edición: 2594 , Martes, 13 noviembre 2018
20/11/2009
Siete u ocho reformas estructurales; la baza electoral socialista para 2012

España, único miembro de la UE que no reforma nada

Desde la presidencia de la Unión, el Ejecutivo español apenas encontrará resistencia para imponer cambios en Sanidad, Administración, Educación, Trabajo, Pensiones…
Juan José González

El ritmo reformista del Ejecutivo español recibiría la peor puntuación si los agentes sociales pudieran valorar una hipotética votación al respecto. Hablar de reformas a menos de cien metros del Gobierno es ahora mismo mentar la bicha. Pasado ya el amargo trago de la aprobación de los Presupuestos de 2010, puede ser el momento de comenzar a hablar del futuro, de empezar a calentar el próximo año, en el que la Unión Europea contará con un presidente del sur, español, que en la campaña electoral para acceder a La Moncloa citaba tantas veces el verbo reformar como el verbo prometer. Aseguran que las reformas llegarán, pues no supone buen papel ni es cómoda posición la de presidir la Unión de los 27 que, aunque sea sólo por seis meses, obliga y obligará a dar ejemplo.

Para empezar, España es, según un eurodiputado que registra todas y cada una de las reformas estructurales que se producen en Europa, la única economía –o Estado miembro- que no ha reformado nada, que con la mayor tasa de paro de la zona sigue enrocado en la misma legislación aprobada la pasada década. Sobrevive, se puede decir, aplicando la política de paños calientes, con pequeñas medidas en momentos puntuales, que hacen sospechar que intenta ocultar algo. Medidas que pueden tener el mismo efecto que si un gran banco ampliase capital de cien en cien millones cada dos o tres meses.

En La Moncloa aseguran que todo esto va a cambiar, que desde la presidencia española se producirá un impulso tan extraordinario que la ‘V’ de salida de la crisis se quedará corta. El futuro presidente por seis meses quiere llamar la atención desde la tribuna de Bruselas, quiere remover los pilares de la Unión y poner a trabajar a los Sarkozy, Merkel, Brown y compañía, los que parecen estar más por la labor (nada que hacer con Berlusconi, más volcado en otros actos…). Desde Bruselas llegarán las dichosas reformas. Se quiere que vengan de la mano de la imposición europea, es decir, si se aprueba en la Comisión poco efecto tendrán los esfuerzos de una oposición y fuerzas sindicales en poner trabas, aunque sólo sea porque lo hace el resto de Europa.

Se identifican algo así como siete reformas estructurales que deberían haber sido abordadas en los últimos meses. Al menos siete que son urgentes e ineludibles. Pero son las bazas electorales para la próxima convocatoria, allá por 2012 –si no media adelanto- y por tanto, deben guardarse, emplearse y gestionarse con tiento y mucho mimo, pero sobre todo con astucia.

La reforma del sistema financiero esta en ciernes, en camino o en trance, pero esta. La reforma del sistema educativo se esta pergueñando, la primera etapa terminará en Bolonia cuando termine, luego Dios dirá. El reto de esta debe desterrar la mala posición y fama de nuestra educación y erradicar el fracaso escolar, territorio en el que al igual que el fútbol España es una potencia europea consagrada. Y no digamos en la división universitaria en la que es poco menos que imposible encontrar alguna de origen español entre el grupo de las cien primeras, ahí es nada.

La reforma del modelo de crecimiento económico suena casi a una referencia utópica, por la carga de idealismo que conlleva cualquier intención de potenciar la innovación, de reducir nuestra dependencia del carbono, de poner en marcha nuevos sectores, potenciar el talento… quimera casi irrealizable.

La reforma del Régimen de Pensiones debe igualarnos al resto de Europa en prestaciones y su financiación debería ser objeto de tratamiento y consenso, y no de simples retoques. Es una prioridad desde hace 23 años a la que se debe animar el próximo presidente de la Comisión. Otra reforma que viene casi provocada por la coyuntura económica –déficit público especialmente- es la de la Administración, ínsula caracterizada por todo tipo de exceso; plantilla, costes, ineficiencia, opacidad… La reforma sanitaria tiene que ser una consecuencia de la anterior. Aquí se puede –y se debe- producir una auténtica revolución, no sólo porque los cambios en la población y en los servicios y sus necesidades, sino porque en sanidad esas necesidades son un gran motor para la demanda de empleo cualificado. Y finalmente la reforma laboral donde la palabra clave parece ser la flexibilidad general, en los tipos de contratos, en los mecanismos de negociación, en conciliación, lucha contra el fraude… Aquí, una vez más, el modelo alemán “ha tenido un éxito considerable a la hora de evitar masivas pérdidas de puestos de trabajo” asegura Paul Krugman, medidas y reformas que aquí ni siquiera se han intentado.

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