edición: 2809 , Lunes, 23 septiembre 2019
09/06/2011

El riesgo de guerra civil puede descontrolar Yemen y Siria

Pedro González
Alí Abdallah Saleh no regresará más a Yemen. Con un pulmón perforado y con graves quemaduras en el 40% de su cuerpo, la monarquía de Arabia Saudí no le dejará volver a Sanaa aún cuando se recupere de sus graves heridas en el hospital de Ryad en el que le están cuidando. Deja sin resolver las difíciles ecuaciones políticas de uno de los países más pobres del planeta, pero de vital importancia estratégica tanto para los intereses de Estados Unidos y Europa como para los de las monarquías del Golfo. A los viejos enfrentamientos entre nordistas y sudistas yemeníes se suman ahora los islamistas de AQPA (Al Qaeda de la Península Arábiga), que ya se han hecho con el control de Zinjibar, una pequeña ciudad costera de apenas 50.000 habitantes, pero que vigila el paso de 3 millones de barriles de petróleo diarios.

Las fuerzas armadas, supuestamente leales al régimen de Saleh, también libran combates en Taez, situada al sur de la capital, aunque en ésta se mantiene aún la frágil tregua apadrinada por Arabia y acordada entre el viejo régimen y una insurgencia numerosa, que exige la proclamación en Yemen de la tercera revolución árabe en desalojar del poder a su dictador.

El no retorno de Saleh a su destruido palacio presidencial ha sido por lo tanto la única salida que el Consejo de Cooperación del Golfo ha encontrado para despegarle de la poltrona, una vez que por tres veces se hubiera negado a firmar el acuerdo al que habían llegado sus propios emisarios y los insurgentes, garantizado por el mismo CGC. Un contrato que le garantizaba a él mismo y a sus familiares y colaboradores más próximos la impunidad ante posibles demandas de cualquier tipo por sus abusos de poder, y quedarse también con la ingente fortuna que se supone han amasado en sus 33 años de absolutismo. Todo ello, a cambio de una transferencia progresiva del poder: 30 días para dejarlo provisionalmente en manos de su vicepresidente, quién además de formar un gobierno de unión nacional, debería organizar nuevas elecciones presidenciales en el plazo de un mes.

Desde 1990, Saleh parecía ser el único dirigente capaz de solucionar la complicada ecuación política de Yemen, especialmente a raíz de la unificación en esa fecha de Yemen del Norte y la antigua República Popular del Sur, una variante exótica del socialismo árabe. Las esperanzas de entonces se esfumaron casi de inmediato, tan pronto como los yemeníes del sur consideraron que los nordistas se hacían con los principales resortes del poder y con las mejores tierras de un país pobre. El presidente Saleh también contribuyó a avivar las tensiones, bien instrumentalizando a los yihadistas yemeníes que habían combatido en Afganistán frente a los antiguos socialistas sudistas, bien manipulando a las tribus, cuya lealtad compraba a golpe de subvenciones selectivas.

Tampoco resolvió la guerra implacable que, desde 2004, se libra en las provincias del norte, límitrofes con Arabia Saudí, contra rebeldes islamistas. Si la incertidumbre persistiera, cabe augurar que la guerra civil se recrudecerá con el consiguiente riesgo de desestabilización del país, de un caos que beneficiaría a los terroristas de AQPA y en definitiva de pérdida del control que teledirigen en paralelo tanto Estados Unidos como Arabia Saudí. Ambas potencias tienen ahora como favorito para reformar la vida política yemení al jeque  Hamid al-Ahmar, el jefe más influyente de la poderosa confederación tribal Hached.

Ese mismo riesgo también puede darse en la también estratégica Siria, donde el régimen del presidente Bachar al-Assad sigue inmerso en la esquizofrenia política: prometer mayores márgenes de libertad a quienes exigen el fin de su régimen y aumentar simultáneamente la represión contra esos mismos ciudadanos. La escalada de muertos y de la brutalidad empleada para asfixiar las protestas ha provocado la náusea de una parte al menos del ejército. Despachadas algunas unidades militares para reprimir las protestas en la pequeña ciudad de Jirsr al-Shughur, una parte indeterminada de soldados decidieron no colaborar en la matanza de civiles, desertaron y se unieron a los insurgentes.

Aunque la propaganda tanto oficial como de la propia insurgencia impide saber con certeza las bajas producidas en los violentos enfrentamientos, hay pocas dudas de que esas fuerzas armadas, hasta ahora garantes sólidos del régimen de los Assad, presentan fisuras. Si la grieta se hiciera mayor, la fractura podría desembocar también en un conflicto civil de incalculables proporciones. Siria es una pieza determinante en el ajedrez político de Oriente Medio. El régimen presenta síntomas inequívocos de agotamiento. Su caída parece inevitable. En los círculos políticos más influyentes de Washington se llega a aventurar que Bachar al-Assad no superará el verano en su palacio de Damasco. Las mayores incógnitas radican en comprobar si la defunción de esta dictadura será precedida por una agonía larga y sangrienta, también con el riesgo consiguiente de descontrol, o bien se teledirige una transición más o menos ordenada que no provoque una explosión letal, cuya onda expansiva se extendería con seguridad a toda la región y al resto del mundo. 

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