edición: 2786 , Miércoles, 21 agosto 2019
15/04/2011
Juego peligroso –y ridículo- con el Rockefeller asiático

El traspié del Presidente encarece el precio de la inversión china

Comunicación de Moncloa echa la culpa, directamente, a los traductores chinos
Juan José González

La historia es caprichosa y ayer recuperó el recuerdo de aquella ‘película’ protagonizada por Javier de la Rosa, un film de los años 80 en el que actuaban unos árabes que habían estudiado en universidades de Estados Unidos, y que bajo la marca comercial de Kuwait Investment Office (KIO) sembraron los quioscos de primeras y, posteriormente, las salas de los juzgados, con un postre que para algunos, como el actor principal, De la Rosa, terminó, a modo de paisaje lleno de rejas, en la Modelo de Barcelona. El argumento de la película era que, ante una escasez de recursos financieros en la economía española, unos señores de Arabia estaban dispuestos a salvar España. Salvar España es la meta y propósito para el que el presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero y los suyos, se han conjurado en cruzada.

El road show, fórmula descubierta a finales de la pasada legislatura por el Ejecutivo español, ha sido el método elegido para hacer las ‘américas’, las ‘áfricas’ y ahora las ‘ásias’. En estas últimas, en la etapa china, con la piel del oso ya vendida antes de cazarlo, el resultado puede llegar a ser peor que el sembrado por De la Rosa. Los administradores árabes de KIO en España, declararon entonces algo parecido a lo que ahora están comunicando los chinos de la CIC: “que nuestra capacidad inversora sea de 342.000 millones de dólares, no significa que vayamos a invertir fácilmente”. Los gobernantes españoles siguen sin aprender aquella lección.

Se podría calificar de incidente diplomático si no fuera por la onmicomprensión de los funcionarios chinos hacia un presidente de un Ejecutivo occidental en apuros, con necesidades de hacer visible una confianza que se presenta como una de las escasas medicinas del Gobierno para el arreglo de cuestiones financieras urgentes. La frivolidad de haber abierto ya una cuenta en el Banco de España con 9.300 millones de euros contra un depositante, el fondo de inversión chino CIC (5º fondo mundial de fondos soberanos) puede ser un error que suba los intereses del préstamo político que supone el lance. Seguramente el arreglo no pasará de las disculpas entre delegaciones y la culpa se la lleven, como es habitual en estos y otros muchos casos, los traductores de idiomas. Porque un presidente de Gobierno con dos dedos de frente, asegura un diplomático, no puede montar similar fiasco.

Sin embargo, el episodio puede traer cola para los bancos y empresas privadas españolas en el momento en que, de ahora en adelante, se dispongan a firmar cualquier papel con inversores chinos. Recelos y desconfianza se añadirán, a partir de ahora, a las farragosas y complejas relaciones administrativas entre partes, entre inversores, entre los jurídicos de ambos Estados, ya existentes.

En todo caso, queda esa extraña sensación que transmite la delegación presidencial española, similar a la del paleto que pone un pie por primera vez en una ciudad, o a la del cateto que desconoce qué cubierto es el adecuado para el pescado. Malas sensaciones las que transmiten en sus viajes por el mundo, haciendo marca española como si fueran iletrados. Así las cosas, y esto es lo que hay, no extraña la actitud de estos fondos de inversión, remisos a invertir parte de sus inmensos fondos por las buenas o a las primeras de cambio.

Estos road show tienen una importancia capital, porque de capital se trata, si no que se lo pregunten a los presidentes de Gobierno y jefes de Estado de nuestros competidores, para quienes este tipo de visitas son moneda de cambio y cita obligada en sus agendas. Para muestra, sirvan las cifras de la última andanada viajera presidencial, por la que los fondos de Abu Dhabi, Qatar y China suman 14.754 millones de euros, según las cifras oficiales del Transacciones Exteriores, cantidades invertidas en España, y que mantienen compromisos con firma para invertir otros 18.000 millones.

Los viajes sirven para fijar nuevas relaciones y estrechar amistad, que equivale a solidaridad para momentos de gran necesidad. Justo en esa situación se encuentra España. Por eso, haber logrado las firmas de Qatar Investment Authority y China Investment Corporation, suponen tener como aliado en la desgracia a algo parecido al primo de Zumosol.

Las empresas privadas saben de la importancia de estas alianzas económicas. Que Iberdrola haya logrado que Qatar Holding adquiera el 6,16% del capital de la eléctrica debería enseñar a la delegación política-económica española a tomar las cosas más en serio en sus viajes, por ejemplo, por China, plaza en la que se recordará a España para la historia del ridículo.

En los últimos meses, el Gobierno chino ya dejó constancia de su compromiso para adquirir 6.000 millones de deuda pública, y Qatar otros 2.900 millones, incluida la inversión destinada a una caja de ahorros del sur. Es posible que los asesores de comunicación de Moncloa, dirigidos por el presidente del Ejecutivo español, no hayan reparado en que la economía española cuenta con dos socios de lujo: el uno, con excedentes ilimitados, como corresponde al poseedor de la materia prima como el petróleo, los países de Oriente Medio. El otro, con excedentes siderales –reservas- de divisas, un tercio del sistema económico mundial: China Investment Corporation (CIC) tienen en sus manos los 342.000 millones de dólares que curarían, de un golpe, todos los males de este PIB de Europa del sur.

Quizás un exceso de emoción, ha llevado a la sobreactuación del Ejecutivo español, subestimando a este Rockefeller oriental –posee el 12% de Morgan Stanley- y poniendo peligro, no sólo la negociación propia de una inversión de este tipo –estatal y política- sino la decisión del propio Gobierno chino y los plazos de la misma. Si el Gobierno exhibe estas prácticas con los principales tenedores –el 12%- de la deuda pública española, qué no hará con los que tienen el 3%, o el 4%...Cualquier cosa.

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