edición: 2600 , Miércoles, 21 noviembre 2018
08/01/2016

El Gobierno chino no consigue controlar la nueva fase de la crisis que él mismo desató

La política cambiaria de Pekín depierta la desconfianza de los inversores
Carlos Schwartz
China logró en noviembre del año pasado que su moneda, el renminbi, recibiera estatuto de divisa internacional por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI). Durante muchos años la divisa, cuya unidad es el yuan, estuvo atada al dólar que utilizó como referencia para oscilar junto con el, aunque siempre por debajo, para mantener un gradiente comercial adecuado. La fuerte caída del dólar ante el resto de las monedas internacionales como el euro durante 2015 dejó al renminbi con una apreciación excesiva frente a socios comerciales como los europeos. Pese a que el Gobierno chino vinculó su moneda nacional a una cesta de divisas internacionales una devaluación basada en ese sistema de paridades resultaría excesivo.
Cuando el Gobierno decidió dejar caer la paridad del renminbi frente al resto de las monedas de forma inesperada en agosto pasado ocasionó una verdadera conmoción en los mercados monetarios. Confiados en que el reconocimiento del FMI en noviembre pasado les concedía una cierta patente de corso para mover el valor de la divisa decidieron alentar las alicaídas exportaciones debilitando aun más su moneda. Con lo que las autoridades de Pekín no parecieron contar fue con el efecto que una política de devaluaciones podía tener sobre los inversores en activos financieros y en la bolsa.

La reacción de los inversores chinos, que aportan el grueso del dinero que se mueve en los mercados de renta variable del país, fue la de liquidar posiciones porque las ganancias en los mercados podían ser erosionadas en términos internacionales por la política cambiaria. Los inversores decidieron sacar el dinero de la bolsa y convertirlo en divisas fuertes fuera de su país, o mantenerlo en efectivo a la espera de una oportunidad que justificara su inversión. Este último error de cálculo del Gobierno se viene a sumar a una estrategia poco sólida para sacar al país de sus apremios financieros y crediticios. A mediados de
2014 Pekín elaboró una política anticíclica basada en crear una burbuja bursátil como forma de sostener la financiación de las empresas, aliviar la presión sobre los bancos y generar beneficios extraordinarios a los inversores para mantener el consumo y la riqueza aparente en un sector de la población.

Una política de estas características se da de bruces con una devaluación que por excelencia genera la salida de capital de la renta variable. Esta semana el Banco de la China Popular, el banco central del país, se enteró de lo difícil que puede ser mantener bajo control un proceso de devaluación regulada. Debió soportar y enfrentar una fuerte especulación contra la paridad de su moneda. El banco central ha quemado
670.000 millones de dólares de sus reservas en diversos intentos de estabilizar el tipo de cambio desde el año pasado. La especulación contra la moneda esta semana es el principal motivo de la fuerte caída de la bolsa. Por supuesto han contribuido múltiples factores técnicos también, como el estrecho margen de caída para decretar el cierre del mercado, el 7% que no ha hecho más que acelerar las ventas porque nadie se quería quedar atrapado con títulos antes de un inevitable cierre del día. El límite de caída impuesto el pasado lunes ya ha sido eliminado por inservible. Este jueves negro el Banco de la China llevó al yuan a su mínimo frente al dólar en cinco años pero tuvo que volver sobre sus pasos al perder el control por la avalancha vendedora desatada por los operadores internacionales dispuestos a probar cómo de sólidos eran los límites de las autoridades.

La política de comprar el mercado bursátil, algo a lo cual los bancos centrales son proclives en medio de crisis severas, no es una estrategia de crecimiento económico sino una reacción desesperada ante fenómenos que no alcanzan a controlar. De acuerdo con los analistas consultados los funcionarios chinos han hecho una apuesta desmedida a que una devaluación de su moneda va a ayudar al país a mejorar su balanza comercial y mantener el flujo de ingresos por las exportaciones. Pero al mismo tiempo han enviado una señal peligrosa a las multinacionales de todo el mundo que mantienen un flujo de inversión directa en el país con el objetivo de aprovechar las tasas de crecimiento chinas que en los momentos bajos alcanzaba al 7%. Ahora nadie espera que supere el 5%, pero la sospecha es que la retribución de las inversiones se verá licuada por el tipo de cambio de la moneda. Arabia Saudita es uno de los grandes inversores en el sector de la energía en China donde ha desarrollado varias refinerías a través de la petrolera estatal Aramco.
Desde luego no es la única petrolera con intereses en el país. Y todas adolecen de la misma enfermedad: la drástica reducción del beneficio y los recortes de inversiones por la caída internacional del precio del crudo. Este es uno de los puntos en los cuales entran en colisión los intereses petroleros de Medio Oriente y la crisis de China.

El hecho trascendente detrás de todas estas incidencias en los mercados es que la economía China está en retroceso y que este tiene mucho que ver con la debilidad de la economía internacional. Si la factoría del mundo pierde impulso es porque el mundo demanda menos bienes producidos en China. Mientras el cambio de modelo, la sustitución del comercio exterior por la demanda interna,  tarda en materializarse.

Las autoridades han querido dar un fuerte impulso a la actividad interior del país mediante las obras públicas y la construcción de vivienda. Las obras públicas han llegado a un momento de parálisis por la incapacidad financiera de las autoridades locales para hacer frente a sus desmesurados planes de inversión. Por otra parte, la burbuja del sector inmobiliario puede estallar en cualquier momento lo que produciría un fuerte ajuste interno con todas sus consecuencias. No se sabe a ciencia cierta hasta dónde la economía mundial depende de China.

Si se ha cuantificado en cada país cuánto volumen de inversión directa tiene esa procedencia. Si hay un ajuste violento de valores dentro de China habrá una retirada de inversiones exteriores. Ese es uno de los temores que enciende las luces de emergencia en las grandes ciudades del mundo que han vivido un resurgimiento de sus mercados inmobiliarios impulsado por la inversión china. Si las cosas van mal en casa se venderán las inversiones para atender a los compromisos financieros en el país de origen. Si eso ocurre los mercados inmobiliarios de medio mundo se verán afectados.

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