edición: 3024 , Miércoles, 5 agosto 2020
11/12/2019

El progreso de la inteligencia artificial en los mercados reduce la competencia y genera nuevos riesgos

El acopio de información para mejorar los procesos de aprendizaje de la IA es una amenaza monopólica
Carlos Schwartz
Una audiencia del subcomité de la Cámara de representantes de Estados Unidos sobre Servicios Financieros dedicada al efecto de la creciente incorporación de la Inteligencia Artificial al análisis de la inversión hizo hincapié en el factor de concentración de 'traders' que tiene la digitalización de esas operaciones. En esencia porque la posibilidad de  mejorar la operativa, es decir el proceso de “aprendizaje” inherente a la IA, requiere una acumulación creciente de datos con los cuales los algoritmos de 'trading' mejoran su “conocimiento” del desempeño de los valores y el mercado. Existe una tendencia, no obstante, procíclica en estos algoritmos al incorporar el concepto de que los valores que se desempeñan bien, tenderán a mantener este comportamiento. Pero la mayor preocupación del sector y los reguladores es que la posibilidad de “aprender” depende del volumen de datos, y que este a su turno depende de las dimensiones del operador. Lo cual implica la tendencia a que la cantidad de operadores basados en algoritmos, es decir los fondos y 'traders' digitales que operan en los mercados oficiales y no oficiales, se reduzca, se concentre en un número cada vez menor de grandes agencias de trading.
El presidente del subcomité, el ex científico y parlamentario William Foster centró en este asunto su intervención. Este punto de vista está bastante extendido entre los reguladores y científicos dedicados a la IA. Pero al mismo tiempo comienza a preocupar a los mismos reguladores en la medida que el coste para poder entrar al mercado como un operador sobre la base de la digitalización se incrementa de forma exponencial a medida que los competidores se reducen en número y crecen en tamaño, lo cual supone una barrera de entrada al mercado significativa. En un reciente análisis de los mercados el departamento de estudios de JPMorgan Chase señalaba que una quinta parte de las transacciones de activos de inversión realizadas en Estados Unidos las hacían fondos de inversión computerizados que rastreaban permanentemente el comportamiento de los valores en el mercado, y cuyos algoritmos en general se han desarrollado sobre la base de que el activo cuyo precio está subiendo mantendrá esa tendencia.

Es una realidad que en los mercados oficiales y no oficiales más tecnificados los agentes digitalizados están jugando un papel creciente. El futuro ya está aquí en cierto sentido desde que los operadores de alta frecuencia entraron al mercado de lleno. Los operadores de alta frecuencia, con su capacidad de generar millones de transacciones en milisegundos, han desplazado en algunos mercados a los bancos. Es cierto que para las instituciones financieras tradicionales la exclusión de la posibilidad de tomar posiciones propias, es decir contra su capital y reservas, se ha agotado en la mayoría de los grandes mercados por la normativa pos crisis impulsada por los reguladores a escala global. Pero aun así la presencia de estos fondos digitalizados se ha reducido y sus operaciones se han concentrado.

Al mismo tiempo lideran la lucha por abaratar el coste de las operaciones en los mercados regulados, y en algunos casos se proponen establecer, junto con algunos bancos de negocios, mercados alternativos propios. Esta no es una novedad, estas opciones ya se desarrollaron en el pasado reciente como fue el caso de BATS, que acabó en manos del Chicago Board of Exchange (CBOE Global). En todo caso lo que demuestra la experiencia es que la digitalización en los mercados no es una amenaza del futuro, sino una presencia real. La desintermediación de la banca en los mercados de capitales es una tendencia creciente, de la cual han dado cuenta de forma puntual los bancos centrales en sus análisis. 

A ese proceso se debe añadir el factor de que las clases de activos para los gestores de inversión es un proceso creativo incesante que ha transformado, por ejemplo, a las materias primas en activos de inversión. Esta desintermediación es en parte fruto del desarrollo de los fondos de inversión que invaden permanentemente territorios antes restringidos a los bancos y a los bancos de inversión. La entrada de esos fondos en el mercado interbancario, tal como viene de señalar el Banco de Pagos Internacionales (BIS), o en los mercados de divisas recibe oxígeno del mismo balón que la digitalización de las operaciones pero ello no excluye el riesgo.

Lejos de eso lo ha ido concentrando de forma significativa. Las operaciones brutas en derivados acometidas por gestores de activos y fondos apalancados en el mercado del eurodólar a tres meses cerrados en el CME, el mercado más líquido de tipos de interés a escala global, crecieron un 38% comparado con el 18% que crecieron las operaciones de los bancos. El crecimiento de la IA es inversamente proporcional al abandono de la inteligencia humana en los procesos de inversión y esto supone un desarrollo exponencial del riesgo. La tendencia a seguir los valores que suben, la ausencia de un análisis fino del desarrollo de los mercados, de la geopolítica global, y la concentración de operaciones, crean un microclima con tendencia creciente a la catástrofe. 

La capacidad de respuesta a un “accidente” de mercado es cada vez menor. Por añadidura esta tendencia a acaparar operaciones en un mercado le resta liquidez, porque en medio de la ola no hay nadie en la acera de enfrente para aceptar operaciones en el momento en que se quiera salir precipitadamente. Es una paradoja, pero no por ello menos relevante. Por ello este es el momento de los bajistas sofisticados. Aquellos capaces de destripar las cuentas, los balances, de los que apañan los números para hacer una contabilidad marrullera en la que se ocultan las pérdidas e inflan los beneficios. Y cuando dan en el blanco se ponen las botas. A esos es dudoso de que la ola los pille cuando rompa contra las rocas.

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