edición: 2490 , Lunes, 18 junio 2018
16/03/2010

El judaismo busca en Toledo inspiración para una solución de paz con el islam

Pedro González
No había sucedido nunca que la Universidad Hebrea de Jerusalén celebrara en  España su conferencia bianual. Se trata de un encuentro periódico en el que intelectuales, líderes de opinión, banqueros y hombres de negocios judíos reflexionan sobre la marcha del mundo, buscan respuestas a los problemas inmediatos, en particular los que afectan al sionismo y a Israel, y vuelven después a sus países y ocupaciones respectivos dispuestos a poner en práctica sus conclusiones. Este año lo han hecho en Madrid, dos años después de Praga, concentrando en un largo fin de semana un gran número de cerebros, como corresponde a la tradición de un centro fundado en 1918 por Albert Einstein, Sigmund Freud y Martin Buber, es decir  treinta años antes de la instauración del Estado de Israel.

La obligada visita complementaria a Toledo del centenar largo de asistentes no se ha limitado en esta ocasión a una mera gira turística. Además de recordar lo que consideran la edad de oro de la convivencia pacífica entre cristianos, judíos y musulmanes, tanto en la ciudad del Tajo como en la Córdoba esplendorosa de Avicena y Averroes (aún con los choques, persecuciones y exilios posteriores), han buscado en aquel periodo histórico bases que inspiren a la Europa actual un modelo real de integración.

El consejero principal del rey Mohamed VI de Marruecos, André Azoulay, él mismo a la vez judío y marroquí, instaba a contrarrestar la creciente percepción de la opinión pública europea respecto de los musulmanes. La creación de guetos no solo de ámbito territorial sino también de los espirituales, cercados por los muros de la diferencia y la desconfianza, constituyen el mejor caldo de cultivo para el enfrentamiento, el choque y en definitiva la guerra. Azoulay, que preside también la Fundación Euro-mediterránea Anna Lindh, estima que los políticos están fracasando tanto en Oriente Medio como en Europa, y que solo un resurgir de una sociedad civil multicultural con deseos de relacionarse sinceramente en paz puede cambiar los sombríos augurios que se reflejan a diario en los medios de información.
 
Esta toma de postura está lejos de ser compartida por todos. Enmarcados por debates apasionados, se han desgranado numerosos episodios que ponen de relieve el avance de los islamistas radicales, y su correspondiente acoso a judíos y cristianos, asimilados conjuntamente al concepto de Occidente. Sin embargo, también es una realidad que ese islamismo radical corresponde a minorías muy activas que impiden por el ruido y por la fuerza que la mayoría de los musulmanes imponga su visión pacífica de la convivencia. No es así, claro está, como lo perciben las escasas colonias judías que aún viven en los países árabes, sometidas en el mejor de los casos a “la protección del rey”, figura heredada del imperio otomano para dar seguridad personal, pero manteniendo en cambio la superioridad jurídica de los musulmanes. Asimismo, y con las excepciones habituales de países y de casos individualizados, también se delata un renacer del antisemitismo en muchos puntos de Europa, atizado también en parte por los fundamentalistas islámicos infiltrados en las sociedades del Viejo Continente.
 
Sin embargo, también cabe observar una innegable radicalización de la sociedad israelí, acuciada sin duda por el sentimiento de inseguridad que impulsan las amenazas y ataques de quienes preconizan su destrucción. En el ambiente se respira la sensación de que, a no tardar mucho, Israel será obligado a sostener una nueva guerra. La incógnita es contra quién y/o contra cuántos. Nadie disimula que Irán y sus capacidades nucleares son la principal amenaza. Frente a ese victimismo se yerguen voces que apelan al propio interés por la supervivencia de Israel, señalando que no hay más solución para aquel que la paz, en primer lugar con los palestinos; con el resto de sus vecinos, a continuación o al mismo tiempo. Esta conclusión  deja implícito en el aire que el Estado judío no puede sostener guerras indefinidamente, porque alguna vez terminará por perder una, con la particularidad de que, a diferencia de los árabes y del conjunto de los  musulmanes, en su caso esa derrota sería definitiva.
 
Where brains meet (donde los cerebros se encuentran) es la divisa de esta peculiar Universidad Hebrea de Jerusalén, número 39 en el rango mundial de excelencia, con siete Premios Nobel en sus aulas. Sus profesores titulares e invitados aspiran a que sus investigaciones mejoren el mundo por la medicina, la biología, las innovaciones energéticas, la agricultura y la sociología. Su denominador coincidente es que la paz solo será posible si todos, dentro y fuera de las fronteras de Israel, pueden aprovecharse de esos avances, destinados a aumentar el bienestar y las capacidades de los ciudadanos. Una aspiración loable, pero que desgraciadamente dista aún mucho de cumplirse.

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