edición: 2558 , Jueves, 20 septiembre 2018
21/02/2014
Incentivar los depósitos

El Gobierno abre el cajón de las expectativas con guiños al ahorro familiar

Mejorar el ahorro pasa por eliminar la limitación de rentabilidades y un tratamiento fiscal favorable
Juan José González

"Toca -dice el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy- favorecer a los hogares, a las familias y estimular el ahorro". Se sabe el qué, el cuándo, pero se desconoce el cómo. El anuncio es parte de la estrategia de "volver a ser amigos" y se hace bajo el título orientativo de la reforma fiscal que entrará en vigor, si nada ni nadie lo remedia, en enero de 2015. Pero hasta entonces tienen que pasar muchas cosas, no solamente anuncios, adelantos oficiales, venta política anticipada de lo que vendrá después y que, necesariamente, no va a satisfacer ni a todos ni a muchos, incluso es probable que ni estimule a las familias ni estimule el ahorro. La banca sigue vendiendo a los ahorradores deuda pública y bonos de empresas europeas, también fondos con `rentabilidad objetivo´. Pero el objetivo se queda corto, exiguo, apenas alcanza para cubrir costes de mantenimiento. Ahora están de moda los fondos mixtos, seguros y protegidos que pretenden aprovechar las subidas de la bolsa, en ciernes y a la vuelta de la esquina. Hoy, las ofertas en el mercado orientadas a remunerar el ahorro se mueven entre el 1% y el 2%, una vez descontados impuestos, lo cual, además de insuficiente resulta claramente desincentivador para el ahorro.

Entretanto, la venta de productos bancarios se anima en espera de la llegada de esa reforma fiscal prometida para dentro de once meses. La estrategia de algunas entidades, la mayoría, es atraer el dinero o, al menos, no dejarlo escapar, con productos atractivos del tipo `fondos objetivo´. Pero es la estrategia a la que obliga el Banco de España desde enero del año pasado cuando `recomendó´ a las entidades financieras que limitaran la remuneración del pasivo y que no superaran en ningún caso el 1,75% a doce meses y al 2,25% para el dos años, directriz que alcanzó igualmente a las cuentas remuneradas limitadas al 1,25%.

En este período de tiempo que transcurre desde la primera semana de enero de 2013 hasta el pasado día 15, la comisión de técnicos que prepara la reforma fiscal ya cuenta con un buen número de sugerencias que parecen gustar al Ejecutivo, el cual no ha dudado en iniciar el `filtrado test´ a la opinión pública en espera de recibir un feedback que le sirva para graduar el tiro. Y el tiro que más preocupa el Gobierno, en opinión de uno de esos expertos que se ha ido de la lengua, es lo que atañe al bolsillo de las familias. El asunto no es sencillo y se parece como dos gotas de agua a un encaje de bolillos en estrella, lo que obliga a considerar un número limitado de variables pero todas de enorme complejidad, a saber.

Las reformas fiscales deben evitar la caída de la recaudación, es más, al contrario, deberá mejorarla. Por otra parte, una reforma debe complacer los intereses básicos de la mayoría de los ahorradores, familias y una masa ingente de votantes, con independencia de que se trate de uno u otro partido, pero debe ser valorada positivamente por los `sujetos pasivos´. El encaje en cuestión comienza a complicarse en el preciso instante en que se cruzan los bolillos del contenido de la reforma con el del tiempo. No tiene sentido plantear una reforma fiscal cuando no hay elecciones generales porque equivale a disparar munición al aire sin más. En esta ocasión el Gobierno tiene claro que debe, y así se vuelca, preparar al electorado para las urnas echando el capote adecuado: la reforma fiscal. Justificaría la reciente intervención del presidente del Gobierno en el Senado, donde anunció que "tocaba favorecer los hogares", las elecciones al Parlamento europeo en breve.

Pero las que de verdad interesan al Ejecutivo son las generales, a casi año y medio vista (si no se produce un adelanto). Las generales serán el reencuentro de los populares con la ciudadanía, serán barómetro y medida de los daños causados a la población por la gestión de una crisis según el criterio de la austeridad y las políticas del partido en el Gobierno. La imagen de partida no es buena por el cúmulo de incumplimientos y cambios de dirección de lo prometido en el camino previo a las urnas. Votantes (y no votantes) son una parte de la brecha existente entre la ciudadanía y el poder. De ahí que la reforma fiscal vaya a tener un grado de exigencia superior al que le correspondería en una situación normal.

La próxima reforma fiscal pretende recuperar la paz y la confianza perdida de los ahorradores con las instituciones, debe servir para reconciliar y compensar el bolsillo maltrecho del ahorro familiar, escaso y mal remunerado. La reforma no debe olvidarse de los estímulos al ahorro, a la inversión, al movimiento del capital para que se produzca la actividad económica necesaria para crear empleo. El encaje de bolillos debe llegar al final con una reducción generalizada de los impuestos. Luego, si la reforma del Gobierno pretende estimular el ahorro deberá pensar en un tratamiento diferente, antítesis del actual, al tiempo que recomendar al Banco de España menos intervencionismo en la remuneración del ahorro. Al menos para quienes logren llegar al próximo enero con ahorros.

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