edición: 2600 , Miércoles, 21 noviembre 2018
05/11/2009

Europa sigue digiriendo las consecuencias de la unificación de Alemania

Rusia, con ó sin Putin, continúa provocando una enorme desconfianza

Pedro González
Ni al corpulento canciller Helmut Kohl ni al líder soviético Mijail Gorbachov se les pasó por la cabeza en 1987 que la historia se volvería incontrolable y se les adelantaría a toda velocidad. Al término de la visita que el segundo giraba en esa fecha a la República Federal, a la pregunta de ¿para cuándo la reunificación alemana?, ambos contestaron al unísono que esa cuestión la resolvería el siglo XXI. No pasarían siquiera dos años cuando Helmut Kohl visitaba Varsovia y le transmitían la noticia de que el Muro de Berlín presentaba un boquete por el que riadas de germanos orientales salían en torrente hacia el lado occidental. El canciller volvería a toda prisa para reanudar la gira apenas dos días más tarde, subrayando así la vital importancia que acordaba a aquella visita al país cuya invasión por las tropas alemanas iniciarían la Segunda Guerra Mundial al comenzar septiembre de 1939.

La reanudación de la visita de Kohl a Polonia alteró la agenda, de modo que el canciller, con una visión de estadista que agigantó más aún su imponente figura, decidió acelerar el progresivo proceso de reconciliación de ambos pueblos. La caída del Muro constituía sin duda el final de la Guerra Fría, el triunfo del sistema de valores occidental-capitalista sobre el totalitarismo comunista, y suponía también el punto de partida para la unificación alemana. Tan así lo vio Kohl que aseguró a los gobernantes de Polonia que “las fronteras germano-polacas surgidas al término de la guerra eran intocables”.

En los veinte años transcurridos ha cambiado mucho no obstante el mapa geopolítico de Europa. Alemania dejó de ser el gigante económico pero enano político encargado de suministrar fondos a todos sus socios comunitarios sin demasiada capacidad para rechistar. La ingente cantidad de marcos que hubo de destinar a la asimilación de una Alemania Oriental cuya supuesta superioridad en diversos sectores científicos resultó ser tan falsa como el pretendido cuidado del medio ambiente en el mundo comunista, supusieron un cambio draconiano en el destino de muchos de aquellos fondos.

Por otra parte, tanto la alianza militar occidental, la OTAN, como la Unión Europea, procedieron a una tan rápida incorporación a sus filas de las antiguas repúblicas populares sojuzgadas por Moscú, que el proceso ha sido y es todavía de difícil deglución, tanto que provoca no pocas fricciones por las diferentes, y a menudo opuestas, visiones del mundo que tienen los miembros más veteranos de la UE y los de más reciente incorporación.

En todo ese devenir histórico próximo pasado lo que sí resulta una constante es la desconfianza de la Europa de la UE hacia Rusia, a quién no parece considerarse como un socio al que tratar en pie de igualdad. Cierto es que no resulta fácil convencer a los países del Este de que la prosperidad y la misma seguridad de Europa estarían mejor garantizadas con una Rusia tratada en pie de igualdad. Que ésta no fuera vencida en el terreno militar no altera la realidad de su derrota y desmembramiento, gestionados con algunas luces y muchas sombras por Boris Yeltsin.

Después Vladímir Putin y el actual presidente Dmitri Medvedev han acometido una colosal tarea de reconstrucción con ánimo de demostrar que el país no puede ser considerado como una mera fuente de materias primas para un Occidente mucho más desarrollado. Que esa política exhiba algunos excesos y no pocos errores no empaña el objetivo principal que es el de volver a convertirse en un actor principal para el equilibrio internacional. Alcanzar esa meta mediante la cooperación en vez de a través de la amenaza de destrucción mutua redundará en beneficio de todos los europeos, tanto los del Oeste como los del Este, incluidos los rusos que, a pesar de todo, también lo son.

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