edición: 2724 , Viernes, 24 mayo 2019
28/09/2015

El persistente precio bajo del crudo deja sujeto a expectativas negativas el dividendo de las petroleras

Mientras, los países productores sufren por los bajos precios las empresas recortan inversión
Carlos Schwartz
La caída de los precios del crudo que de forma oscilante han supuesto recortes de más del 50% desde el verano de 2014, cuando se alcanzaron los precios máximos del ciclo, ha castigado a las economías de los países productores. No solo a las economías emergentes. La semana pasada el precio del crudo de referencia Brent se fijó por debajo de los 50 dólares el barril comparado con 115 en junio de 2014. Noruega ha devaluado su moneda en un intento por reanimar su economía seriamente afectada por la caída de los precios. Canadá ha entrado en recesión y las perspectivas de su recuperación económica no parecen tener alivio a corto plazo, y Australia sufre la postergación de proyectos. Si a ello sumamos los efectos sobre economías mucho más dependientes de sus materias primas como las de Rusia, Brasil, Nigeria o Venezuela el cuadro es de un reajuste internacional de las economías emergentes que amenaza al conjunto de la economía internacional. Sin dudas que el telón de fondo para la crisis de precios del crudo es la fuerte caída de la demanda en China, no solo para el crudo sino para el conjunto de las materias primas. Pero mientras las consecuencias de la caída del precio del crudo para las economías internacionales ha ganado los titulares de la prensa, su efecto a largo plazo sobre las cuentas de resultados de las empresas petroleras no se ha hecho un lugar en las portadas.
Las expectativas de que los precios del crudo reboten y tengan un efecto de bálsamo sobre el sector de momento se han disipado. Los precios siguen en mínimos y de acuerdo con los datos más recientes la reducción de la producción es demasiado lenta como para tener un efecto a corto plazo. Sin contar con la previsible incorporación de la producción de Irán al torrente de la OPEP. En este cuadro, el conjunto de las empresas petroleras viven un proceso de recortes del gasto como forma de defender su rentabilidad en este escenario. Esta era la opción más razonable en la medida que una vez hecha la inversión de desarrollo de un pozo lo más rentable es explotarlo porque los costes operativos son bajos. Hasta ahora todas las grandes petroleras han mantenido su dividendo. Para esta industria contar con una adecuada financiación vía mercados, incluyendo sus ampliaciones de capital con las cuales aspiran a financiar su expansión en un periodo claro de consolidaciones, es decisivo. Mientras, los analistas han comenzado a preguntarse cuál es el límite a esta política. La semana pasada el grupo energético francés Total anunció que reducirá sus inversiones en gas y petróleo en 2016 un 15% para dejarlas entre 20.000 y 21.000 millones de dólares. En 2017 recortará otros 3.000 millones de dólares. El objetivo de la poda es mantener el pago de dividendo.

Junto con estos recortes se ha postergado hasta 2017 la puesta en marcha de tres proyectos: Ichthys en Australia, Martin Linge en Noruega y Tempa Rossa en Italia. El director financiero de Total Patrick de la Chevardiere dijo que la empresa se preparaba para “hacer frente a los bajos precios del crudo durante un tiempo prolongado” y que hará “todo lo posible para preservar el dividendo”. Las declaraciones fueron destinadas a sosegar el ánimo de los inversores institucionales que exigen de las petroleras el pago de un alto dividendo en compensación por no desprenderse de las acciones del sector. En marzo pasado ENI fue la primera petrolera en anunciar un recorte del dividendo a 0.8 euros desde los 1,12 euros pagados en 2014. El movimiento desató la incertidumbre y los accionistas de las cinco grandes europeas: Shell, Total, Statoil, ENI, y BP, situaron su demanda de rentabilidad del sector en el 7%, más del doble que al resto de los sectores de las bolsas europeas de acuerdo con analistas de la industria.

Repsol por su parte anunció junto con los resultados del primer semestre de este año que reducía sus inversiones en upstream en un 27% de 1.800 millones de dólares a 1.300 millones de dólares sin contar a Talisman. La empresa señaló además que para esta última las inversiones de mayo a diciembre serán de 1.200 millones de dólares y que quedarán por debajo de los volúmenes anunciados previamente. Pero Repsol debe anunciar en noviembre su nuevo plan estratégico en el cual es probable que se afinen los recortes y se vuelva a definir el alcance de algunas de sus inversiones. La empresa que ha comenzado a contabilizar los activos y la producción de Talisman en mayo pasado ha mejorado su margen de refino. La empresa hasta ahora ha soportado un escenario adverso -incluyendo la imposibilidad de producir en Libia- con un programa de ahorros, la reducción de inversiones y el aparcamiento de otras como la recuperación de pozos.

El consejero delegado de Exxon, Red Tillerson, afirmó hace meses que el balance de su empresa podía resistir precios de 40 dólares por barril de crudo, con independencia de que sea cierto, esta no es la norma para el conjunto de la industria. Los analistas se inclinan por un punto de equilibrio en el horizonte de los 60 dólares por barril. Hace menos de dos años las grandes petroleras en sus folletos de emisión y en sus pronósticos apuntaban a un precio de 100 dólares por barril de crudo como el punto de equilibrio para sus planes. Esto da clara cuenta del brutal recorte de gastos al que la industria ha apelado para capear la caída de precios del crudo. Pero que una industria sea sostenible no quiere decir que pueda retribuir a sus accionistas en línea con sus expectativas. Ese nivel está más cerca de los 80 dólares por barril afirman los expertos. Otra cosa son las consecuencias que la industria y las economías van a pagar por la aplicación de una política basada en el recorte de inversiones cuando se recupere la demanda a nivel internacional. La escasez de inversión va a potenciar la subida de precios.

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