edición: 2762 , Miércoles, 17 julio 2019
30/03/2010

El petróleo de las Malvinas espolea un nuevo enfrentamiento entre Gran Bretaña y Argentina

Pedro González
“Si el clima lo permite”, la compañía petrolera británica Desire Petroleum comienza esta misma semana los trabajos de prospección en aguas del archipiélago de las Malvinas, el nombre con que Argentina conoce al grupo de islas del Atlántico Sur, que los británicos rebautizaron como Falklands una vez las ocuparon y colonizaron en 1833. El anuncio del inicio de estas labores, en pos de unas reservas estimadas en 60.000 millones de barriles de crudo, ha provocado la irritación del Gobierno de Cristina Kirchner, que ha decretado la detención de todo buque que atraviese sin su permiso aguas jurisdiccionales argentinas. En ese enunciado queda implícito que el mar que rodea a las Malvinas está bajo su soberanía, reclamación que Londres rechaza de plano, ya que los planes de prospección siguen adelante, y sin la menor intención de que sus buques pidan la venia a Buenos Aires.

La escalada de la tensión entre Argentina y Reino Unido, aunque parecida a la que desembocó en la guerra de 1982, cuenta ya con una diferencia sustancial: la declaración de Estados Unidos de que se mantendrá neutral en la disputa. El Departamento de Estado lo ha expresado de manera precisa: “Nuestra posición es de estricta neutralidad. Estados Unidos reconoce la administración de facto de las islas por parte del Reino Unido, pero no toma partido en las afirmaciones sobre soberanía de cualquiera de los dos países”. En efecto, las tropas británicas ganaron aquella guerra apoyadas en las bases norteamericanas que le sirvieron de avituallamiento en su largo desplazamiento hasta el remoto Atlántico Sur, además de la ayuda logística que les prestaron otros países como la Francia de Mitterrand y el Chile de Pinochet. La inestimable ayuda del dictador chileno siempre fue reconocida por Margaret Thatcher, que le dispensó toda suerte de compensaciones, incluidas las de carácter personal.

Desaparecido el fundamental y decisivo apoyo norteamericano, tanto logístico como diplomático, el Reino Unido tendrá que sopesar muy cuidadosamente si le conviene atizar el enfrentamiento con una Argentina que, aunque padeciendo una gravísima crisis económica, sigue presta a saltar como un resorte apenas se le toca la fibra nacionalista. Buenos Aires ha vuelto a proclamar el carácter irrenunciable de su soberanía sobre el territorio de las Malvinas, heredado de su independencia de España en 1816. Que entonces no prestara especial atención al desarrollo del archipiélago no obsta para que demostrara su propiedad al utilizar las islas como destino presidiario de sus peores criminales. No obstante, tan inhóspita cárcel también dejó de funcionar debido a las durísimas condiciones climatológicas, sin que Argentina renunciara nunca a su soberanía. Cuando Inglaterra las ocupa y establece una colonia permanente no desconoce su pertenencia. Ahora, cuando sus propietarios originarios se las reclaman, el argumento para no devolverlas se agarra a la voluntad de sus habitantes, apenas 5.000 personas, a las que Thatcher concedió el pasaporte británico a raíz de su victoria en la guerra de 1982, que en 74 días de lucha se cobró la vida de 258 británicos y 655 argentinos, muchos de ellos a bordo del bombardeado y hundido crucero Belgrano.
 
Argentina exige negociaciones sobre soberanía, una cuestión que Gran Bretaña solo discutiría en función de sus intereses, es decir si mantiene las riendas de la explotación de los presumibles ingentes recursos naturales de las profundidades malvinenses. Esa explotación, aún cuando las nuevas tecnologías permitirían su extracción, precisaría de bases ancladas en el territorio continental argentino para su transporte, almacenamiento y transformación. Consciente de ello el Foreign Office ha comenzado a lanzar globos sonda tendentes a una solución de compromiso. Su oferta se basaría en la fórmula del leaseback, es decir en un reconocimiento o venta de una propiedad con el acuerdo simultáneo de arrendar el bien de que se trate al vendedor. O sea, lo mismo que ocurriera con Hong Kong, cuando la República de China dejó aquel archipiélago en posesión de los británicos por un periodo de cien años.
 
No parece probable que Buenos Aires acepte sin más una mera soberanía nominal mientras que su presunto inquilino se beneficia de los recursos circundantes. Londres habrá de poner sobre la mesa ofertas más generosas. Su presunto e incuestionable amor por los malvinenses es seguramente tan sincero como el profesado a muchos otros pueblos a los que no dudó en exterminar cuando no se avinieron a un total vasallaje. Por lo demás, no está en el ánimo de Cristina Kirchner ni seguramente en el de ninguno de los políticos que puedan sucederle sojuzgar a los habitantes de las islas en disputa. Por supuesto, no se dan ni remotamente las condiciones que propiciaron el enfrentamiento de 1982, ya que aparte de sus razones históricas, Argentina contaba con la animadversión mundial que causaba su sangrienta dictadura militar. El general Galtieri calculó mal entonces sus posibilidades, especialmente el comportamiento de Washington. El país no está hoy para lanzarse a una nueva aventura de reconquista militar de las Malvinas, pero tampoco el Reino Unido está en condiciones de reeditar viejas hazañas bélicas. Pero, el factor petróleo ha alterado el statu quo.

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