edición: 2764 , Viernes, 19 julio 2019
09/06/2010
La lentitud en la aplicación de medidas económicas desata la furia de los especuladores

España emula las medidas de ajuste de Irlanda, pero seis meses más tarde

Los mercados no toleran los aplazamientos del Gobierno, que interpretan como debilidad
Juan José González

Apenas una pequeña dosis de memoria histórica para recordar que entre la venta de Bear Sterns y la suspensión de pagos de Lehman pasaron poco menos de seis meses, un tiempo que puede ser interpretado como que los mercados conceden de vez en cuando, rara vez, una tregua. Y así puede interpretarse el período de relativa calma que los inversores internacionales parecen haberle concedido a España tras aquel mediático road show (8 de febrero pasado) de la vicepresidenta segunda y ministra de Economía, Elena Salgado, y el secretario de Estado José Manuel Campa a la City londinense para convencer a los economistas británicos de la buena salud de las cuentas públicas, asegurar que el Gobierno haría los ajustes necesarios, y aplacar las dudas de los mercados sobre la economía española.

El periplo europeo del equipo económico fue interpretado en clave de éxito pues la hostilidad de los inversores internacionales remitió fulminantemente, al menos de forma aparente. Unos meses después, y consumido parte de ese, se supone que crédito del mercado, éste ha retirado la confianza a la economía española al considerar que aquellas promesas de reforma de las pensiones (alargamiento de la edad de jubilación) la subida del IVA (para julio) y la congelación de las plantillas de trabajadores públicos, se han dilatado excesivamente en el tiempo. El inversor confía de momento, pero cuando no se cumplen sus cálculos, ataca de nuevo y así es como España está en el ojo del huracán.

Los inversores interpretan que la lentitud de un Gobierno en aplicar medidas y planes de ajuste en la economía, son un síntoma de debilidad y que si la actitud se prolonga más en el tiempo acaba en dejación de funciones. Se reprocha al equipo económico –y al Gobierno en general- la forma tan peculiar en afrontar la crisis financiera y la consolidación fiscal. En febrero pasado, cuando Salgado y Campa explicaban las medidas del Gobierno español en la crisis, se negaba y de forma radical, la posibilidad de congelar los salarios de los funcionarios, posibilidad que creó alarma y conmoción en el Ejecutivo. Quién lo iba a decir cuando cuatro meses más tarde se anunció la reducción del 15% en el salario de los empleados públicos.

Los mercados valoran positivamente la adopción de una medida así cuando se hace de forma drástica, es decir, cuando estiman que hay acierto en la cantidad, en el fondo y en la forma de la medida, algo que no se ha cumplido en el caso de España. Se cita como ejemplo de esa ‘drástica’ forma de gestionar a Irlanda, un país y una situación con muchas diferencias respecto a España y sin embargo, con numerosas analogías. El Gobierno irlandés, sensible y bastante preciso en la graduación de la gravedad de la crisis de sus cuentas, reaccionó rápidamente y con escasa resistencia popular aprobó en diciembre un presupuesto con reducción de un 15% de los salarios de los funcionarios.

La primera reacción de los mercados a esa medida fue la consideración de que los planes presupuestarios de Irlanda eran creíbles, lo que produjo un recorte inmediato de la prima de riesgo y un cambio en la situación de la economía. Los mercados tienen siempre en cuenta esos pequeños pero importantes detalles en la gestión de los Gobiernos, como fueron en el caso irlandés la rapidez, decisión y transparencia en su actuación. En cambio, en España la primera medida impopular adoptada fue la subida en dos puntos del IVA y no de forma inmediata –la ampliación de la edad de jubilación fue tan sólo un amago- debiendo esperar hasta hace unos días para conocer la primera medida, esta sí, impopular -entre los afectados- de recorte de salarios a los funcionarios, también del 15% como Irlanda y a seis meses de distancia respecto a ese país. Actuaciones gubernamentales que hacen dudar de la intención del español de salir de la crisis lo antes posible frente a la vía rápida elegida por Irlanda. Esta tiene ahora mayor probabilidad de dejar atrás la crisis antes que España, a pesar de contar con una situación de partida sensiblemente peor.

Y si en la consolidación fiscal al Gobierno le ha pillado el toro, en la reestructuración del sistema financiero ha sucedido algo con peor nombre. Al igual que España, Irlanda fue testigo de una burbuja inmobiliaria con un 17% de sus viviendas construidas vacías frente al 16% en España. Así como una deuda inmobiliaria de 82.000 millones de euros parecida en proporción (447.000 millones) a la española, un 44% del PIB en ambos casos.

Salvando también las distancias en el sector financiero, donde Irlanda hizo gala de una desastrosa gestión en sus grandes bancos –ahora con capital mayoritario público- los bancos españoles no han necesitado ayudas estatales, y al contrario, se han aportado estabilidad a una complicada situación. Pero en el caso de las cajas de ahorros, el 50% del sistema financiero del país, el asunto ha sido distinto. En este capítulo también llaman la atención la decisión y rapidez con la que se tomaron las medidas necesarias para cambiar el enfoque de la crisis financiera.

La burbuja inmobiliaria deja un río ancho y profundo de activos en las carteras bancarias que pesan como una losa y terminan por ahogar a las entidades. Los Gobiernos suelen obligar a sus bancos a soltar ese peligroso lastre para que sus balances se encuentren limpios de problemas y agujeros.

El Gobierno irlandés, como en su día el sueco, se decidió por la creación de un banco ‘malo’ donde centralizar esos activos inmobiliarios, para una vez evaluado el tamaño del agujero proceder a corregirlo, haciendo posible que el sistema financiero no reste financiación a la economía, empresas y particulares. La lección que aporta Irlanda en este sentido no viene de la solución a la burbuja financiera mediante la creación de ese banco ‘malo’ sino, de la transparencia, rapidez y decisión del Ejecutivo en aplicar sus decisiones. Una vez más.

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