edición: 2578 , Viernes, 19 octubre 2018
11/12/2008
Para recaudar más y envuelto en un paquete de medidas de ahorro

El Gobierno baraja cambiar la fiscalidad de la gasolina

Juan José González

El derrumbe del presupuesto del Estado, la deuda en circulación de la Administración pública (18.000 millones de euros), el crecimiento del déficit y las previsiones de menores ingresos fiscales, han levantado la alarma en varios departamentos ministeriales. Aunque se trata de un viejo problema, ya planteado en junio pasado, para la arcas públicas, los próximos serán meses de mucho gasto, de bajo nivel de ingresos y de puesta en marcha de numerosos proyectos de legislación que exigirán aún más gasto. Ante tan oscuro escenario, algunas ideas que en el pasado se habían desechado por motivos electorales o técnicos, han vuelto a revivir con fuerza. La más destacada es cambiar la estructura del precio de los carburante para subir los impuestos, una variación que no necesariamente conllevaría un aumento del precio de la gasolina.

Recientemente, y a propósito de un debate interno entre altos cargos del Gobierno sobre la conveniencia de regresar a una mayor presión fiscal, ante la necesidad de mayores ingresos por recaudación, saltó la idea de ¿por qué el Gobierno no puede plantearse en estos momentos un cambio en los impuestos sobre, por ejemplo, la gasolina? Y las respuestas son favorables a que sí se lo puede plantear.

Sí que puede, es más debe planteárselo si el cambio puede ayudar a corregir o mitigar ese 0,78% de déficit público de las cuentas públicas de los últimos doce meses; sí que puede si ello es útil para reducir esos 18.000 millones de euros de deuda pública en circulación. Y sí podría por muchas más razones.

Acabado y consumido hasta la última miga el 2,68% de superávit, con la caja vacía, la posibilidad de recaudar aunque sea un leve pellizco por un mayor impuesto sobre los carburantes, es acariciada por el Ejecutivo como una de esas ideas -no se sabe si del mismísimo ministro Miguel Sebastián- llamadas a recuperar el equilibrio fiscal de las cuentas públicas. La idea, sobre la que ya se comenzó a trabajar tras el verano, se integra en un bloque original, a la par que agresivo, de medidas de ahorro energético, compañera de viaje de las ya conocidas medidas de ahorro como el regalo de bombillas de bajo consumo y las subvenciones para las instalaciones de energías renovables.

Sin embargo, no parece que en vísperas de Navidad, Fin de Año, Año Nuevo y Reyes, todas ellas fechas entrañables, sea el momento más adecuado para poner en marcha uno de los paquetes -sería ya el VI- de medidas del Gobierno para afrontar la crisis. Como también sería el momento más adecuado al quedar las próximas elecciones a una distancia suficiente como para poner a caminar la impopular medida. Algún diputado socialista expresó en cierta ocasión sus dudas sobre los efectos que una medida de este tipo, como el cambio en la estructura del impuesto de la gasolina, le fuera a costar el puesto a José Luís Rodríguez Zapatero, y tampoco al Partido Socialista.

Los defensores de cambiar la fiscalidad de los carburantes no están de acuerdo en que se trate de una medida impopular. ¿Por qué? Pues porque la virtualidad del nuevo precio de, por ejemplo, un litro de gasolina de automóvil, no afectaría al precio total final, sino a su estructura. Y ésta, para un litro de gasolina, esta formada por un 40% del precio al por mayor del petróleo; un 10% de costes fijos (almacenamiento, transporte, logísticos...) y costes variables, y el 50% restante de impuestos.

A favor de la medida jugaría el fuerte abaratamiento en el precio del barril de petróleo, que según los cálculos puede oscilar entre los 25 $ barril de los más optimistas hasta los 75 $ barril de los más realistas, aunque no hay que olvidar que estos últimos no veían un barril por encima de los 100 $ en 2008. El presupuesto del Estado para 2009 contempla, según el vicepresidente económico 106,5 $ de media en el año, y todo lo que exceda a esa cifra serán más problemas. El tradicional y manoseado argumento de que los “altos precios del petróleo están lastrando los beneficios empresariales” y por ende, mermando la recaudación del Estado, se puede quedar aparcado para los próximos doce, catorce o dieciséis meses.

El precio de la gasolina no depende para nada del nivel económico de un país. Es el caso de Hong Kong o Zambia donde el combustible es un 85% más caro que en España, muy lejos también de Groenlandia o de Libia, donde prácticamente regalan los galones de combustible, o si nos comparamos en renta per capita -y aceptamos que es superior a la de Italia- la gasolina es más barata en España.

En los planes de los candidatos a la Casa Blanca de la pasada campaña electoral, se proponía suprimir, temporalmente, los impuestos sobre la gasolina como medida para ayudar a los automovilistas con rentas más bajas. Uno de los asesores de campaña le sugirió a un candidato que eliminara dicha medida del programa electoral, e incluso, que mencionase en alguna reunión la conveniencia de subir los impuestos sobre la gasolina, y que si alguien le preguntaba el porqué, debería contestar que a base de mantener los precios altos del petróleo, la OPEP ha colaborado mucho más que Occidente a la conservación del medio ambiente. Ahora, habrá que esperar al día 20 de enero para comprobar si Barack Obama sube los impuestos.

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