edición: 2557 , Miércoles, 19 septiembre 2018
04/07/2018
Demanda eufórica

El Gobierno alienta el consumo familiar y patrocina el calentamiento de la economía

Mercado inmobiliario especulativo, préstamo hipotecario en abundancia, facilidades de crédito para el automóvil... ambiente estival, entusiasmo consumista fuera de control
Juan José González
La ocasión está poniendo a prueba la solidez de las cuentas familiares, solidez que se sustenta en su aumento de la riqueza, aumento del consumo, actividad crediticia y descenso de las deudas y del ahorro. Todo ello serviría para afirmar que el país va bien, viento en popa, a toda vela como reza la Canción del Pirata. El escenario parece idílico, con dinamismo consumista y sobrada confianza en la coyuntura presente, que hace difícil, por no decir imposible o impensable que se tuerza la evolución económica. Crecen también las ventas de turismos, un 10% en los seis primeros meses del año, lo hacen sin ayuda pública alguna, de la mano de las empresas, que lideran el tirón, y con la compañía, en menor medida, de los particulares. Asimismo, se dispara la adquisición de viviendas, de media un 20% en lo que va de año, y la firma de hipotecas vive el frenesí de una demanda motivada, con una constitución récord de préstamos del 34%, unos 30.000 al mes, euforia compartida por los tipos de interés bajos y la disposición de las entidades bancarias a abrir la mano, dado que el ambiente estival que muestra la economía y el precio del dinero, en sus registros más bajos, anima a cualquiera, a los consumidores a lanzarse a la aventura. Es una muestra más del dinamismo residencial vigente el que muestran las familias en su persistente y heredado deseo de contar con una vivienda en propiedad, y la constatación de que el sistema hipotecario pone de su parte la facilidad del préstamo y el mercado los tipos -tanto fijo como variable- por cierto menores que hace un año por las mismas fechas. Es una muestra más de una recuperación económica pero en cámara lenta: primero se reponen los beneficios empresariales y después reparan -o se intenta- los salarios. En cualquier caso, todos ellos son síntomas de prosperidad. Ahora sólo falta que el Gobierno sepa alargar el bienestar.
Todo se dispara a pesar de la incertidumbre política de fondo; la permanente en Cataluña y la coyuntural de un Gobierno que en la actualidad gestiona el país y la economía con un horizonte teórico corto de 18 o veinte meses, cuando la población acreditada pase de nuevo por las urnas. Se recuperan las macro cifras de la Seguridad Social, con 19 millones de afiliados cotizando, se reduce el paro, casi cien mil personas más trabajando en junio pasado. Y todo sucede y ocurre sin Presupuestos del Estado publicados, esto es, pendientes de entrada en vigor.

En cualquier caso, la economía de las familias españolas, con la salvedad que presentan muchas de ellas, aún con algún componente o varios en situación de desempleo, registra, según el comportamiento señalado, una posición destacada respecto a la inmediatamente anterior al inicio de la crisis. Una muestra es precisamente la reducción de las deudas y la recuperación de una buena parte de los ingresos, motivo por el que se ha recuperado la capacidad de compra y de gasto.

Se mantiene el entusiasmo de los consumidores por la buena racha que viven los mercados de capitales y por la confianza en que el precio barato del dinero se mantendrá razonablemente en el tiempo, bajo, quizá por un más. Entusiasmo de la población por la bonanza económica que seguirá pendiente de los mercados de capitales, ahora un tanto revueltos como consecuencia de las turbulencias políticas; migratorias en Europa, comerciales en el ámbito de las relaciones con EE UU. En un ámbito más próximo, en el local de los mercados de valores, las familias asisten a un aumento de la rentabilidad de sus inversiones, con revalorizaciones, inestables en las últimas semanas, muy razonables, y que han conseguido aumentar el valor patrimonial de los activos de los hogares. 

En cualquier caso, no debe pasar inadvertido que, tanto el precio del dinero como el buen tono que presentan los mercados de inversión, son susceptibles de darse la vuelta en cualquier momento y de cualquier forma o con cualquier intensidad, coyuntura que ni suele avisar con tiempo suficiente como para salvar los muebles ni para corregir algunos de los excesos propios del frenesí económico. Aunque para evitar desgracias siempre está el Gobierno, que se supone ojo avizor y previsor para que la locura consumista, como la sangre, no llegue al río.

Así las cosas, el Ejecutivo deberá esmerarse en el control de tanto entusiasmo consumidor y acomodarlo y contenerlo, evitando el calentamiento excesivo de la economía, graduar su temperatura -la de quien desea mantener el poder y aspira a cosechar buenos resultados electorales- porque la hipertermia siempre resulta nociva a la larga. Se conformarían las familias con mantener el nivel actual, el ritmo vivo en el consumo pero con la seguridad de que todo ello será posible si se anima la velocidad salarial que se pretende y demora, que no termina por llegar. Tardanza contraria al sentido del viento de la Canción del Pirata.

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