edición: 2327 , Viernes, 20 octubre 2017
28/01/2009

Europa no encuentra puntos de fuga para la pinza rusa del gas

La ‘guerra del gas’ ha marcado las urgencias, Gazprom dibujó la geometría. Lo justo para que la UE trate ahora de darle cuerda a sus alternativas energéticas. Pero el gasoducto Nabucco tiene tantos lastres como los atajos argelinos, la gatera libia, o la producción noruega. Caro -con unas facturas de al menos 4.600 millones de dólares que hasta ahora los Veintisiete no estaban dispuestos a pagar- tardío, abocado a sumar el gas de todos los países de Asia Central y Azerbaiyán y huérfano de alianzas. El diseño de sus arterias marca a fuego la geografía de los desencuentros europeos y el ascendente que aún mantiene Moscú. El pactismo de ENI, E.ON y GDF y el pragmatismo de Asia Central siguen dejando a la UE en manos del gas del Kremlin, que engrasa ahora la ‘pinza de precios’, antes de que pueda prosperar alguno de los tratamientos de choque contra la tenaza moscovita: el recurso al GNL, el aumento de la capacidad de stock de los Veintisiete, la diversificación de los proveedores, o la reducción de las infraestructuras terrestres.

El gigante ruso ha ahogado a E.ON, RWE, GDF-Suez y Eni con la misma alfombra roja con la que ellas le adornaron sus atajos comerciales y accionariales al corazón de Europa, pero no quieren empañar su dependencia, los acuerdos pendientes, ni el acceso- cada vez más difícil- a las reservas y los proyectos en tierras rusas. Bruselas hace humo, alimenta las prisas y ha sacado pecho en una Cumbre que no es más que el viaje a ninguna parte. Ucrania se hace valer y rogar-en tarifas y promesas- quiere que los Veintisiete paguen las facturas pendientes (Gazprom exige 800 millones de euros) y la modernización de su red de gasoductos. La UE está dispuesta a facilitarle el acceso al acuerdo energético comunitario, pero su ‘matrimonio de conveniencia’ sólo se consumará a cambio de la modernización del sistema nacional de gasoductos con los fondos-claro- de Bruselas.  La UE  ha buscado un atajo sahariano-nigeriano y promete acciones conjuntas ante la dependencia del gas. Pero le compra el 25% del gas que consume y ni en París, ni en Berlín, ni en Roma, ni siquiera en Londres quieren afearle la foto a la compañía rusa y menos aún poner en cuestión -o meter al congelador- las negociaciones para un nuevo acuerdo de asociación con Moscú, que retomaron los Veintisiete justo después del ataque ruso a Georgia. Ni siquiera aunque 16 países europeos -11 de ellos de la UE- se hayan visto afectados en plena ola de frío.

NABUCCO, TARDE Y SIN PADRINOS

EEUU promete garantizar la seguridad del gasoducto Nabucco. Todo con tal de acercar a Georgia a la OTAN y descolocarle al Kremlin el ajedrez euroasiático. Pero pagar, Washington  no paga.  Bruselas tampoco. Durao Barroso tantea a la posibilidad de que la UE emplee 5.000 millones de euros no utilizados del presupuesto comunitario para infraestructuras de interconexiones energéticas en la región báltica y el centro y el este de Europa. Eso es todo. Por ahora, una asignación prevista de 250 millones de euros sobrantes del presupuesto comunitario. Para decisiones más concretas habrá que esperar al menos a la Cumbre Europea del 7 de mayo.

Nabucco está diseñado para reducir la dependencia europea de Rusia pasando por Azerbaiyán, Georgia, Turquía, Bulgaria, Rumania, Hungría y Austria. No será antes de 2013, ni más de 21.000 metros cúbicos al año; en el mejor de los casos, el equivalente al 40 ó 50% del suministro europeo. Eso siempre que Bruselas consiga despejar sus ‘venas’ desde Turquía a Austria, aunar a las repúblicas bálticas y de Asia Central y arrancar su gas de los cantos de sirenas de Gazprom. Bruselas no descarta llamar incluso a las puertas de Irán, si consigue resolver sus diferencias políticas. Después del conflicto ruso-ucranio que las dejó sin gas, Bulgaria y Turquía han visto la luz de las bondades del Nabucco. Turkmenistán, el tercer país centroasiático en riqueza gasista, ha sido el único en aceptar unirse al proyecto. Azerbaiyán no ha decidido si participará como país de tránsito o como proveedor de hidrocarburos y en Irak, el Gobierno se lo piensa. Pero ni Kazajstán ni Uzbekistán están por la labor. Todo lo contrario: el presidente ruso, Dimitri Medvédev, se puso de acuerdo con Islam Karímov para comprarle todo su gas.

El Kremlin mueve sus fichas al calor de la influencia política y de las golosinas económicas: Rusia y Kazajstán negocian la creación de un fondo de desarrollo regional en el marco de la Comunidad Económica Eurasiática (CEEA).  Gazprom ha aceptado sacrificar una parte de sus beneficios para afianzarse en el Asia Central, lo ha hecho con Uzbekistán y lo cocina con Kazajstán y Turkmenistán, aún a costa de tener que reemplazar los precios acordados en contratos a largo plazo, asumir tarifas el doble de caras que hace un año para Moscú y saltar la línea roja de la rentabilidad, al menos durante 2009. Alexandr Medvédev, el número dos de Gazprom ha comenzado su ruta europea dispuesto a pescar en la neutralidad de doble cara húngara.

Moscú ya ha comenzado la construcción de Nord Stream, gasoducto que debe pasar por el fondo del Báltico y llevar el combustible ruso directamente a Alemania. Hungría apoya el gasoducto, pero reconoce que necesita diversificar los lazos de su energía. Grecia mira a Bruselas pero no deja de impulsar lo 1.500 millones de euros para la construcción del gasoducto Burgas-Alexandroupolis, a cuatro manos con Bulgaria, pero con las riendas y la mayoría accionarial en manos rusas. Eni se hace querer con la alfombra roja a un gasoducto a cuatro manos con el que Gazprom se asegurará que su gas corra por el sur de Europa.  La italiana, por la gracia de la sintonía entre Berlusconi y Putin y el 30% de la mano estatal, es propietaria del 89% del gasoducto TAG desde Rusia y la ficha europea con la que Gazprom extenderá el South Stream. Y con el 70% del gas mundial en la mano, la ‘troika’ del gas le garantiza aún más la llave para cortarle el oxígeno -o al menos ponérselo caro- al Gasoducto Nabucco. Gazprom negocia además aliarse con la argelina Sonatrach para construir a cuatro manos el gasoducto transahariano que conectará Nigeria con el Mediterráneo, llamado a transportar 25.000 millones de metros cúbicos desde 2015, en concreto para repotenciar el acuerdo que Sonatrach firmó en 2002 con la nigeriana NNPC, para construir la mayor parte de los 4.200 kilómetros, que transcurren por el país centroafricano.

EUROPA, SIN ALTERNATIVAS

Las batallas del gas están formalmente acabadas con Gazprom, pero la guerra no ha hecho más que comenzar. Ni rastro de sanciones o la cuarentena para los acuerdos pendientes con Rusia. Europa tiene aún los pies fríos, la cabeza caliente y los precios y las rutas para su gas aparcados otra vez en el limbo ruso. Tras la ‘guerra del gas’, Gazprom recogió las redes de la confrontación y con ellas sus trofeos: los observadores propios, el cuestionamiento a Ucrania, los precios más cercanos a los del mercado europeo y la potenciación de la vía Bielorrusa. El Kremlin ha ganado ya la escaramuza del frío y la del miedo: deja que Europa chapotee en la celebración del retorno del gas antes de mostrarle de nuevo el mismo punto de partida. Medvedev y Putin le han recordado a los Veintisiete la vulnerabilidad de sus murallas por el camino de la asfixia ucraniana. Lo advierte, negro sobre blanco, el diario paraestatal Vedomosti: si los europeos no encuentran una alternativa al gas ruso, el conflicto se hará eterno. Ni la ‘cláusula Gazprom’ -aprobada a pesar del desencuentro entre los Veintisiete- ni la mano tendida de Merkel, Sarkozy y Berlusconi y los acuerdos recién firmados dan para mucho más que la servidumbre. Y los atajos centroeuropeos, magrebíes y asiáticos le han demostrado a Moscú que todos los caminos rusos del gas conducen a Europa. Sobre todo ahora que GDF-Suez, E.ON y ENI siguen dispuestos a ser sus introductores de embajadores.

La Unión Europa ha estrenado la primera experiencia de asociación entre la UE y un país de la orilla sur del Mediterráneo con una donación a Marruecos de 76,66 millones de euros para del programa de reforma del sector energético. Pero propuestas como la del puerto belga de Zeebruges, que asegura ser capaz de aprovisonar Bélgica y Europa Occidental con Gas Natural Licuado (GNL) son aún un espejismo. StatoilHydro es la primera en reconocer que Noruega, segundo exportador de gas a la Unión Europea (UE), carece de capacidad para aumentar su producción y compensar los zarpazos de Gazprom. Tampoco para ir mucho a medio plazo más lejos del 17% del gas de la UE (un 30% en Alemania, Francia y Gran Bretaña): tanto la larga duración de los contratos de suministro como las limitaciones de la capacidad impiden un incremento sustancial de la producción. Lo sabe RWE, que ha tenido que recurrir a Noruega para hacer frente a una caída del 5% de su suministro. Y París: no es casualidad que un Nicolas Sarkozy recién  defenestrado del trono europeo se apreste a ser embajador de buena voluntad con Moscú y Alexei Miller. Todo con tal de que sus promesas en las narices de GDF-Suez no se cumplan. Al menos no tan pronto.

Todos los países de Europa centromeridional han firmado acuerdos bilaterales con Rusia sobre suministro energético. Gazprom tiene en sus manos la principal arteria gasista de Europa, los 1.200 km del Nord Stream, la llave de su tranquilidad en cinco países y el 51% del accionariado de una tubería llamada llamado a cubrir hacia 2015 hasta el 25% de las necesidades de la Unión en las importaciones adicionales del gas natural, por mucho que el Parlamento Europeo y los países bálticos se opongan a su avance. Y, si nadie lo impide, también ejerce la pinza con la que cortar el bypass de Nabucco.

LA POSTGUERRA DEL GAS

Ahora que despeja la batalla del suministro, son las tarifas y las vías de distribución lo que está en cuestión. Las necesita para compensar que Gazprom perdió el 74% de su valor y bajó de tercer a undécimo lugar en el mundo en el último año. Hoy sólo cuenta con reservas para cubrir su demanda interna hasta 2010 y los inversores internacionales han comenzado a deshacer posiciones en los ADR de la compañía, a la luz de su  elevada deuda y su dependencia de las decisiones de Vladimir Putin. El vicepresidente de Gazprom, Alexander Medvédev, calcula que los países miembros de la UE tendrán que pagar el próximo año entre 260 y 300 dólares por cada mil metros cúbicos del gas ruso. Con la deuda pisándole los talones, el presidente de Gazprom ha comenzado una gira por la UE para cosechar los resultados de su campaña de miedo, en precios, acuerdos y promesas de consumo.

Quiere ser el  grupo de referencia gasista de Francia. Y el de Italia, Austria y Bulgaria. Para empezar, promete triplicar su distribución en suelo galo para hacerla pasar de 1,5 a 3 millones de metros cúbicos en cinco años.  Gracias al canje de acciones recién sellado con E.ON atesora ya en sus manos la participación del 49% que E.ON Ruhrgas -su principal accionista extranjero- tiene en la compañía rusa ZAO Georoosgaz. Moscú, con la ampliación de su alianza con E.ON, avanza en el proyecto de gaseoducto submarino báltico, a pesar de las críticas de Polonia y Suecia. Acaba de anunciar la formación de una empresa conjunta con las italianas A2A e Iride para el suministro del gas natural a Italia entre 2008 y 2022. Si Total tiene en cuenta nuevos proyectos será con Gazprom, con la que ya comparte trabajo en el campo de Shtokman, en el Ártico. Enel produce ya el 5% de toda la electricidad que se genera en Rusia y está decidida a que lo que ha unido Serve  no lo separe nadie. Alemania -con un volumen de intercambio anual de 50.000 millones de euros con Moscú-, le ha reabierto las puertas con la oposición franco-germana a la segregación de las energéticas y le tiende la alfombra roja a la arteria de su penetración en la Vieja Europa.

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