edición: 2362 , Martes, 12 diciembre 2017
17/10/2008

Evo Morales pone a Repsol al límite del aguante en Bolivia

Ana Zarzuela

Ultima un matrimonio a la fuerza con Antonio Brufau. En su momento, La Paz selló con él un compromiso con la petrolera Andina -responsable del 40% del gas natural- como alianza dorada. Pero Morales quiere más que un vínculo que deja sólo en manos de la española un 48,92% del paquete accionarial; obliga a Brufau a compartir la gestión con los enviados de Palacio, a entregar el timón y conformarse con dos consejeros de siete. Repsol está condenado a vestir los ensueños de Morales en su triple condición: como socio forzoso del Estado, como inversor a la fuerza con 900 millones de dólares para el Plan 100, como productora en los megacampos de Margarita  y Huacaya y como puente de emergencia a las necesidades gasistas de Argentina y Brasil. Repsol ha sido durante dos años el aliado paciente, capaz de aguantar denuncias, subidas impositivas y amenazas. Acepta su rol de socia minoritaria, pero -aviso para navegantes- exige al Estado que, lejos de los tics de YPFB, se enfunde su traje de accionista mayoritario para que la compañía continúe operando, reinvirtiendo y distribuyendo las ganancias. El ‘matrimonio’, de conveniencia y con el juez de guardia, puede acabar en divorcio si a la petrolera le estrecha más el cerco.

Repsol ha sido durante dos años el aliado paciente, capaz de aguantar denuncias, subidas impositivas y amenazas. Acepta su rol de socia minoritaria, pero -aviso para navegantes- exige al Estado que, lejos de los tics de YPFB, se enfunde su traje de accionista mayoritario para que la compañía continúe operando, reinvirtiendo y distribuyendo las ganancias. El ‘matrimonio’, de conveniencia y con el juez de guardia, puede acabar en divorcio si a la petrolera le estrecha más el cerco.

Repsol YPF prometió no irse de ningún país de la región. No, al menos en tanto los bolivarianos no se lo dejen imposible con nacionalizaciones y arremetidas fiscales. Pero Rafael Correa y Evo Morales le están poniendo la cintura a prueba. Tanto como para acelerar la diversificación regional, un puente de plata para que la petrolera, por la vía de la desinversión en YPF, así como en otros activos del continente latinoamericano, vaya reduciendo su posicionamiento en este área de riesgo, diversifique  inversiones por toda Latinoamérica y pesque en las aguas de los yacimientos de Brasil, Camisea y la posible reforma de la mexicana PEMEX, que prometen darle más alegrías y sobre todo, más reservas, a la  vista del mercado global, en el que la fortaleza del músculo de las refinerías- cada vez más caras e inasequibles para los recién llegados- y la experiencia en aguas profundas marcan las diferencias.

LA LÁMPARA DE ALADINO

Bolivia tiene desde hace meses la producción estancada en 40 millones de metros cúbicos diarios de gas, un horizonte insuficiente para abastecer los 32 millones que requiere Brasil, los 7,7 de Argentina y  los seis millones de demanda interna. Se ha convertido en el capitán del triángulo de las Bermudas energético, pero Morales trata de seguir frotando la lámpara de Aladino de la segunda reserva de gas del continente ( 48,7 billones de pies cúbicos según una certificación ya caduca de 2005) y se ha sacado de la chistera bolivariana su ‘Plan 100’, un ensueño con el que espera nada menos que duplicar en cuatro años sus actuales reservas de gas. El boliviano intenta que las facturas de sus sueños energéticos corran a cargo de las multinacionales, con Repsol YPF en cabeza. Insiste en sentarse a una mesa que le queda grande, con el traje prestado de superpotencia del gas latinoamericano, inasequible al barómetro de la producción en caída libre desde que inició la nacionalización de los hidrocarburos. Pero su banquete se estrenará, si llega, con la estatal YPFB como ariete y las multinacionales como rehenes, forzadas a bailar el paso a dos con ella y con el cubierto pagado con los 2.500 millones de dólares de inversiones que les ha exigido a cambio de su permanencia.

La ecuación parece sencilla, tal como la ha venido aplicando el presidente del jersey a rayas, que desde el 1 de mayo de 2006 no dudó en acusar de acaparamiento y gestión fraudulenta a las multinacionales. Brufau lo sabe bien. Si no le gustan las condiciones de los contratos con las compañías, se rompen. Si estorban, se les “nacionalizan” sus acciones y se transfieren al Estado, aunque su participación sea mayoritaria. Si, vapuleadas por las condiciones, buscan la protección del derecho internacional y acuden al Centro Internacional de Arreglo de Diferencias e Inversiones del Banco Mundial, para la Paz basta con negar la mayor y no reconocer al árbitro.

Bolivia entona el himno de la dependencia. Amistosa, con Venezuela y Argentina. Forzosa, con las multinacionales. Olvida que invirtieron más de 4.600 millones de dólares en la búsqueda de hidrocarburos y lograron multiplicar por nueve las reservas conocidas, lo que convirtió al país en el segundo productor de gas del continente. Pero hoy las multinacionales, ante la inseguridad jurídica, la merma de los beneficios y el incremento del riesgo de la tasa de retorno, han procurado estancar las inversiones en niveles mínimos para sostener la producción, a pesar de las presiones de Morales, que ha renegociado los contratos con el manta del chantaje y las inversiones forzosas por bandera.

Paradojas del credo bolivariano, el líder andino manotea su soledad en las espaldas de las multinacionales. Condenadas a ser protagonistas del mito de Sísifo de sus descalabros petroleros, perpetúan la rueda de los desequilibrios: las empresas privadas y YPFB tienen previsto invertir este año al menos 1.266 millones de dólares, de los que más de 200 millones los aportará el Estado y unos 876 millones las mutinacionales. Pero, si en una mano llevan el peaje, en la otra, no dejan de empuñar el salvavidas de sus recursos ante el CIADI.

Pero por ahora, todos los caminos en el cono Sur conducen para Repsol a La Paz. Incluso los de Brasilia y Buenos Aires. Tampoco en la Casa Rosada derrochan entusiasmo por el Plan 100 de Morales, que pasa, entre otras cosas, por trata de dejar, sin éxito, en el tejado argentino la responsabilidad del Gasoducto y la mayor parte de su financiación -1.200 de los 1.300 km-, la factura del desabastecimiento, la culpa de los pagos a destiempo, e incluso la financiación de una planta separadora básicamente para etanol y metanol en el Chaco boliviano. La Casa Rosada confía, sin embargo, en las multinacionales que trabajan en el mercado argentino y son capaces de tener un pie en Bolivia: Repsol YPF, Petrobras y Total. Al menos,  el anexo al contrato bilateral apunta a un acuerdo tripartito entre las dos operadoras estatales, Repsol, Petrobras, Total, Andina, Chaco y BG, donde ellos tengan garantía de pago y a su vez garanticen la entrega.

REPSOL, EN EL TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS

Repsol y las otras trasnacionales pueden quedar atrapadas en el triángulo regional de las Bermudas energéticas: Cristina Fernández aprieta con los impuestos a la exportación, a pesar de que ha sacado las tarifas en el congelador. Evo Morales insiste en ejecutar los sones de su nacionalización fallida, Correa no gana para amenazas. Se ha tomado a pecho la militarización de su gigante Petroecuador. Y espera aumentar su producción de petróleo del 1% al 2%. Quiere brillar sus galones en las espaldas de Morales y los Kirchner y las multinacionales pagarán el peaje. El gobierno ecuatoriano invertirá este año 700 millones de dólares en la compañía estatal, pero espera 100 millones de dólares más que eso de manos de las compañías internacionales. El presidente ecuatoriano no acaba de encontrar el techo a sus deseos. Quiere cambiar los actuales convenios de participación por unos de prestación de servicios, en los que el Estado se quedará con todo el petróleo y sólo  reconocerá los gastos de operación y un margen de utilidad a compañías. Quito pasa del invierten o puerta, al producen -el doble- o puerta. Ecuador quiere sentarse a la mesa de los grandes productores y ahora que en la OPEP le han abierto la puerra no duda en cobrarle el cubierto a las multinacionales, uno demasiado caro para las arcas de Petroecuador y el cielo de su producción. Repsol le coge el guante, pero, por si acaso, no descuida su plan B.

A Brufau le queda Perú y la samba carioca. Planea trasladar su sede andina de Quito a Lima y se centra ahora en un proyecto en Perú, que licuará 4.45 millones de toneladas anuales de gas proveniente de Camisea y venderá todo el gas resultante de GNL a Repsol para su exportación. La hispano-argentina busca reforzar sus ‘planes B’ para minimizar, en otras tierras, el efecto de los arrebatos del Palacio de Carondelet: la más importante petrolera privada de Latinoamérica en activos, reforzada tras la argentinización de YPF y el fortalecimiento de sus reservas en Brasil (donde es la segunda petrolera por dominio minero exploratorio fuera de la costa, sólo superada por Petrobrás).

Se baila tranquila. Pero la samba de Repsol YPF va; con el inicio de su campaña de perforación en la Cuenca de Santos, Antonio Brufau arrima el ascua a la sardina de Lula y Gabrielli, que no ahorran galones ni ensueños energéticos, ahora que Irán se empeña en abrirles las puertas de la OPEP. Los trabajos comenzarán en el pozo Panoramix, situado a 190 kilómetros de la costa y a una profundidad de 170 metros, y continuarán en el Vampira, a 180 kilómetros de la costa y 140 metros de profundidad. Pero la fiebre brasileña tiene sus límites. Las empresas internacionales quieren encontrar más reservas de rápido desarrollo, y mientras ocurran hallazgos de este tipo puede retrasarse el desarrollo de las áreas encontradas en Brasil.

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