edición: 2598 , Lunes, 19 noviembre 2018
28/04/2014
Reformas en el país vecino

España, la principal perjudicada por la austeridad francesa

Francia se convierte ahora en el lastre para el despegue económico de la Eurozona
Manuel Valls, primer ministro francés
Juan José González

Fue hace dos años cuando el presidente francés Francois Hollande sentenciaba: "Si no crece España, tampoco podrá hacerlo con fuerza Francia". Claro, directo y acertado, el francés no pensaba que dos años más tarde sería el español quien podría estar en posición de afirmar otro tanto. El tiempo ha sentenciado, sin embargo, que mientras el español se dedicaba a apretar el cinturón a sus ciudadanos, el francés se dedicaba a hacer bandera ideológica intentando sacar partido al programa de crecimiento de la Unión Europea (120.000 millones de euros) así como seguir sacando partido de una posición de indulgencia permitida por Bruselas. La escena política y económica de la crisis parece haber obrado un vuelco inesperado para Francia y previsto en el caso de España. Si en 2012 Francia se rebelaba en contra de la austeridad impuesta por Alemania, ahora sucede lo contrario.

Si el país vecino apuntaba a España como un problema para crecer "con fuerza", ahora es España la que predica que sin el crecimiento francés la economía española lo tendrá más crudo. Y todo en un escenario electoral cuyos resultados pueden trastocar las políticas de algunos socios europeos, entre ellos, los de España si, según algunos indicios, Alemania suaviza la férrea austeridad de los últimos años. Se desconoce qué posición adoptaría Francia.

La dialéctica entre optar por políticas de crecimiento o de austeridad ha sido una constante a lo largo de la crisis, y continúa siéndolo en esta fase final. Priorizar el crecimiento económico se decía que era cuestión de vida o muerte para frenar la hemorragia del desempleo y evitar que se superase el 22% o el 24% de la tasa de paro. Así que, visto los resultados, y superado el 26% de desempleo, la economía española se mantiene fiel a las políticas de Bruselas y leal a la influencia de Berlín para seguir haciendo de la austeridad la bandera de la gestión política del Gobierno español. Sin embargo, la coyuntura parece haber logrado un cambio de posiciones en el panorama económico europeo, de forma que los socios europeos del sur, entre ellos, España, ha hecho -dentro de lo que cabe- la mayoría de los deberes impuestos por Bruselas, en tanto que Francia se ha mantenido en la clase distraída y mirando hacia otro lado.

Hasta hace pocos meses, la postura francesa, solidaria con España, era que mientras el vecino del sur no estuviera creciendo, la economía gala difícilmente podría crecer a un ritmo fuerte y, por tanto, no podría llevar a cabo una reducción de su déficit público. Francia quería ganar tiempo para evitar aplicar a sus ciudadanos, trabajadores y pensionistas, medidas de austeridad, recortes y evitar desempleo. Hollande no era partidario de aplicar lo que según él era "una cadena perpetua a unas naciones que ha habían hecho bastantes sacrificios mientras sus poblaciones no reciben algún resultado positivo". Se refería el presidente francés a la amenaza de la recesión. 

Y la recesión llegó y habitó entre... todos, con más daños en unos casos, pero recesión que provocó el aumento del desempleo hasta superar la cuarta parte de la población en activo. Hollande parecía entonces -2012- más preocupado por las consecuencias en el empleo de una recesión que por los efectos de un fuerte déficit público. Trataba de evitar sacrificios a su población con propuestas de corte ideológico como la subida de impuestos -gravámenes en los tipos impositivos de la renta- a los ricos. El resultado de la acción de Gobierno del francés ha sido el fracaso de su política económica, por la ausencia de políticas reformistas, por la pasividad y no por la ausencia de crecimiento de los países periféricos y, en particular, del vecino del sur, España.

De modo que si hace dos años se decía que España era un lastre para el crecimiento del resto de Europa, en especial de Francia, ahora parece que ocurre lo contrario: que la débil demanda de las economías de los países menos castigados por la crisis, no es suficiente para que la zona europea remonte la crisis. Quizás ahora no sea el momento más adecuado para que el Gobierno español se muestre solidario con el francés en la graduación de la austeridad y, al contrario, se convierta en aliado de la tímida relajación de la austeridad a la que está dispuesto Berlín.

Lo que le resultará más difícil tanto al nuevo jefe del Ejecutivo galo Manuel Valls, como a su presidente, será justificar la postura contraria a la mantenida por Hollande de "imponer una cadena perpetua a los ciudadanos" y declararse ahora a favor de la austeridad y de los recortes sociales cuando hace apenas un año defendían desde el Elíseo la virtud de la inversión pública y de los programas de gasto público para evitar una depresión más profunda, decía el presidente francés "la austeridad que aplica Europa es un camino suicida por el que ni se crece ni se crea empleo".

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