edición: 2364 , Jueves, 14 diciembre 2017
10/12/2009
OBSERVATORIO DE COYUNTURA

Es posible identificar ya algunas líneas de lo que será la configuración del sistema financiero en los próximos años

SERVICIO DE ESTUDIOS DE 'LA CAIXA'*
El sector financiero ha vivido durante los dos últimos años una convulsa crisis de alcance internacional. En los momentos álgidos de finales de 2008, diversas entidades sucumbieron a las dificultades, algunos mercados financieros se bloquearon y, de hecho, el conjunto del sistema estuvo cerca del colapso. La catástrofe se evitó en buena medida gracias a la contundente intervención de los gobiernos y bancos centrales de la generalidad de países. Como en ocasiones precedentes a lo largo de la historia, una crisis de esta magnitud está desencadenando una transformación importante en la fisonomía del sistema. Por un lado, autoridades supranacionales y nacionales están desplegando un programa de reformas regulatorias de amplio espectro y de gran calado. Por otro lado, tanto prestamistas como prestatarios e intermediarios están modificando sus pautas de comportamiento al hilo de las lecciones aprendidas durante esta traumática experiencia, así como de las nuevas circunstancias imperantes.

Todavía es muy pronto para discernir con suficiente precisión la configuración que adoptará el sistema financiero dentro de, digamos, cuatro o cinco años. Pero sí es posible identificar ya algunas fuerzas en movimiento que probablemente acabarán siendo decisivas.

Puede ser útil antes revisar brevemente algunos rasgos básicos de la evolución del sistema durante los años previos a la crisis. Dos elementos destacan: el sector financiero aumentó su presencia en el conjunto de la economía, y lo hizo orientándose hacia un modelo cada vez más desintermediado y de creciente complejidad. Lógicamente, puntos de partida, detalles y circunstancias fueron diferentes entre países, pero cabe afirmar que esa fue una pauta general.

La desintermediación se refiere a que, junto con las entidades bancarias tradicionales (tomadoras de depósitos de los ahorradores y otorgantes de préstamos a corto y a largo plazo), se desarrollaron con gran profusión otros canales para la transferencia de recursos desde los agentes excedentarios a los deficitarios. En primer lugar, los mercados de capitales clásicos, como por ejemplo los que permiten al gobierno emitir obligaciones o a las empresas pagarés, bonos y acciones, que son adquiridos por los ahorradores (ya sea directamente o a través, por ejemplo, de fondos de inversión o de pensiones). En segundo lugar, un variado grupo de entidades e instrumentos que, sobre la base de los mercados de capitales, se interponen y reconducen los recursos hacia los prestatarios finales.

Este complejo entramado, por algunos denominado «sistema bancario en la sombra», incluye entidades como los bancos de inversión, los fondos monetarios, los SIV (Structured Investment Vehicles), los hedge funds y las entidades de private equity, así como -en una acepción amplia- instrumentos como las titulizaciones o los derivados de crédito. Fueron precisamente estas instituciones quienes protagonizaron el aumento de la presencia de las actividades financieras en el conjunto de la economía, especialmente en Estados Unidos (se estima que en 2007 el volumen de activos manejado por estas entidades superaba al de los bancos comerciales tradicionales).

La crisis y sus secuelas han venido a alterar el funcionamiento de estos tres tipos de canales, pero no todos de igual manera. El sistema en la sombra ha sido el gran damnificado. De hecho, la gestación y propagación de las turbulencias se debió en buena medida a las disfunciones y debilidades de instituciones como los bancos de inversión o los instrumentos complejos de financiación estructurada (SIV, CDO). La mayor parte de estos elementos han desaparecido o se han transformado en versiones más sencillas. Otras áreas, como los hedge funds y las entidades de private equity, han experimentado un importante descenso de volúmenes. La problemática de los mercados de titulización es especialmente destacable, habida cuenta del enorme tamaño que adquirieron en los años previos a la crisis y de sus vínculos con algunas entidades bancarias (las que adoptaron el modelo originate-and-distribute). Pues bien, durante los últimos meses las emisiones de titulizaciones han descansado casi exclusivamente en la participación del gobierno (como garante) o de los bancos centrales (como compradores o financiadores), mientras que las emisiones en el mercado abierto han sido muy escasas.

La actividad del sector bancario tradicional, aunque débil, no ha sufrido con tanta intensidad. De hecho, en la fase más aguda de la crisis, parte de la actividad del «sistema en la sombra» se recanalizó hacia el balance de los bancos comerciales. Con posterioridad, y debido a la severidad del deterioro en la economía real y a un lógico proceso de desapalancamiento por parte de bancos y de familias, la evolución de los préstamos viene siendo a la baja. Sin embargo, la magnitud de este descenso, tanto en Estados Unidos como en Europa, no se desvía sustancialmente de las regularidades empíricas observadas en ciclos económicos del pasado. Por su parte, la evolución de los depósitos no ha sufrido apenas tensiones durante estos dos años de crisis, bien es cierto que con la ayuda de la extensión de las garantías públicas.

Por último, la dinámica en los mercados de capitales clásicos ha supuesto un cierto contrapunto. Algunos de estos mercados también se paralizaron durante las semanas críticas posteriores a la quiebra de Lehman Brothers, pero se recuperaron con prontitud y están viviendo durante este año un verdadero boom. En el caso de los mercados de deuda pública, esto es plenamente previsible. Más remarcables resultan los récords históricos en las emisiones de bonos corporativos, primero de las empresas de elevado rating y, más recientemente, de las de baja calidad. Sin duda estos mercados se han beneficiado indirectamente de las medidas adoptadas por gobiernos y bancos centrales, pero también ha jugado a su favor un grado de transparencia mayor que en el caso de las titulizaciones, junto con las limitaciones en la capacidad de préstamo de los bancos dada su situación de capital.
  En definitiva, la reacción inicial a la crisis está consistiendo en una reducción del tamaño del sector financiero y una reorientación hacia los mercados e instrumentos más sencillos. Conforme la crisis vaya quedando atrás, la continuidad a medio y a largo plazo de estas pautas dependerá de la evolución de algunos factores fundamentales -tecnológicos, macroeconómicos y regulatorios- que en los años previos estuvieron empujando en la dirección de un sistema grande y complejo.

Los cambios en el marco regulador serán particularmente importantes. La idea dominante es que se precisan reformas profundas para mitigar el riesgo sistémico, esto es, el riesgo de que problemas inicialmente localizados en un área, mercado o institución se extiendan al conjunto del sistema. Bajo este prisma, el «sistema en la sombra», hasta ahora escasamente regulado y supervisado, está siendo objeto de un profundo escrutinio (nuevas normas para los hedge funds, para los CDS, para las titulizaciones, etc.). El efecto probablemente será el de acotar su desarrollo y su interdependencia con otros ámbitos. Respecto al sector bancario tradicional, las principales propuestas consisten en aumentar los requerimientos de capital y liquidez de las entidades individualizadas, a la vez que se establecen mecanismos para evitar el contagio de problemas entre ellas. Dichos requerimientos serían proporcionalmente mayores para las entidades grandes y las que realizan actividades complejas y de elevado riesgo (titulizaciones, trading, etc.). En este caso, los efectos previsibles apuntarían a una simplificación de las actividades, pero agregadamente a una menor disponibilidad y a un mayor coste del crédito. Las reformas propuestas en el ámbito de los mercados de capitales clásicos no parecen tan trascendentes, y básicamente pretenden mejorar la transparencia (por ejemplo, a través de las agencias de rating).

En conjunto, de este contenido en las propuestas iniciales de reforma cabría esperar que efectivamente se consolidase la nueva tendencia hacia un sistema más sencillo y acotado. No obstante, el proceso regulador sólo está en su comienzo, y el empuje reformista actual puede frenarse o incluso cambiar de dirección por causas diversas, como por ejemplo una insuficiente coordinación entre las diferentes instancias regulatorias, especialmente a nivel internacional.

* Avelino Hernández

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