edición: 2391 , Miércoles, 24 enero 2018
03/03/2011

El radicalismo islámico irrumpe en las revoluciones árabes a través de Yemen

Pedro González
Hasta ahora las manifestaciones, protestas y reivindicaciones que se están produciendo en todo el mundo árabe tenían un sello marcadamente laicista, lo que había sorprendido incluso a los más escépticos respecto de esa ausencia de la impronta religiosa en unas sociedades marcadamente condicionadas por la tradición islámica. Pues bien, ya han comenzado las excepciones, puesto que uno de los inspiradores de la revuelta contra el presidente de Yemen ha llamado abiertamente a su derrocamiento y a la instauración de un Estado islámico con todas sus consecuencias. Al grito de “Alahu Akbar” (Alá es grande) el jeque Abdul Majid al-Zindani se dirigió a los manifestantes que llenaban las calles de Sanáa para anunciarles que el régimen que sucederá al dictador Alí Abdullah Saleh será el de un Estado islámico, en el que la sharía será la ley. Tanto sus llamamientos como sus predicciones vienen marcados por el hecho de que Al-Zindani es un antiguo valedor de Osama Bin Laden, y él mismo figuró desde el año 2004 en la lista negra de los “terroristas globales especialmente peligrosos”, elaborada por el Departamento de Estado norteamericano.

Hacía años, sin embargo, que Al-Zindani parecía haberse desmarcado del pensamiento y las consignas del fundador de Al Qaeda, ya que había llegado a condenar públicamente la asimilación de la yihad a la comisión de atentados terroristas, especialmente los realizados por personas que cometían al mismo tiempo su propio suicidio. Por otra parte, también había sido un aliado ocasional del presidente Saleh en su política de represión de los grupos separatistas. Ahora, sus proclamas a favor de un Estado islámico y su condena implícita de las influencias occidentales podrían indicar su vuelta a los viejos principios, simpatizantes con la reinstauración del califato.

Entretanto, las protestas siguen reclamando cada vez con mayor vehemencia la salida del poder del presidente Saleh, sin que los compromisos de éste de no volver a presentarse a una nueva reelección o de proponer un gobierno de unidad nacional, consigan aplacar a muchedumbres crecientemente numerosas y más y más exigentes de su pura y simple salida del poder.
 
También Yemen es el primer país árabe en registrar un resurgimiento del antiamericanismo, que había estado ausente hasta ahora de estos vientos revolucionarios iniciados en diciembre pasado. En este caso ha sido el propio presidente Saleh el encargado de atizar tal sentimiento al acusar tanto a Estados Unidos como a Israel de ser los verdaderos instigadores de los disturbios “con objeto de desestabilizar a todo el mundo árabe”. Sus acusaciones han ido acompañadas de la destitución masiva de 22 gobernadores provinciales, de los que Saleh sospechaba se habían cambiado de bando y estaban ayudando a organizar las manifestaciones contra su régimen.

Pese a sus gravísimos problemas de corrupción y pobreza, el Yemen de Saleh era hasta ahora un aliado de gran peso de Estados Unidos, que no dudaba –según los documentos filtrados por Wikileaks- en permitir a la aviación americana bombardear objetivos en el interior del país, a  condición de conceder que fuera Saleh quién se atribuyera tanto la autoría de tales bombardeos como el mérito de acabar con reductos terroristas. Esa alianza presentaba no obstante numerosas fisuras, ya que en Yemen se fraguaban bastantes proyectos de atentados en países occidentales, Estados Unidos incluido, y por su territorio transitaban asimismo los encargados de llevarlos a cabo.

Esta primera reivindicación del islamismo abre la puerta al interrogante de hasta qué punto va ó no a jugar un papel determinante en la instauración de los nuevos regímenes postrevolucionarios. Y, a este respecto, es imposible ignorar que el Islam impregna por completo la política, la economía, la cultura  y las relaciones sociales. Que ello no se convierta en pretexto para instaurar dictaduras radicales islámicas, como por ejemplo del tipo de la de Irán, dependerá del poder de seducción de la democracia como el mejor sistema –o, al menos, el menos malo- para dar solución a los inmensos problemas de estos países, y que podrían resumirse en la falta de futuro de la inmensa mayoría, en una sociedad con elevados índices de población joven.

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