edición: 2351 , Viernes, 24 noviembre 2017
28/04/2017
Aprovechando el parón de Bruselas

España valora pros y contras de pertenecer a la `primera velocidad´ europea

En caso afirmativo, deberá convencer a los miembros de la Unión de su fiabilidad como socio de largo plazo
Juan José González
El último informe de la Comisión Europea, conocido como el de los `cinco presidentes´ era un programa político en toda regla para Europa, con su horizonte bien definido, en detalle y una hoja de ruta que, en principio, no debería encontrar muchos obstáculos, habida cuenta del grado de consenso y acuerdo previo de sus miembros en asuntos tan urgentes y necesarios como la unión bancaria, la económica, la presupuestaria y la social y política. Pero, de repente, uno de los miembros de la Unión, un peso pesado como Reino Unido, decide dar el portazo. De repente también, se frenan los trabajos que se daban por hechos, casi cerrados, sobre los contenidos de la hoja de ruta para transitar hacia los objetivos señalados. Sin embargo, los hechos muestran un parón en los trabajos que hace pensar en que la Unión puede haberse dado un tiempo para averiguar si, además del díscolo Reino Unido, hay algún otro miembro que medita su postura, su permanencia en la UE o su pertenencia al grupo de cabeza o al pelotón de la `nueva´ UE. Que una maquinaria de tal calibre arranque y logre mantenerse en marcha, son dos acontecimientos que no suelen coincidir. Pero que esa maquinaria eche el freno de mano y se detenga, es una tragedia. Y en este estado se encuentran ahora la unión fiscal, la política y la bancaria.
La consecuencia del parón, se supone que temporal, en tanto se despejen los obstáculos para comenzar las negociaciones de salida de Reino Unido, es el aumento del riesgo sobre la moneda única, las amenazas de los inversores, la inestabilidad en los mercados de capitales y la ruptura del euro.

De ese parón surge la idea, el `proyecto´ de última hora: la Europa a dos velocidades, una articulación integrada por dos divisiones o velocidades para diferenciar a los países más avanzados en la unión fiscal y en mercados capitales de aquellos con dificultades para el cumplimiento de sus compromisos con la UE. En el caso de España, donde las autoridades ya se han decidido, claramente, por la militancia en la primera velocidad, el parón le está proporcionando un tiempo de descanso y reflexión, para pensar en el precio de pertenecer a la `primera división´ europea, así como para calibrar lo bueno y lo malo, los sacrificios que conlleva la permanencia en la división o grupo de honor.

Porque se sabe que no será tarea sencilla mantenerse en la primera velocidad, donde España ha intentado estar pero sin conseguirlo plenamente, si acaso en parte, ocasionalmente pero nunca en plenitud de facultades políticas. Ahora, sin embargo, ese objetivo acariciado para posible aunque no exento de sacrificios económicos y políticos. En el apartado de representación política, España no está ni en la segunda velocidad, milita aún en el pelotón de los infrarrepresentados en las instituciones clave. Y en el apartado económico, España se mantiene en ese grupo de los que necesitan asistencia para la recuperación.

Quizá la unión monetaria haya sido de esas excepciones donde España sí ha sabido pelear y jugar sus bazas. Pero en el resto de asuntos, va a ser difícil convencer a los países miembros de la Unión de la certeza y fiabilidad de España como socio de largo plazo. No cabe duda de que el momento político, que en este asunto tiene un mayor peso específico, no es el más propicio: la suma de la atmósfera que provocan los constantes sucesos de corrupción política -anomalía democrática- y la consideración de los populismos como una amenaza, llevan a pensar que España no lo tendrá nada fácil para permanecer en esa primera velocidad que se cierne en la `nueva Europa´ sin Reino Unido.

Lo que sucede es que ese trabajo y sacrificios, con sus sudores y lágrimas incluidas, parecen inevitables para las empresas, los bancos, el comercio, el empleo y la cultura y la educación, o sea, para el desarrollo de la Unión Europea. Lo contrario, es probable que equivalga al abandono y renuncia de los intereses en esas materias y sectores mencionados y que, en definitiva, equivale a renunciar a los beneficios de la Unión. Y aunque se impongan las dudas sobre las certezas, pelear y dar la batalla por pertenecer y mantenerse en la primera velocidad de Europa, siempre se podrá pensar en que la opción elegida es, tan sólo, un mal menor. De lo contrario, y para no perder más tiempo, habrá que ir pensando en la estrategia de salida.

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