edición: 2783 , Viernes, 16 agosto 2019
21/10/2010

El programa de austeridad británico destruirá un millón de puestos de trabajo

Pedro González
No hay otro camino. Era el corolario del secretario del Tesoro británico, George Osborne, al presentar a los Comunes el plan de recortes del gasto público para la legislatura. Los 98.000 millones de euros que es necesario ahorrar para reducir el gasto público en un 11% van a tener como consecuencia más inmediata la destrucción masiva de empleos tanto en la Administración como en la actividad privada, que el propio Osborne cifra en 490.000, pero que el líder de las Trade Unions, Brendan Barber, calcula en al menos un millón. David Cameron, el primer ministro conservador, defiende el plan, consciente de los sacrificios que va a comportar y cuyo denominador común será un empobrecimiento general de las clases medias del país.

Negro sobre blanco, el plan estipula la pérdida de las ayudas que el Estado concedía hasta ahora a las familias por cada hijo en cuanto uno de los dos cónyuges ingrese más de 50.000 euros anuales. Los funcionarios que cobren más de 24.000 euros anuales verán congelado su salario al menos durante el próximo año, pero previsiblemente con prórroga casi segura. De modo general, a partir del próximo 1 de enero el IVA pasará del 17,5% al 20%, mientras que las bebidas alcohólicas serán tasadas con un incremento del 2% anual sobre el índice oficial de inflación. Se prevén asimismo aumentos cuando menos del 10% tanto en los transportes terrestres como en los aéreos.

No por esperado ha dejado de sorprender menos el anuncio de los recortes, que tuvo su preludio en la presentación que hizo la víspera David Cameron de la nueva política de Defensa del Reino Unido. Ante un auditorio compuesto en su mayoría por militares, el primer ministro  les informó de que los 42.000 millones que el país destinaba hasta ahora a la Defensa serían rebajados en un 8%, lo que en términos de empleo se traducirá en la pérdida de 40.000 puestos de trabajo.
 
Es, pues, un gobierno de coalición conservador-demócrata liberal el que da el golpe de gracia definitivo a los coletazos de la epopeya imperial británica. En efecto, aunque aún siga destinando a los gastos militares un presupuesto similar al de Francia y Rusia y continue todavía por encima de Japón y Alemania, los recortes le hacen descolgarse de una carrera en la que pugnaba por ser el escudero incuestionable de Estados Unidos. El arrumbamiento de programas como la renovación del arsenal nuclear de submarinos Trident y la paralización en el suministro de aeronaves a los dos portaviones actualmente en construcción marcan de alguna manera el final del esplendor de la tradición naval británica. Cuando estén entregados los portaviones “Queen Elizabeth” y “Prince of Wales” navegarán equipados solamente con helicópteros, ya que los aviones Harrier de despegue vertical pasarán al desguace. Uno de tales portaviones, además, será vendido a una potencia emergente, probablemente India, y si no se ha abandonado ahora definitivamente su construcción es porque resulta más caro cancelar el contrato que llevarlo a término.

En el terreno militar, las misiones realizadas hasta ahora en Irak y Afganistán, siempre como el aliado más fiel y comprometido con Estados Unidos, acelerarán los recortes en marcha, lo que incidirá necesariamente en el conjunto de la política occidental en aquellos escenarios. Las ya reconocidas conversaciones secretas entre los talibanes y el gobierno de Kabul de Hamid Karzai se ven por tanto favorecidas por la intención de Obama de salir de aquel avispero cuanto antes, y ahora también por la necesidad británica de acomodarse a las consecuencias de la crisis.

En Londres la Confederación de Sindicatos ha iniciado las primeras manifestaciones contra el plan de austeridad enarbolando el mantra de “que sean los bancos los que arrostren el coste de la crisis que ellos mismos provocaron”. Aunque han anunciado una cascada de movilizaciones, es sin embargo poco probable que el nivel de las protestas alcance las proporciones de las que se están registrando en Francia. La campaña de comunicación que están realizando las huestes del tándem Cameron-Clegg ha calado hondo en una opinión pública que acepta mayoritariamente el carácter inexorable de los recortes. Tanto es así que, a título de hecho sintomático, hay que señalar la ausencia del flamante nuevo líder del Partido Laborista, Ed Miliband, de la concentración realizada por las Trade Unions, y a la que había prometido asistir. Es quizá la mejor prueba de que una reacción radical a un programa inevitable de austeridad no llevaría a ninguna parte y sería un paso en falso en la carrera política de quién ha de construir una alternativa laborista a largo plazo.

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