edición: 2328 , Lunes, 23 octubre 2017
30/09/2010

En la cumbre de su popularidad, Lula da Silva cederá el poder tras convertir a Brasil en una gran potencia

Pedro González
Es tal el prestigio acumulado por el presidente brasileño Lula da Silva que nadie duda de que será su candidata y estrecha colaboradora, la ex guerrillera Dilma Rousseff, la que le suceda. La incógnita radica, pues, solamente en comprobar si a ésta le bastarán las elecciones del próximo domingo o si precisará de una segunda vuelta por no conseguir la mayoría absoluta en la primera. En cualquiera de los dos casos, la implicación de Lula en la campaña electoral habrá sido decisiva. El 80% de popularidad que conceden los sondeos al presidente de Brasil se complementa con un masivo apoyo ciudadano a cualquier candidato que Lula hubiera presentado.

Ello explicaría por tanto el meteórico ascenso de Dilma Rousseff, que apenas contaba en julio con un 36% de votantes dispuestos a respaldarla, y que en estas vísperas electorales sobrepasa ampliamente el 50%. Por el contrario, su principal rival, el veterano ex gobernador de Sao Paulo José Serra, ha ido diluyendo su 40% inicial a apenas un 28% de votantes dispuestos todavía a concederle su sufragio.

Frente a ellos hay una tercera candidata en discordia que puede condicionar al menos el avance arrollador de Rousseff. Se trata de la ecologista Marina Silva, ex ministra de Medio Ambiente de Lula, a quién le presentó su dimisión de manera destemplada en 2008. Esta ecologista, que solo aprendió a leer y escribir en la adolescencia, se enfrentó al presidente a propósito de la Amazonia. Sus advertencias respecto de la acelerada deforestación y el impacto ecológico de los grandes proyectos industriales y energéticos fueron ignorados por Lula, decidido éste por otra parte a convertir aceleradamente a Brasil en la quinta potencia económica del planeta. Una aspiración que ya ha comenzado a hacer realidad tras encaramar a su país en el octavo puesto y presto a sobrepasar en los próximos años a Francia, Italia y Reino Unido.

En todo caso, Marina Silva cuenta de momento con un 12% de las intenciones de voto. Pero, quizá lo más importante sea que, habiendo militado siempre en el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, se haya convertido ahora en el estandarte de los izquierdistas tradicionales de dicho partido, es decir de quienes acusan a Lula de haberse plegado al liberalismo desarrollista más descarnado.

El presidente puede presumir de haber situado a Brasil en el pelotón de cabeza de los países emergentes. Ayudado por el descubrimiento de nuevos y gigantescos yacimientos de petróleo, que han propiciado que Petrobras haya realizado la mayor operación de capitalización de la historia a nivel mundial, Lula deja casi 30 millones menos de pobres que cuando iniciara el primero de sus dos mandatos consecutivos; ha logrado que se implante una clase media pujante, y ha multiplicado las oportunidades de negocio para toda clase de emprendedores. Paralelamente esta nueva situación social ha propiciado una rebaja de la delincuencia, cuyo mejor exponente sea el cambio radical que se está operando en las otrora tristemente famosas favelas.

Lula también ha dejado ver su lado más oscuro. La publicación por parte de respetadas cabeceras de prensa de diversos escándalos de corrupción, generados en la Casa de la Presidencia, ha motivado una reacción destemplada del presidente, que en los mítines de cierre de campaña llegó a pronunciar la siguiente frase: “Nosotros [en referencia al Partido de los Trabajadores] ya no necesitamos de la opinión pública. La opinión pública somos nosotros”. Una afirmación que en las filas conservadoras se considera que “demuestra las peligrosas pulsiones totalitarias de Lula”.

La reacción de la prensa no se ha hecho esperar. La práctica totalidad de los diarios del populoso estado de Sao Paulo, el principal, más poblado y de mayor aportación al PIB de Brasil, han desnudado en sus páginas diversos episodios de corrupción y tráfico de influencias realizados por quién era considerada la mano derecha del presidente, Erenice Guerra, sucesora de la propia candidata Dilma Rousseff en el puesto de ministra de la Casa de la Presidencia. Guerra y otros cuatro altos cargos han tenido que dimitir ante la contundencia de las evidencias. Los partidarios del aspirante socialdemócrata José Serra creen haber pillado carnaza y exigen que tales escándalos sean investigados hasta el final.

Todo ello alienta la recta final de una campaña cuyo desenlace parece cantado a favor de Dilma Rousseff. En las filas de la oposición cunde sin embargo el temor de que la enérgica ex guerrillera, una vez convertida en la primera mujer al frente de Brasil, pueda ceder a la ola en la que se han embarcado varios dirigentes iberoamericanos, la de intentar asfixiar a los medios de información que tienen la manía de publicar lo que el poder desearía que permaneciese oculto.

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