edición: 3054 , Viernes, 25 septiembre 2020
18/12/2019
banca 
Primera gran decisión obligada de Carlos Torres

BBVA acepta el cambio de rumbo forzado por el supervisor bancario europeo

El consejo del banco opta por la ”operación ajuste” como recurso para recuperar el pulso y justificar los malos resultados que registrará en 2019
Juan José González
El movimiento, la decisión, de Carlos Torres y su Ceo, Onur Genç, es algo más que un ajuste presupuestario. Es, en primer lugar la primera decisión de un presidente que va camino de cumplir, en pocos días, el primer aniversario al frente del BBVA. Un año peculiar, movido, de crisis en su integridad temporal, con el foco mediático pero también con los fondos inversores clavados en la evolución, más de los acontecimientos que de la propia entidad. Un annus horribilis cuyos efectos ya se han dejado sentir en las cuentas y en la credibilidad de la gobernanza de Torres y parte de su equipo. En segundo lugar, y como efecto secundario, sin el mayor interés, la salida de la sombra del Ceo Onur Genç: se podría decir que nunca un consejero delegado estuvo tan protegido como su actividad reducida a la tarea del día a día. En tercer lugar, la decisión de llevar a cabo un reajuste (ajustes en áreas) conlleva sacrificios financieros, laborales pero, sobre todo, de estrategia, al tratarse, en este caso, de ajustes en divisiones del grupo que hasta ahora se consideraban intocables. Pues bien, ahora todo es tocable, revisable y reducible, es decir, ajustable. Claro que, si el banco se pone en modo ajuste hay que entender que algunas de las medidas sugeridas por el Banco Central Europeo, dada la crisis de reputación de BBVA, tendrán que aplazarse unos meses, lo justo para coger aire. Aunque no le vaya a servir de nada.
Era la única entidad financiera entre las más grandes que ya había amagado con recortes de plantilla, con un ERE de los fuertes, unos 3.000 de una tacada aunque en varias fases. El recorte estaba previsto para 2019, justo cuando sus competidores, y su referencia permanente, Santander, tenían planificados recortes importantes. Era el año ideal para no llamar la atención y entrar en el grupo general de recortes del sector, obligados por los tipos de interés, la caída de los márgenes y, por qué no, los primeros frutos de la digitalización de la que siempre ha tenido a gala presumir la entidad de Torres.

Respecto a los ajustes en algunas áreas, por cierto, de negocio puro y duro, decir que el cambio de estrategia conlleva asumir costes, inversiones que no han resultado, retornos esperados que se han quedado por el camino y que ahora deberán de ser oportunamente consignados en las cuentas anuales. Seguramente el epígrafe de las pérdidas será un duro hueso a pelear con los auditores. En todo caso, un recorte de plantilla como el que se prevé que afecte a alguna división en particular, resulta mucho recorte, probablemente del tamaño del problema que se pretende resolver.

Un annus horribilis porque 2019, puestos a hacer balance de desgracias es un ejercicio que pasará a la historia, y no sólo por la significación del banco en asuntos con la Justicia. Porque 2020 es un presupuesto con el que se pretende salir del agujero de 2019 en todos los sentidos y en todas las áreas y divisiones. Un objetivo que se antoja inalcanzable si se tiene en cuenta que el rendimiento de los principales caladeros del beneficio del banco en el mundo han ido de más a menos, incluso en algún caso, como el Garanti de Turquía, de menos a menos.

La medida de ajuste urgente que propone el presidente al consejo de administración llega en el peor momento para el banco, con dificultades para planificar el futuro a corto y medio plazo, con una estrategia en revisión permanente desde febrero pasado. Los observadores financieros apuntan a que el ajuste es el precio, la factura a pagar de los planes `mesiánicos´ de digitalización de Francisco González, anterior presidente, y que fueron aplaudidos por la mayoría del consejo de administración actual así como por su Ceo y hoy presidente Carlos Torres. Algunos inversores no descartan pedir responsabilidades a Torres por los cambios de estrategia.

Pero lo cierto es que la digitalización del banco tenía un precio y este debe ser satisfecho ahora, una parte en las cuentas de 2019 y otra en 2020. El ajuste presupuestario, sinónimo de cambio de estrategia por caída del negocio, supone también y a la par, una caída de la inversión justo en las áreas llamadas a ser la principal aportación a las cuentas en los próximos años y que ahora se deberán redefinir. La vieja idea de FG de convertirse en un banco tecnológico para competir con los Google, Amazon y otros, deberá esperar a mejores tiempos. Al menos, hasta que se recuperen los negocios típicos de la entidad que, para bien o para mal, continuarán siendo, entre otros, cobrar por prestar dinero. En todo caso, la "operación ajuste" bien parece ser la salida del banco para justificar unos malos resultados o, por qué no, la corrección obligada de rumbo por orden del supervisor bancario europeo. De todo un poco.

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