edición: 3070 , Martes, 20 octubre 2020
21/09/2020
El regulador sobrevaloró el impacto de la crisis

El BCE quiere enmendar su precipitado veto a los dividendos a partir del próximo enero

La prohibición de reparto de beneficios a las entidades bancarias llega a su fin con el balance negativo de una caída bursátil del 40% del sector y con capital y crédito suficiente para que nadie se quede sin dinero
Juan José González
Marcha atrás, rectificación, nueva realidad, objetivo cumplido... El regulador bancario europeo parece decidido a enmendar una decisión polémica como fue el veto a los dividendos bancarios. Las entidades esperan que la medida adoptada para el presente ejercicio se levante en enero próximo, no sólo ante el malestar de los inversores, obligados por las circunstancias a guardar un ayuno en base a los efectos que podría provocar la pandemia. Si en su día las protestas del sector no fueron más intensas pudo ser debido a que algunos de sus principales responsables estimaron que la medida podría estar dentro del guion de "lo exigible" dada la gravedad del escenario en la primera parte del año en curso. Pero el paso del tiempo ha demostrado que la medida ha tenido más efectos negativos que positivos; al menos los negativos han sido más visibles. Si se miden los efectos en términos cuantitativos, los índices bancarios certifican la catástrofe de la limitación de los dividendos con cerca de un 40% de caída de la capitalización bursátil de las supervisadas por el banco central. En términos de demanda de crédito y de cobertura de riesgos por pérdidas crediticias o retrasos de pagos, no se han detectado tensiones que justificasen mayores reservas de fondos, ni para el presente ejercicio ni para el próximo 2021. Una reflexión profunda, que ha tenido en cuenta más la realidad que las previsiones, parece ser el origen del levantamiento del veto que se espera para enero, si bien no está claro que se trate de una rectificación.
La medida del regulador, según su justificación y razonamiento del momento, fue adoptada como una medida de protección del capital en tanto que salvaguardaba a los bancos para que pudieran seguir prestando dinero. De todo grado, el sector bancario comunicó su malestar por la decisión al interpretar que se trataba de una sobrevaloración de la realidad y de los efectos de la pandemia que las autoridades financieras estarían avanzando un escenario más apocalíptico que el que en realidad ha resultado en la práctica. El banco central había valorado el escenario teniendo en cuenta las variables sanitarias y las previsiones económicas que ya estaban ofreciendo algunos resultados evidentes y que confirmaban que el parón de la actividad había iniciado ya la marcha con cifras elocuentes.

En base a esas cifras -previsionales- el banco central había tomado la decisión de suspender la distribución del beneficio; el pago de dividendos. Y parece que la misma base ha de servir ahora, en breve, a adoptar la decisión contraria aunque en esta ocasión no sólo teniendo en cuenta las -malas- previsiones (que se han cumplido en gran medida) sino también tras valorar los resultados de la suspensión del dividendo y que se pueden resumir en dos hechos: por un lado, el agravamiento de las expectativas de los inversores al constatar el bloqueo a los rendimientos del dinero, y por otro, el reflejo de esta sensación en el mercado bursátil, propiciando fuertes caídas en los valores.

Pero la recuperación de los dividendos no será sencilla, sino compleja, pues no sólo dependerá del escenario económico y, por supuesto, sanitario de la evolución de la pandemia. A los criterios generales que forman el común denominador para todos los sectores, se suman ahora los efectos del golpe a la economía, ya evidentes y medibles en términos de daños. Los impactos negativos de la pandemia se miden ahora en términos de cierres de pymes y pérdidas de trabajo de autónomos; de caída de los ingresos de medianas y grandes empresas como las hoteleras, y finalmente, de aumento de la morosidad. 

En este caso, si se suma la dificultad para recuperar el dinero -morosidad- a las dificultades propias del negocio bancario de obtener mayores márgenes por los tipos negativos, habría que concluir que revertir la decisión de las autoridades y eliminen la limitación del reparto de beneficios, se tendrían que valorar otros aspectos, más cualitativos que cuantitativos. De esta forma, el fin de la limitación de los dividendos aportaría un estímulo a las expectativas de los inversores, tanto institucionales como particulares, pues son varias decenas de miles las unidades familiares que cuentan con los dividendos como una de sus principales vías de ingresos.

La recuperación de los dividendos por parte de los inversores -que no tiene por qué estar reñida con una mayor demanda de prudencia por parte de las autoridades a las entidades financieras- se presenta como una medida orientada a normalizar los mercados y la actividad económica. Parece que es esperada por los inversores y los agentes económicos como una buena señal de recuperación económica en términos de expectativas positivas. También por muchas economías familiares que identificarían la medida como un paso adelante en el regreso a la normalidad y al consumo. Si la medida perseguía un efecto de caución, de salvaguarda del capital, de la seguridad y de la solvencia bancarias, parece que tales efectos ya se han producido y que el paso del tiempo está solicitando su derogación, sobre todo cuando las empresas y las familias están demandado mensajes y muestras positivas que mejoren las expectativas.

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