edición: 2721 , Martes, 21 mayo 2019
12/02/2019
Contra el reloj del deterioro económico

El freno económico marca la agenda al Gobierno que busca el momento electoral más adecuado

El estado de la economía combinado con la inestabilidad política determinará el voto de la mayoría
Juan José González
Los indicadores no certifican todavía el debilitamiento de la actividad económica, al menos con la claridad y contundencia que sería preciso para confirmar las expectativas adelantadas en los últimos meses por distintas autoridades económicas y financieras. En cambio, otros indicadores de consumo comercial y de actividad de ventas (automóviles, demanda de viajes...) comienzan a dar los primeros síntomas que bien pueden ser el preámbulo de esa caída anunciada de unas décimas en el crecimiento económico en los próximos meses. No debería causar mayor sorpresa ni alarma la novedad en tanto que se trata de algo ya conocido anteriormente, adelantado por instituciones y expertos y esperado por algunos agentes económicos. Y sólo habrá que esperar a que lo que hoy son datos adelantados y previsiones se mantengan o no al cierre del trimestre y, a su vez, se repitan en los siguientes trimestres.
Este es el escenario económico interno que está valorando el Gobierno y deberá combinar en las proporciones más adecuadas a la hora de elegir el momento electoral preciso. Se entiende el más adecuado aplicando el criterio del interés general, si bien, en este caso singular habrá que comprender que el criterio elegido vaya a ser particular. Por tanto, de la elección de ese momento considerado como el más adecuado para celebrar elecciones generales, dependerá tanto el estado de la economía en ese momento -aún desconocido- como el político. Si la elección fuera un asunto que se planteaba sólo en términos económicos -una decisión complicada- al añadirle la climatología política adversa, la decisión es aún más imprevista. En todo caso, no debería prolongarse demasiado en tanto que como incertidumbre política afecta a la marcha de la economía y al empleo.

No estaba previsto en el guion del actual Gobierno que se viera obligado a tomar decisiones antes de tiempo; al menos, en el tiempo estimado de dos años hasta agotar la legislatura en 2020. Como tampoco entraba en los planes del Ejecutivo que en un posible adelanto electoral se cruzase por medio una ralentización de la economía. La novedad, sin embargo, no está en el adelanto de las malas noticias económicas, sino en que la coyuntura ha obligado a aplicar un criterio, mezcla de elementos urgentes económicos con elementos inesperados políticos cuyo resultado determinará cuál sea el momento electoral más adecuado. La tarea la que se enfrenta el Ejecutivo amenaza con quitar el sueño a sus integrantes en las próximas semanas.

Mientras tanto, en el ministerio de Economía no cesan de hacer cálculos: que si el precio del crudo -a la baja- puede mantenerse en los próximos meses; que si Estados Unidos va a reconducir su estrategia comercial internacional con China en breve, o que si Europa será capaz de asimilar los cambios de la salida de Reino Unido sin mayores sobresaltos. Variables que pueden decisivas para fijar la fecha del final de la legislatura. Y entre tanta incertidumbre, si será capaz la economía española -con o sin presupuesto- de mantener el crecimiento previsto, últimamente fijado en el 2,1%.

Se diría que hay abundancia de nubes en el horizonte. En Europa ya se da por hecha la corrección de la política monetaria, de modo que la trayectoria prevista de subida de tipos se frena o detiene para dar más aire a la subida retrasando la fecha del evento. Es una buena y mala noticia para España: la buena, que el precio del dinero bajo ayuda a que no se dispare el coste de la deuda, y la mala que el sector financiero va a continuar con problemas.

Cunde el miedo en el momento en que se quiebra el crecimiento económico por encima del 3%. Pero se agudiza la sensación desde el instante en que el Ejecutivo constata que la próxima contienda electoral puede estar demasiado influenciada por las variables, tanto internas como externas, que afectan a la economía. Si antes de las malas previsiones económicas para el presente ejercicio, era sólo el criterio político el que pesada más en la decisión del momento electoral más oportuno (sólo se dependía de la llegada del mejor momento que indicasen las encuestan del cercano CIS) en el tiempo transcurrido del año son las variables económicas las que van a decidir el pulso final de la cita electoral.

El estado de la economía se ha convertido en el mayor determinante de la intención de voto. Que la creación de empleo se haya comportado mejor en el último año, no oculta que el PIB se haya reducido en alguna décima al cierre de 2018. Como tampoco que el mayor empleo haya conseguido mejorar la productividad o tampoco las nuevas subidas salariales pactadas hayan logrado reducir la precariedad. Demasiados efectos negativos que, unidos a la inestabilidad política conforman un escenario inédito para los ciudadanos y también para los políticos, obligados por las circunstancias a elegir el momento electoral más adecuado.

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