edición: 2865 , Viernes, 13 diciembre 2019
30/09/2019
Bruselas acepta la evidencia

España ya cuenta con el beneplácito de Europa para aplicar un plan de estímulos fiscales

Con la boca pequeña, las autoridades europeas aceptan un mayor gasto para paliar o retrasar la recesión. Aunque no todos los países cuentan con el mismo margen España sabe cuál es el suyo
Juan José González
El consenso parece estar extendido y orientado en la misma dirección: la caída de la actividad económica en la zona euro es evidente, lo confirman las cifras y provocan opiniones que coinciden en rebajar el crecimiento del PIB español, la única economía de la zona que marchaba viento en popa pero que, de repente, se ha visto frenada por los avatares de los últimos meses. Con esta premisa -freno de la actividad- de confirmación de la desaceleración, el Gobierno español se enfrenta al mismo escenario que el resto de las economías que no crecen, o que lo hacen por debajo del 2%. Sobre el papel, si el escenario general, en concreto, en Europa, es de precrisis, la actitud más habitual, la que dicta y recomienda el sentido común, es la de no gastar y controlar los recursos públicos. Claro que, la reflexión choca con la realidad a nada que el sentido común se enfrente con la realidad. Y la realidad, al menos la económica, muestra que su experiencia recomienda que en caso de crisis, o precrisis como sería el caso, lo mejor es gastar. Luego, cada Gobierno debe graduar y ajustar el gasto acordado al margen de sus posibilidades, margen que para España es muy limitado. Que en crisis hay que gastar tiene sus detractores, tantos como partidarios de lo contrario. Y el mensaje del Gobierno en funciones está orientado, claramente, hacia los partidarios de un mayor gasto público.
El último y más reciente mensaje que ha querido lanzar el Gobierno ha sido, precisamente, a través de la ministra de Economía, Nadia Calviño, avisando de un otoño incierto, inestable por tensiones en los mercados emergentes, especialmente en Argentina y Turquía, como también de la tensión comercial exterior y de Oriente Medio con el petróleo. Cuenta también como ingredientes de ese otoño incierto el Brexit, con su punto más crítico en la antesala de las elecciones. Y todo ello (no se menciona en el discurso económico) a la espera de los efectos económicos que pueda provocar la sentencia del `procés´, también a lo largo del mes de octubre.

Un discurso, un mensaje oficial, que el Ejecutivo necesita implantar en la opinión pública para justificar la necesidad de mayor gasto público. El relato económico que se conforma a partir de esos ingredientes, configuran, obligatoriamente, un estado de necesidad que justifica la adopción de medidas de gasto público, en número y en volumen económico. Los economistas suelen afirmar que en ocasiones como las que describen un estado complejo de la economía o unas perspectivas muy negativas, no queda otro remedio que aceptar la evidencia, y en este caso, la evidencia es la caída de la actividad.

La misma evidencia que ya han verificado los gobernantes alemanes y recetando una inyección de 55.000 millones de euros para que la actividad no decaiga más y se consiga salvar (o retrasar) una recesión. La alemana es la primera economía de la zona euro, representa cerca del 30% del PIB. Por lógica, el resto de las economías, los vagones que enganchan en la locomotora, no se quieren quedar atrás, deben invertir y gastar para no perder el enganche. En esta situación se encuentran Francia, Italia y España, más de la mitad del PIB de la misma zona euro.

En esa misma línea (alineadas con Alemania) parecen situarse las tres economías del sur, si bien con una diferencia importante: que no cuentan con margen para aplicar los estímulos de aquella, que tampoco cuentan con recursos ni situaciones de déficit que les facilitaría la aplicación de estímulos y que, por tanto, en esta coyuntura en la que también coinciden en definir se encuentran encadenados a otra evidencia, como es la de elevados déficit públicos y sus compromisos de buen comportamiento con el Banco Central Europeo. Quien más quien menos, uno y otro Gobierno, buscan alternativas para el gasto. A través  de subidas de impuestos. Pero en España el impuesto a la banca parece haber desaparecido del escenario por arte de magia, eliminado del documento de las 370 medidas. Aunque nunca se sabrá si el polémico impuesto habrá pasado a mejor vida o sólo aparcado por el momento mientras no se conozca el programa electoral para las generales del 10-N.

En todo caso, el Gobierno español ya difunde el relato sobre la necesidad de mayor gasto público no en la medida de aceptar la evidencia sino en la necesidad de lograr los objetivos económicos electorales. Y así será, se confirmará más gasto y mayor gasto según se confirme la profundidad de la caída de la actividad. Lo mejor de todo en este giro (de mayor gasto público) quién iba a decirlo, es la complacencia que van a recibir las políticas de gasto público de los tres países (además de Alemania) en los próximos meses por parte del BCE, más gasto que ahora tendrá la consideración de estímulo. Porque todo depende con el cristal con que se mire el problema.

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