edición: 3049 , Viernes, 18 septiembre 2020
11/05/2020
El Gobierno evita la intervención 

España se acomoda en la sombra del gasto público que planea Europa y salva la quiebra

En realidad, Alemania no se opone al mayor gasto, sólo advierte de que tarde o temprano habrá que retomar las buenas costumbres, el déficit controlado entre otros
Juan José González
Los Gobiernos europeos coinciden en que la salvación reside en el gasto público, en su incremento y no sólo, sino también y además en el alargamiento de los plazos, en las renovaciones de las deudas, en la deuda perpetua y puede que en algún otro instrumento financiero que está en fase de gestación en el laboratorio del Banco Central Europeo. La pandemia parece haber impuesto nuevos comportamientos y también haber provocado la apertura de un buen número de mentes encerradas en la ortodoxia financiera y monetaria para convertirse, por mor de los acontecimientos, en seguidores y partidarios de la heterodoxia financiera. Este movimiento, tan súbito como la irrupción de la crisis sanitaria y su devenir en crisis económica actual, han logrado algo que no parecía estar escrito en ningún guion, como es el consenso generalizado de que es obligado y justificado el aumento del gasto público, y aún más, la salvación futura de la Unión Europea reside precisamente en ese consenso, en el aumento del gasto público. Como una suerte de salvavidas, los máximos responsables de los organismos supracionales económicos señalan a los homólogos al frente de los bancos centrales del planeta que el virus ha traído el cambio a la economía y a la política, en tanto que esta debe proponer, gestionar y decidir los cambios necesarios para superar el temporal y salir del mismo con el menor volumen de daños posible, en términos de pobreza, de desempleo y de cierres de empresas.
Llama la atención, quién iba a pensarlo, que la adversidad (suele ocurrir en la historia) acaba por poner de acuerdo a ideales divergentes y opuestos, de tal modo que muchas afirmaciones radicales acaban siendo modificados por exigencias del guion. La historia más reciente, desde 2008 en adelante, deja patente que ningún Gobierno que se precie de mantener criterios razonables de economía,  está dispuesto a mantener un gasto público muy elevado de forma reiterada. Y sin embargo, todo y todos parecen estar en estos momentos en una fase de profunda revisión de ideales, criterios y convicciones, seguramente obligados por la realidad como también pensando en el futuro a largo plazo.

De este no parece que se esté hablando mucho, se diría incluso que nada, habida cuenta que las cifras de hoy, incompletas e inexactas como consecuencia de que el escenario está pendiente del balance final de la crisis sanitaria, no permiten hacer ninguna aproximación a escenarios más lejanos, por ejemplo, a diez o veinte años. En cualquier caso, el consenso generalizado de los países de la UE sobre el aumento del gasto a discreción y al aparcamiento -se entiende que temporal y transitorio- de la ortodoxia monetaria, sirve para concluir que, efectivamente, la salvación de las economías europeas y de la Unión Europea está situada en el aumento del gasto público. 

Otro asunto para tratar más adelante, cuando las aguas regresen a su cauce, es la forma y el modo en que se fijarán las condiciones devolución de las deudas así como el regreso a la racionalidad del gasto público o, al menos, del gasto controlado de los Estados. Difícilmente sería soportable una Unión Europea sin la idea de la consolidación presupuestaria permanente, es decir, de la ortodoxia financiera y monetaria, algo que hoy por hoy, aseguran en el BCE, está pendiente de la profundidad que alcance la actual crisis, de la sima de la recesión y de la gravedad de las heridas y secuelas que provoque la caída de la economía.

Sobre la base de que el mantenimiento de la ortodoxia financiera en Europa (y en otras economías afines como EE UU y Japón) sería en la actual coyuntura el pasaporte directo para la quiebra, Gobiernos y organismos políticos supervisores deberían estar pensando ya en alternativas al gasto público para salir de la crisis. Porque no debe olvidarse que uno de problemas que plantea el abuso del gasto público reside en su prolongación en el tiempo ante el riesgo de que algunos Gobiernos se pudieran plantear y planear el acomodo de vivir a la sombra de la protección que ofrece el gasto público, una posibilidad que Alemania siempre se ha encargado de subrayar, entre otros, como un elemento de política perversa que algunos países podrían utilizar para prolongar la vida de un Gobierno.

Y con una Europa decidida  a aparcar la consolidación presupuestaria para evitar la ruina de los débiles, como España, Italia, Grecia y en parte también Francia, las autoridades alemanas no las tienen todas consigo y dudan del tiempo que puede durar ese retorno de las aguas a sus cauces porque desconfían de las actitudes de los Gobiernos más endeudados. Obviamente, en la medida de un mayor endeudamiento, mayores serán también las dificultades para el regreso a la consolidación presupuestaria. Aunque Alemania, por voz de su alto tribunal de Justicia, ya ha marcado el terreno y comunicado su opinión.

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