edición: 2826 , Miércoles, 16 octubre 2019
12/11/2010
Reunión de Seúl

El G20 o como el sherpa de La Moncloa puede morir de optimismo

Increíble, España da lecciones con su 20% de desempleo, su FROB y su modelo productivo basado en la industria de la construcción
Bernardino León se ha confundido de país y se cree que su presidente lo es del Gobierno de Alemania
Un trabajador lustra el cartel de la reunión. Será lo único que brille
Carlos Schwartz

Tras su primer día de reunión, las perspectivas de que el G20 saque adelante alguna forma de acuerdo global sobre los grandes desequilibrios de balanza de pagos y los consecuentes desajustes monetarios a escala internacional se pueden descartar. Los dos grandes interlocutores, Estados Unidos y China, están enfrentados sin posibilidad de solventar sus diferencias. China se niega a una precipitada apreciación de su moneda, el renminbi, ante el dólar. Señala de forma acusadora a la política monetaria de Estados Unidos cuya persistente inyección de liquidez hace caer al dólar en los mercados mundiales. Los otros grandes países emergentes, India y Brasil, y los asiáticos Japón y Corea, se quejan de la entrada en sus países de capitales especulativos que llevan al alza a sus monedas. El yen se aprecia, al igual que el real, la rupia o el won. El creciente desorden monetario ha llevado al ministro de Economía de Brasil, Guido Manteiga, a bautizar a la presente situación de guerra de divisas.

El ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan ha salido a la palestra hace dos días para afirmar que Estados Unidos está llevando adelante una política deliberada de depreciación del dólar. Las reacciones no se han hecho esperar y el secretario del Tesoro estadounidense, Tim Geithner, ha dado un paso al frente para afirmar que su país “nunca devaluaría el dólar premeditadamente para fomentar las exportaciones”. Pero el hecho es que de manera premeditada o no, la política monetaria de la Reserva Federal derriba al dólar de momento. Estados Unidos exporta inflación e incertidumbre monetaria a escala internacional, licúa sus posiciones deudoras ante el resto del mundo mediante la devaluación de su divisa, e imprime moneda con la que paga al mundo los intereses sobre una deuda pública que pierde valor al mismo tiempo que se incrementa la circulación monetaria en el país. Alemania reacciona airada a las pretensiones estadounidenses de que los países con superávit comercial frenen su carrera exportadora y se dediquen a generar demanda interna para ayudar a la recuperación de las naciones con déficit.

En este cuadro que preanuncia necesariamente el desarrollo de un proteccionismo comercial de triste recuerdo en tanto que su ajuste final pasó por una guerra mundial, viene un alto funcionario de la Presidencia del Gobierno de España y ante la afirmación del periodista de El País (suplemento Negocios 7/11) “El problema actual es la guerra de divisas”, se sucede la respuesta: “Yo creo que tal guerra no existe”. El señor Bernardino León, buen amigo de sus amigos, amante de los coches de gran cilindrada, y empedernido aficionado al golf, se autodefine como el sherpa mayor de la presidencia para el G20. Este funcionario afirma en esa entrevista que: “en Corea se fijaron dos principios: los tipos de cambio los debe establecer el mercado y no se pueden hacer devaluaciones competitivas. Los líderes hablarán con toda franqueza de estos temas en Seúl, pero los principios ya están acordados”. Ahora haría falta que los gobiernos de los países embarcados en un curso de colisión inevitable, el de Estados Unidos en primer lugar, hicieran caso de las generalidades que los sherpas de turno pactaron. Está claro que en La Moncloa se muere de optimismo a todo nivel. El Grupo de 20 ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales creado en 1999 no tuvo una cumbre de jefes de Estado y presidentes de Gobierno hasta que George Bush convocó una en noviembre de 2008, dos meses después de la caída de Lehman Brothers, ante la evidencia que la catástrofe financiera detonada en su país había iniciado el proceso de disolución del sistema financiero internacional y era necesaria una acción concertada para salvar a los náufragos urbi et orbi.
 
Que el G20 haya jugado algún papel real en el desarrollo de las medidas para impedir el derrumbe está por verse. En todo caso allí se forjó el consenso de que había que inyectar liquidez y punto. La desesperación del presidente del gobierno de España por estar presente en la cumbre de Washington y su persistencia por acoplarse a las subsiguientes cumbres es una clara expresión de su desvivir mediático. La pretensión de hacer creer al electorado local que la presencia de España en el G20 cumple un papel de primer orden chocan con la terrible realidad nacional. Según el sherpa Bernardino León, José Luis Rodríguez Zapatero llevó 10 propuestas a Seúl en “materias como creación de empleo, comercio internacional, redes regionales de seguridad financiera, fiscalidad en países en desarrollo, seguridad alimentaria o protección del consumidor”. Increíble, España da lecciones con su 20% de desempleo, sus FROB, y su modelo productivo basado en la industria de la construcción... Mientras, el producto interior bruto (PIB) en el tercer trimestre de este año se aplanó, con un incremento del 0,0% sobre el trimestre anterior y un crecimiento del 0,2% sobre el tercer trimestre del 2009 según los datos difundidos ayer por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Se insinúa la posibilidad de una recaída en la recesión.

Por su parte, el Indice de Producción Industrial difundido hace dos días muestra una fuerte caída en la producción de bienes de equipo y bienes de consumo duraderos, lo que cuestiona seriamente cualquier reactivación industrial. Está claro que el señor León se ha confundido de país y se cree que su presidente lo es del gobierno de Alemania. Llama la atención la insistencia de este sherpa por dejar sentada su participación en la gesta heroica de la cumbre del G20, es decir dejar constancia de que el que está ausente de la foto es precisamente él.

Mientras, el presidente del Banco Mundial en vísperas de la reunión del G20, del que su institución forma parte, publicaba una muy interesante tribuna de opinión en la que hacía un llamamiento para que la atención se centrara en un acuerdo monetario internacional que sustituyera a lo que se da en llamar el Bretton Woods II, es decir el sistema de tipos de cambio variables que sustituyó en 1971 a la paridad dólar/oro de 35 dólares por onza. Su sugerencia de un realineamiento de monedas que incorpore al dólar, el renminbi, el euro, la libra y el yen y una “cuenta abierta de capital” es decir probablemente una moneda sintética similar a los derechos especiales de giro.

Ciertamente Robert Zoellick manifiesta preocupación por la guerra monetaria, que se ve que él sí piensa que existe, y aspira a encontrar una solución. Se puede discrepar con Zoellick, quien entre otras cosas dice que el nuevo acuerdo monetario debe tener en cuenta al oro. Pero es cierto que ha puesto sobre el tapete temas de fondo que oportunamente fueron puntualizados por funcionarios y economistas como Keynes o Robert Triffin, uno de los padres de la hoy Unión Monetaria Europea. En marzo de 2009 el gobernador del Banco Central de China, Zou Xiaochuan propuso que los derechos especiales de giro (SDR) se convirtieran en un sustituto del dólar como moneda de reserva internacional. En cierta medida parece que Francia, el próximo presidente del G20, se orienta por este camino.

Quizá sería bueno que el joven y prometedor funcionario malagueño de La Moncloa, designado sherpa mayor del reino por el otro gran optimista, el presidente del Gobierno, se concentrara un poco en los problemas de fondo de la economía internacional que esta cumbre del G20 no parece estar en condiciones de abordar.

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