edición: 2363 , Miércoles, 13 diciembre 2017
13/05/2013
Mimodrama con `pasapalabra´

El G7 da el pase de la reforma bancaria al G20

Inquietud por el inicio de una fase de crecimiento pero sin resolver qué hacer con los ajustes fiscales, que se dejan para los presidentes de Gobierno en junio
Juan José González

Son el 66% del PIB mundial: el G7. No opinan, se reúnen a puerta cerrada, reunión informal en la que no se llega a ninguna conclusión. Ambiguos en reducir la deuda y en desacuerdo en la velocidad que se debe aplicar a aflojar la austeridad –en su terminología, “adoptar una senda más suave de ajuste fiscal”-. Han declarado que en estas reuniones no hay “necesidad de emitir un comunicado que "reduzca" y "simplifique" lo tratado. Escasa valoración, por tanto, de lo tratado, o mecanismo sencillo de ocultación de posturas incómodas. Se muestran de acuerdo en luchar contra la evasión fiscal mediante una “acción colectiva” –da igual, no estaban ni Suiza ni Luxemburgo-. Reafirman su decisión de no hablar de tipos de cambio y para expresar sus opiniones o emitir comunicados, remiten al G20, a los jefes de Estado y de Gobierno.

Lo cierto es que el bucólico escenario elegido para esta ceremonia de la nada, el condado de Buckinghamshire, en plena campiña inglesa, al norte de Londres, ha dado para muy poco. Para nada.

Y ésta es la forma de "hacer progresos". Sin declaración final. Eso sí, con un canto a la protección de los contribuyentes como referencia última para, al menos, dejar la sensación de que se volcarán, con urgencia, en la prevista reforma bancaria. Difícil creerse algo. Sólo habría que analizar la foto de Getty Images para convenir que la reunión del G7 del pasado fin de semana en Londres, ha sido una más de su largo despropósito político. Reunión impar, de tres contra tres y Japón de extraño mediador. Tres partidarios de aflojar el ritmo y velocidad de los ajustes fiscales –Washington, París y Roma- contra tres defensores acérrimos, y con distinto grado de fanatismo, de los recortes –Reino Unido, Alemania y Canadá-.

Con independencia de cualquier postura previa -ya conocida- a los ministros de economía de tan intrascendente club (a juzgar por el grado de compromiso y resoluciones) se les nota complicidad en el acuerdo, en el cansancio de ese pesado debate mundial sobre la austeridad con el que ya, también, están en desacuerdo. Convencidos están todos de que resultado final de dicha política se convierte en inoperante con la aparición de otros problemas mayores, como el desempleo, la caída del consumo, de la inversión, etc. Problemas que presionan sobre la estabilidad de sus gobiernos. Debate sobre la austeridad que a ninguna conclusión llega, si acaso al convencimiento de que en el final de esta etapa es preciso algo de flexibilidad. Eso sí, sin fecha alguna para el inicio del nuevo rumbo y velocidad que parecen dejar a la intuición.

Escasas esperanzas las que aportan los siete responsables de las carteras de Economía.  No despejan dudas y, al contrario, siembran incertidumbre. Algunas de las cuestiones tratadas el fin de semana dejan perplejo al personal habitual seguidor de estas reuniones. Es el caso de la crisis bancaria, a propósito de la cual el gobernador del Banco de Inglaterra propone una acción decidida de sistema para hacer frente a los bancos en quiebra y proteger a los contribuyentes. La perplejidad arranca del convencimiento de los gobiernos europeos en que el asunto de las crisis bancarias en los distintos países de la Eurozona, ya recibe terapias de todo tipo en su tratamiento y que, tan sólo, estaría pendiente de una reforma de la supervisión central del sector. En principio, la reforma bancaria figuraba en la agenda de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales como principal tema a tratar y sobre el que parece que el G7 ha acordado un escaso “acelerar” con nuevas medidas la reforma del sistema bancario.

Llama la atención una cierta utilización de la reunión de Londres para escenificar algo parecido a un propósito de enmienda, una especie de discreto mea culpa en la resolución de alguno de los últimos episodios de crisis –Chipre-. Se dice que “se quiere proteger a los contribuyentes –depositantes- pero de una forma coherente a nivel mundial”. Es un buen deseo, sin duda, pero que choca frontalmente con la praxis mostrada hasta ahora en la resolución –atropellada y nefasta- de los problemas llevada a cabo por las autoridades de la Eurozona.

Y ahora los contribuyentes esperan, al tiempo que desconfían, que los gobernantes se empleen a fondo en su protección ante próximos fiascos bancarios que quedan por salir, de la misma forma e intensidad que muestran con la evasión fiscal, una lucha para la que siempre amagan con una acción colectiva que no llega, en una actitud de clara connivencia con los evasores.

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