edición: 2724 , Viernes, 24 mayo 2019
26/01/2017
Sin Reino Unido

Europa se autoanaliza, se reinventará con menos normas y menos impuestos

En la antesala de una mudanza tras los últimos sucesos, se presenta el fin de la austeridad con nuevos competidores a la vista
Juan José González
Los europeos comienzan a familiarizarse con el ritmo de la firma diaria de decretos que marca la Casa Blanca, al mismo tiempo que se acomodan sus Gobiernos a los avatares puntuales del Brexit. Uno y otro puntos geopolíticos, centros de poder económicos mundiales y referencias para Europa, convierten el presente en un tiempo provisional y condicionan en gran medida el futuro. En el presente se encuentra la estabilidad de la unión monetaria, la moneda única, la divisa que rige la actividad económica y financiera del continente. Y en el futuro se juega su futuro, mezcla o combinación de intenciones políticas de expansión económica, de incremento de gastos y, en definitiva, una corriente de cambios que a corto y medio plazo se presentan como la mejor respuesta, la más razonable para encarar las que se perciben como principales amenazas políticas y económicas de Europa: el proteccionismo de EE UU y la salida de Reino Unido de la Unión Europea. Ambos se convierten en el nuevo escenario en competidores comerciales, lo que conlleva consecuencias financieras.
Como nuevos competidores, Reino Unido se presenta como un mercado distinto, diferente al que hasta hace poco tiempo, coordinaba muchas de sus normas y actuaciones financieras con el continente, con la Unión Europea. Un tiempo que desde el 24 de junio pasado, cuando el resultado del referéndum dio el triunfo a la opción de salida, la divisa británica ha llevado una vida aparte, autónoma, a la deriva, en permanente convulsión. Los vaivenes de la libra, al ritmo de los avatares políticos, dibujan desde entonces un escenario confuso en la relación entre Reino Unido y Europa y el nuevo rumbo marcado en EE UU, su viejo aliado. La libra, por tanto, se presenta ahora como la avanzadilla o la punta de lanza de un país que se adhiere a un nuevo ciclo económico, como es el norteamericano, a tenor de las primeras decisiones de Trump.

Por tanto, por si aún quedaba alguna duda desde el Brexit, Reino Unido es ahora una divisa diferente, un país distinto, un competidor económico y financiero, desligado y, con el paso del tiempo, más alejado de la Eurozona. En esta nueva posición, podría decirse que Reino Unido, tras el Brexit se encuentra en una posición similar a un país `emergente´, fruto de una nueva andadura, más independiente y al margen de la Eurozona. Una posición que resulta muy relevante a la hora de seleccionar inversiones, empresas y negocios. Como nuevo marco económico que es, Reino Unido, seguramente se volcará a partir de los próximos meses a reordenar su regulación, especialmente, la fiscal, para convertirse en un mercado, en una economía, más atractiva, para captar capital y negocios. Y de la misma forma, evitar el éxodo de inversores, empresas financieras y demás.

Así las cosas, habría que pensar que, si a los nuevos vientos que llegan del otro lado del Atlántico y la baja británica en Europa, por un lado, se suman los procesos electorales de Italia, Francia y Alemania (por orden de convocatoria) la oportunidad de cambio en el continente europeo (ya sin Reino Unido) se presenta como la gran oportunidad para resolver varios problemas de un sólo golpe. Y el primero es, precisamente, reforzar, reformar y rehabilitar la moneda común, el euro. En otras palabras, el escenario de cambio originado por Brexit y Trump, se presenta como una oportunidad para poner en marcha un nuevo proyecto, no solamente político, sino también social y económico.

La posibilidad de nuevo proyecto europeo es, por otro lado, más urgente que en anteriores situaciones, dado que ahora la amenaza de algunas fuerzas radicales y populistas cuentan con claras opciones de aumento de representación parlamentaria e, incluso, de alcanzar el Gobierno en algún país de peso en la Eurozona. Un riesgo político que debería quedar al margen en ese nuevo proyecto de Europa, y para lo que sería indispensable un cambio radical capaz de impulsar a la economía mediante inversiones públicas y privadas. Y no parece que se trata de una opción, como en repetidas ocasiones se ha presentado desde el Banco Central Europeo, sino de una obligación: dejar a un lado, por agotamiento, el modelo de austeridad impuesto por Alemania, si bien, sin abandonar algunas de las enseñanzas que ha proporcionado ese modelo.

En el nuevo escenario macro y microeconómico, habrá que tener en cuenta los cambios de dimensión que experimentará el nuevo mercado global. Un nuevo dibujo influido por una posible guerra comercial, donde Asia, Europa y Norteamérica (con el aliado Reino Unido y ya `competidor´ de Europa) jugarán sin coordinación ni acuerdos sus propias cartas. Y no sería mal momento para que la Unión Europea revisara, con mirada autocrítica, si la superabundancia regulatoria o los excesos impositivos han tenido poco, algo o mucho que ver con el abandono de miles de iniciativas privadas, la marcha de un socio, el riesgo de salida de otros y el desencanto del resto.

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