edición: 2574 , Lunes, 15 octubre 2018
23/08/2010
OBSERVATORIO DE COYUNTURA

Europa emergente: Hungría, ¿el eslabón débil de la región?

SERVICIO DE ESTUDIOS DE 'LA CAIXA'

«Está claro que la economía está en una situación muy grave». Esta declaración, realizada el pasado 4 de junio por Péter Szijjártó, portavoz del Gobierno húngaro, junto con otras afirmaciones sobre la posibilidad de impago de la deuda soberana y las dudas sobre la veracidad de las cifras del sector público, sepultaron al florín en sus mínimos en un año, dispararon el riesgo-país en grado extremo, afectaron a la bolsa (de Budapest y de muchas plazas europeas) y debilitaron a la moneda única. En determinados circuitos financieros se empezó a percibir a Hungría como «la nueva Grecia». Se venía de unos días con los mercados financieros exhibiendo una confianza en el Gobierno un tanto mermada, ya que el primer ministro, Viktor Orbán, claro vencedor de las elecciones del pasado mes de abril, había sondeado infructuosamente a la Comisión Europea sobre la posibilidad de relajar el objetivo de déficit público para 2010 aprobado en el Programa de Estabilidad y Crecimiento, equivalente al 3,8% del PIB.

Tras el castigo financiero, y con los mercados cerrados, Mihály Varga, jefe de gabinete de Orbán y antiguo ministro de finanzas, afirmó el 5 de junio que los comentarios de días anteriores habían sido desafortunados y que el Gobierno mantendría su objetivo presupuestario. A lo largo de la semana, el Gobierno concretaría este compromiso fiscal. Las medidas finalmente anunciadas incluían la reducción del gasto público (fundamentalmente mediante una rebaja del sueldo de los funcionarios) y un aumento global de la fiscalidad (resultado de combinar un futuro tipo único del 16% sobre la renta de las personas físicas y la aplicación de una tasa temporal sobre la actividad bancaria). Desde entonces, la tendencia de fondo ha sido a revertir el fuerte deterioro de los primeros días de junio, si bien sin llegar a compensar plenamente el daño.

Al final, ¿todo fue una tormenta (financiera) en un vaso (político)? La respuesta es que no totalmente. Los datos de liquidación presupuestaria hasta abril indican que las previsiones de déficit público para 2010 (el anteriormente mencionado 3,8%) son a todas luces optimistas. El Gobierno, tras contabilizar una serie de gastos vinculados a empresas públicas y entidades locales, ha reconocido un déficit adicional del orden del 1% del PIB. Se trata de una cifra coherente, que en parte se daba por descontada. Así, por ejemplo, la propia Comisión Europea, en sus previsiones de primavera, manejaba una cifra del déficit público del 4,1%. Con todo, las medidas de ajuste adicional anunciadas por Viktor Orbán equivalen, según estimaciones del propio ejecutivo, a un 1%-1,5% del PIB. Ello permitiría absorber el déficit adicional ahora conocido.

Las cifras presupuestarias ofrecen, de hecho, más información relevante. De entrada, confirman que tras tres años (de 2007 a 2009) de estabilización de los gastos en el 50% del PIB, la presunción contenida en el Programa de Estabilidad de que podrán rebajarse en un punto adicional en 2010 y dos más en 2011 es poco verosímil. Pero, en sentido contrario, la evolución de los ingresos puede ser mejor de la prevista. Las cifras de actividad muestran una economía que se recupera dinámicamente de la fuerte recesión de 2009. En el primer trimestre, el PIB avanzó un 0,9% intertrimestral, en claro reflejo de una notable expansión. Los distintos indicadores del segundo trimestre tienden a ratificar que la actividad va a más, especialmente de la mano del buen comportamiento exportador. Ello va a permitir que, con toda probabilidad, el crecimiento en 2010 sea mejor de lo previsto y, con él, la recaudación fiscal. Todo esto en un contexto de deuda pública no excesiva, del orden del 80% del PIB, si se cumplen las previsiones para 2010 y 2011.

Vista esta situación, ¿existe un riesgo de financiación extremo? En nuestra opinión, no. Según las cifras disponibles, los vencimientos de deuda soberana en 2010 ascienden al equivalente de un 10,3% del PIB, lo que sumado a un déficit público que se podría situar en la zona del 5% del PIB arroja una necesidad de financiación pública en torno al 15% del PIB. Las previsiones gubernamentales manejan unas emisiones equivalentes al 12% del PIB, lo que implicaría que el desfase financiero sería del orden del 3% del PIB. Dado que Hungría tiene comprometida asistencia financiera internacional (Fondo Monetario Internacional y Unión Europea, fundamentalmente) por un montante equivalente al 6% del PIB en 2010, el margen de seguridad, de un 3% del PIB, debería ser suficiente para retener la confianza de los inversores.

Con estas cifras en la mano se puede argumentar convincentemente que Hungría no es Grecia. Más bien, Grecia puede ser Hungría si la economía helénica supera los escollos de los próximos años. No en vano, Hungría empezó a ajustar fuertemente su situación presupuestaria en 2006, ejercicio en el cual el déficit público ascendió al 9,3% del PIB. En un año dicho desequilibrio se situó en el 4,9%, para después caer en 2008 al 3,8%. Incluso en presencia de la peor recesión en prácticamente dos décadas, el déficit público sólo alcanzó el 4,0% en 2009.

En definitiva, el episodio húngaro es un recordatorio de lo difícil que es gestionar la comunicación política cuando los dos destinatarios principales de la misma, ciudadanía y mercados, se encuentran en estado de fuerte incertidumbre y elevada sensibilidad. Nunca es sencillo combinar la mentalización de la ciudadanía (objetivo que a veces requiere de elevar el tono a fin de resaltar los peligros de la inacción política) con la confianza de los inversores, siempre renuentes a cambios imprevistos de trayectoria y a anuncios estridentes que rompan esquemas anteriores. Los políticos húngaros tuvieron dificultades para lidiar con la comunicación, pero hay que reconocer que, tras errores de forma y de fondo, la situación se ha reconducido.

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