edición: 3025 , Viernes, 7 agosto 2020
24/06/2020
banca 
Desregular como terapia de grupo para la banca

El crédito fluye y la banca respira mejor con la menor presión normativa del BCE

Una de las -pocas- consecuencias positivas de la pandemia ha sido comprobar que la banca funciona mejor cuando el regulador ejerce menor presión sobre algunas ratios, en particular sobre la de capital
Juan José González
El que fuera presidente del BCE, Mario Draghi, recordaba en un conferencia a principios de febrero los tiempos (en su mandato) cuando Europa se defendía de la crisis financiera (2009) confirmando la necesidad de las medidas regulatorias -decía sin precedentes- para restaurar la estabilidad financiera y destacando que cuando esta fuera un hecho el regulador rebajaría la tensión -profusión- normativa que durante seis años marcaron la actividad financiera en el continente europeo. Fuera del discurso del ex del BCE, la coyuntura era muy diferente a la actual: se trataba de restaurar la estabilidad financiera para que los contribuyentes no volvieran a verse en la situación de pagar los platos rotos de los bancos. Y en gran parte, aquella profusión normativa (años 2010-2015) parece que sirvió para recomponer la economía y crear empleo. También sirvió para estrangular en parte la recuperación económica en el continente en la medida en que la regulación excesiva (la directiva de capital CRR y CRDIV) ha jugado un papel de barrera para el crecimiento de la financiación de la economía y, por tanto, para el crecimiento de esta última. En 2015 los grandes bancos europeos -Santander, Deutsche Bank, BNP Paribas, Credit Agricole, Societe Generale, Unicredit e ING- rubricaron una carta dirigida al regulador bancario destacando -denunciando- la desventaja competitiva frente a los bancos británicos y estadounidenses puesto que el BCE les exigía dos puntos porcentuales más de capital.
La demanda de los bancos era el inicio de un debate que parece haber llegado sin solución hasta principios de 2020, justo cuando los primeros síntomas de un cambio en las expectativas y ya, de facto, en marzo pasado, con la constatación de la caída de los mercados como consecuencia de la pandemia, ha provocado que las autoridades entren en razón. Entrar en razón en este caso, significa que el BCE abre la puerta para relajar, flexibilizar o reducir la presión normativa sobre la banca europea. Un debate entre reguladores que hoy parece estar más cerca de concluir positivamente para el sector.

Si hace cinco años el argumento de la carta de los siete mayores bancos de la Eurozona (antes citados) era que las crecientes exigencias de capital mermaban la capacidad de concesión de crédito (y su repercusión negativa sobre la recuperación económica) hoy, aquel argumento parece más evidente en esta coyuntura y cuenta la excesiva regulación financiera con mayores posibilidades de reducir la presión. Es cierto que el debate ya no se centra únicamente en la posibilidad de relajar la presión, es decir, de desplegar medidas que alivien la liquidez de la banca y que se salten, en cierto medida, la normativa referente al nivel de provisiones, ratios de solvencia y liquidez y avales públicos, sino que, de lo que se trata ahora es de que esa `relajación´ no sea sólo con carácter temporal sino que se mantenga con carácter permanente, como una reforma y adaptación al nuevo escenario económico que dibuja la pandemia.

En marzo, el BCE entendió que la gravedad de la situación económica justificaba la adopción de "medidas de alivio" orientadas a "salvar" las cuentas de las entidades, según se reconocía en un documento interno que llegó a manos de los bancos alemanes. El regulador reconocía -por primera vez- explícitamente las dificultades que ya comenzaban a registrar las entidades financieras y las peores previsiones para los próximos trimestres. Y la banca europea parece que respiró con la primera medida del regulador relativa a la moratoria para las nuevas provisiones originadas por la crisis de la Covid-19.

El BCE reaccionaba ante los temores de un parón que no sólo pusiera contra las cuerdas a la economía europea -"un colapso", se decía en Bruselas- sino también el descalabro de más de un banco, y no precisamente menor, en Alemania e Italia. Las entidades bancarias ya habían tomado para entonces medidas como el aumento de las provisiones y varios bancos ya anunciaban que previsiblemente se quedarían cortas con el paso del tiempo, como así se está comprobando estos días. Pero el sector bancario se ha quedado la iniciativa del regulador como también del Consejo de Estabilidad Financiera cuando solicitó a los reguladores que hicieran uso urgente de la flexibilidad con la que cuentan las normas internacionales.

El sector continua respirando con cierto alivio en respuesta a las medidas de relajación o flexibilidad temporal de la normativa, pero las dudas se sitúan de nuevo en el futuro respecto a qué actitud mantendrá el BCE cuando la crisis económica originada por la pandemia comience a remitir. Si la flexibilización en las ratios de capital y liquidez están destinadas a que las cuentas bancarias no sufran y a que financien cerca de dos billones de euros en préstamos, no deberá dudar el regulador de la eficacia de la flexibilidad y, por tanto, de la necesidad de reducir la presión normativa que ha venido estrangulando las cuentas bancarias. Aceptado por el regulador que el crédito fluye mejor cuando se aplica la flexibilidad, el paso siguiente es desregular, en lo que parece que están centrados los técnicos del BCE.

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