edición: 2579 , Lunes, 22 octubre 2018
02/10/2012
Más deuda pública y solvencia bancaria con dudas

El Gobierno pierde sus dos últimos baluartes financieros

Los inversores se frenan al comprobar el ajuste presupuestario y las necesidades de capital de la banca
Juan José González

Segundo día de octubre y también de una semana en la que, en teoría, el presidente del Gobierno había elegido para poner todo en su sitio, calmar las aguas turbulentas de los mercados. Esa teoría en la que basaba su estrategia descansaba sobre dos piezas: la primera aportaba la luz a un sector bancario que se ha convertido en el talón de Aquiles de la actividad política, en el pasaporte para el rescate sí o el rescate no, y la segunda la presentación de un Presupuesto del Estado de anorexia, pero ortodoxo. Así que, sobre el papel, esta semana pintaba bien. Pero las aguas siguen turbias y los remolinos continúan actuando con fuerza; tanto la Bolsa como la prima de riesgo, termómetros puntuales de la crisis, indican que el barco del Gobierno sigue en puerto, varado y sin fecha de partida. Algo falla en la táctica del presidente mientras los inversores ponen en duda su capacidad para cambiar las cifras de una deuda pública que cabalga hacia el billón de euros, casi como el PIB. Comienza el octubre rojo de Rajoy.

La solicitud de rescate soberano no parece que toca, tampoco, esta semana, en la que el presidente del Gobierno cuenta con una agenda política intensa, como la presentación de candidaturas a la presidencia de dos Comunidades autónomas. Es una semana más en la prolongación de un drama que en el terreno económico nos sitúa más cerca del caos. Recuerdan estos días comentaristas de todo tipo, que aquellas imágenes de una Grecia en la calle que en su día asustaban a media Europa, eran observadas desde Madrid sin indiferencia pero en la distancia. El tiempo pasa, corre y las posibilidades de éxito de la estrategia de Rajoy, vistos los resultados de su táctica, disminuyen también conforme pasa el tiempo.

Y sorprende esa especie de optimismo embustero que quieren transmitir presidente y vicepresidenta desde La Moncloa al sentirse tan seguros en las posibilidades de éxito táctico. Para empezar, desde el palacio presidencial se debería ser consecuente con la valoración de la realidad, o lo que es lo mismo, reconocer que la solvencia bancaria no era tan solvente y que la deuda pública del Estado tampoco era tan moderada como se presumía. Son dos edificios -Banca y Estado- que se han venido abajo, dos imágenes -solvencia y equilibrio- que ya no son buenas imágenes, son perjudiciales claramente porque indican que algo ha fallado en el modelo y en la gestión. 

En el modelo de banca, el roto ha sido causado, desde el principio, por un sistema de gobierno incompetente -políticos en los consejos, prolongación del poder político autonómico-. Y en cuanto a la deuda pública, la realidad de los tiempos acaba creando dinámicas nuevas, sino, cómo se entiende (según apunta el FMI en uno de sus boletines) el diferente efecto que produce un ajuste fiscal sobre el PIB. Según el FMI, si tradicionalmente un punto de ajuste en el presupuesto se lleva por delante medio punto de crecimiento, desde la crisis de Lehman Brothers, ese medio punto de menos en el presupuesto reduce en uno el crecimiento del PIB. Luego, sobre esta base, y si los técnicos del FMI tienen razón, en 2013 el Gobierno puede firmar la mayor tragedia de la economía española que, antes de reducirla en un 0,5% puede derrumbarse un 1,5%. Una catástrofe. 

De esta forma, el Gobierno se presenta como el enterrador de la herencia recibida, esta última, al parecer, estigma de la legislatura. Con un sector financiero que, a pesar de ese trabajo de independiente auditora para demostrar solvencia bancaria, ha servido para bien poco (o para nada) pues el estado de las cuentas y la situación particular de las entidades era conocido en los mercados (inversores). Quizás, por todo ello, es por lo que el primer Ejecutivo y con  él sus ministros económicos, no han hecho ostentación de un test a la banca española que, bajo un fuerte control externo (garantía de mayor transparencia) no despeja definitivamente a corto plazo la aparición de un nuevo agujero negro en el sector, al menos, del tamaño de Bankia. 

En todo caso, un test como el realizado por Wyman, según varios analistas, con un escenario moderadamente adverso, acaso, complaciente para evitar hacer sangre en exceso, deja una ligera sombra de duda respecto al bajo déficit de capital en algunas de las entidades analizadas. Y esto no es positivo ni para el Gobierno ni para la banca, tampoco para el sistema y, desde luego, para la reputación de Wyman: los cuatro tendrán ocasión más adelante de recoger sus resultados.

Pero lo peor no es que el edificio bancario presente grietas, sino que las que preocupan son las de las paredes del Estado. El Reino presenta una brecha en su fachada que amenaza con consecuencias mayores. El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro adelantó el sábado que la deuda pública se encamina hacia el billón de euros, cifra a la que se acercará a tan sólo cien mil millones a finales del próximo año, y cifra que nos suena a todos porque el billón de euros es el valor de todo lo que se produce en España a lo largo de un año. Al margen de comparaciones numéricas y de todo lo que significaría tamaño guarismo expresado en ratios, habría que intentar ponerse en el lugar de los inversores para ver su grado de inclinación a invertir en una economía en estas condiciones una vez conocidos los presupuestos del Estado así como las necesidades de capital de la banca y poniendo en duda la capacidad del actual Ejecutivo en sacar al país del atolladero.

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