edición: 2789 , Lunes, 26 agosto 2019
18/02/2011
La reforma del sistema monetario tendrá que seguir esperando

El G20, camino de un nuevo desencanto

Las presiones de EEUU sobre Brasil para establecer límites a déficits y excedentes de balanza de pagos no parece que puedan llegar a buen puerto
Carlos Schwartz

Este fin de semana se reúne el G20 al que España asiste una vez más como invitada, en esta ocasión por Francia a quien le toca presidir el grupo este año. Mientras que el presidente Nicolás Sarkozy centró su campaña en torno a la presidencia gala del G20 en la necesidad de una reforma del sistema monetario internacional, acerca del cual no dio mayores definiciones, no parece que vaya a ser este el contenido fundamental del cónclave. Por su parte, Estados Unidos ha seguido con su campaña destinada a tratar de que la reunión defina límites a los déficit y excedentes de balanza de pagos sugiriendo inicialmente que estos se fijaran en el 4% del Producto Interior Bruto por país.

El secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, visitó Brasil en la primera semana de febrero con la intención de obtener el apoyo de la nueva presidenta del país, Dilma Roussef. La evaluación hecha por el Gobierno estadounidense es que la nueva presidenta es más permeable a las posiciones americanas que su antecesor, Lula da Silva. Una hipótesis no verificable con facilidad. Lo que si es cierto es que, al menos en forma pública, Roussef no se ha decantado tan claramente en favor de los lazos con China como su antecesor. Lo cual puede ser relativizado, ya que en noviembre pasado en vísperas de la cumbre del G20 en Seúl el ex presidente se mostró beligerante por igual con Estados Unidos y China. Para Geithner de lo que se trata es de contar con un apoyo estratégico dentro del grupo de países denominado BRIC para forzar una condena a China por su política cambiaria. Sin embargo, Roussef mantiene en el cargo al ministro de Economía de la administración anterior, Guido Manteiga, que ha sido quien ha puesto en boga el término de guerra comercial por los problemas que ha ocasionado la política económica de Estados Unidos.

La expansión monetaria de la Reserva Federal que está en su segunda fase, denominada Quantitative Easing 2 o QE2, tenía previsto inyectar desde octubre de 2010 600.000 millones de dólares suplementarios a la primera fase. Mientras que ahora se duda que el programa se cumpla en su totalidad por las tendencias inflacionistas desatadas en el país, los excesos de liquidez han acabado en los balances de los bancos y estos a su turno los han dirigido a inversiones de carry trade en países precisamente como Brasil, o la propia China, además de por ejemplo Egipto. La idea central de esas operaciones es invertir a corto plazo en activos de alta rentabilidad. La entrada de capital a corto plazo mientras ha generado una fuerte apreciación de las monedas de países en desarrollo que dejan flotar libremente sus monedas. Como es el caso del real en Brasil o el de Australia, Japón, Nueva Zelanda, y muchos otros. Por su parte, China, sometida también a esta presión ha atajado parcialmente la revalorización de su moneda interviniendo en el mercado de cambios. No obstante ello el renminbi chino se ha apreciado en los últimos seis meses mientras el Banco de China Popular ha incrementado los tipos de interés a corto y largo plazo, aunque han sido los primeros los que sufrieron incrementos más fuertes.

Sin embargo, las presiones de Geithner sobre Brasil no parece que puedan llegar a buen puerto. Brasil tiene en China su principal mercado de exportación de materias primas, como el mineral de hierro, y ha operado en función de ello. En mayo del 2009, Lula da Silva se reunió en Pekín con el presidente Ju Hin Tao con quien pactó el desarrollo de las transacciones bilaterales en las monedas nacionales. Ciertamente que la política monetaria de China ocasiona problemas a Brasil, porque el hecho de que el renminbi sólo se aprecie levemente en su paridad ante el dólar, mientras el dólar baja y el real sube, hace que las exportaciones de Brasil pierdan competitividad en general y frente a China en particular. El aliado indirecto de China sigue siendo Alemania, que es el principal socio comercial de China en Europa y cuyos excedentes de balanza de pagos se siguen acumulando a expensas de sus fuertes exportaciones pese a estar basada en el euro. Alemania se opone firmemente a la implantación de límites específicos a los excedentes o déficit de balanza de pagos, ya que saldría seriamente afectada por cualquier decisión en ese terreno. Esto hace que las posibilidades de que las posiciones de Geithner prosperen sean nulas. Alemania estaría dispuesta a lo sumo a admitir que se enumeren los motivos de fondo de los desequilibrios de balanza de pago y sus consecuencias sin que se adopten medidas específicas en torno a los países en particular.

Sobre esta base el acuerdo de mínimos podría girar en torno a los tipos de cambio reales, las reservas en divisas, la deuda del estado y los déficit públicos, el ahorro privado y las balanzas por cuenta corriente.

Otro de los horizontes que intentará alcanzar Estados Unidos es algún tipo de regulación al control de los movimientos de capital. Los países emergentes más afectados por los flujos de divisas que presionan sobre las monedas locales y trasladan a esos países el efecto en forma de inflación han apelado a medidas restrictivas a la entrada de capitales para no actuar sobre los tipos de cambio. Brasil es uno de los casos. A lo largo de los últimos dos años mientras el real se apreciaba de forma persistente respecto del dólar y eso, sumado a los altos tipos de interés locales, alimentaba un mayor flujo de divisas con fines especulativos, el país fue aplicando cargas fiscales a la compra de activos brasileños por parte de los capitales extranjeros. La intemción de Estados Unidos es lograr un cierto consenso sobre la aplicación de estas medidas. No está de más recordar que el Fondo Monetario Internacional, cuyo director gerente Dominique Strauss-Kahn viene de criticar el curso que ha tomado la recuperación económica mundial precisamente por crear inmensos desequilibrios se ha decantado en favor de las restricciones a los movimientos de capital. El FMI alienta el temor de fondo de que más pronto que tarde habrá una reversión violenta de los flujos de capital que tenderán a abandonar de la noche a la mañana sus destinos especulativos provocando una tormenta monetaria de consecuencias imprevisibles.

Lo que no está sin embargo en el horizonte previsible de los acuerdos es el problema del dólar, cuyo papel como moneda de reserva ha sido cuestionado por China en diversas oportunidades. Los trabajos teóricos del Banco de China Popular, el banco central, se orientan hacia la adopción de una moneda sintética similar a los derechos especiales de giro, compuesta por una cesta de monedas con una ponderación distinta a los DEG actuales, como moneda de reserva. En este tema es en el que Sarkozy ha incidido en el pasado reciente, al afirmar que es necesario reformar al sistema monetario internacional. Pero esa es una tarea que no parece que llegue a buen puerto. Más bien es probable que cualquier reforma acabe siendo el resultado de una gran crisis del sistema actual. La desconfianza gala hacia el dólar es histórica, pero tampoco en su momento el presidente Charles De Gaulle logró imponer una alternativa. En el fondo de esta desconfianza está el hecho cierto de que gozar de la emisión de una moneda de reserva da la posibilidad de exportar crisis e inflación. Una inflación que ha afectado a los precios de los alimentos que se han convertido además en objeto de especulación.

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