sin haber presentado resultados. Los presidentes y jefes de Gobierno deberán regresar a sus respectivos países con contenidos tangibles en sus carteras. No pueden reunirse para crear únicamente expectativas para luego quedarse en términos, propuestas, sugerencias o pretensiones sin contenido. Todo eso se lo lleva el viento.

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