edición: 2327 , Viernes, 20 octubre 2017
12/02/2010
La presidencia del BCE será el dividendo de Alemania tras el rescate de Grecia

Francia quiere presidir el futuro Tesoro Único Europeo

El Gobierno español valoró los beneficios de una salida temporal de la disciplina del euro
Juan José González

Resulta asombrosa la similitud existente entre la vida y avatares que rodearon en su día a Santa Bárbara, con la coyuntura económica griega de las últimas jornadas. La Santa, asociada tradicionalmente al rayo –que fulminó a su padre, minutos después de sacrificarla- pertenece al grupo de los 14 santos protectores, y es la número uno en invocaciones cuando de catástrofes se trata. En este juego de analogías, resulta que se puso por medio la peseta versus el euro, y la permanencia en la Unión, tras lo cual, numerosos columnistas y expertos del mercado dieron rienda suelta a sus reflexiones. Sin perder de vista que se trata de la patrona de los bomberos, algo que debe imponer mucho respeto, el asunto que parece arrasar en algunas instancias de la Administración española, tiene que ver con la oportunidad de aprovechar la situación creada a partir de Grecia, para abandonar la disciplina del euro. De ahí también, la añoranza de la peseta cuando el fuego invade los terrenos del euro.

Se desconoce si jurídicamente sería posible abandonar el carro monetario sin salirse de la carretera. O lo que es lo mismo, existe alguna duda acerca de si el Tratado de Lisboa -paradojas de la historia, que ahora le toca desarrollar (sólo en este semestre) al Ejecutivo español- recoge tal posibilidad coyuntural. Pero, en caso de que ese impulso al abandono fuera permitido por el texto, nadie se atreve a aventurar el coste de ese período transitorio de dos años que sí marca, claramente, el Tratado. Si costosa sería la deserción de España de la Unión Europea, por la vía de la moneda, resultaría imposible calcular, en medio de tanto caos, los problemas jurídicos que conllevaría, por ejemplo, la ‘redenominación’ de deudas y activos internacionales, pudiendo llegar a una situación en la que estos activos podrían, incluso, no ser reconocidos.

Parece que hay consenso suficiente entre la mayoría de los miembros de la UE, en que la salida del euro no haría más que complicar de forma absurda la situación actual, particularmente a los países más débiles en este momento, como España, Portugal y no digamos Grecia, que únicamente estarían en condiciones de aprovechar algunos beneficios económicos de corto recorrido. Son precisamente estos beneficios los que ante las dudas del presidente español, fueron valorados por el equipo económico del Gobierno, por si acaso, una interrupción coyuntural de la disciplina del euro pudiera significar un aumento de los salarios reales y de los tipos de interés, así como para  aprovechar las ventajas de una moneda más débil para pagar un montón de deudas pendientes.

Bajarse del tren europeo no parece que este justificado desde ninguna vertiente. Otros Gobiernos con economías en dificultades, hace tan sólo dos años, rechazaron esa vía como solución a los problemas ante la imposibilidad de pagar sus deudas: un país, bien puede anunciar una suspensión de pagos, en tanto no pueda hacer frente a la deuda, la renegocia y -con el consiguiente coste- regresa al punto de partida. Ayer, un experto hacía referencia a los problemas de impago, bancarrota o quiebra que sufrió California, un Estado de la Unión norteamericana, EE UU. Recordar que en aquel caso –no tan lejano- ni California tuvo que salirse del dólar ni debió abandonar la Unión.

Entre ayer y hoy, los socios europeos afilan y perfilan medidas e instrumentos para inyectar confianza –que no dinero- en el depauperado miembro heleno, antes de que la anemia acabe por derribar a una economía que podría provocar un peligroso efecto dominó. Y mientras se aplica la medicina y la terapia adecuadas a la enfermedad, algún órgano en Bruselas deberá estar pensando en el día después, cuando Alemania en mayor medida y Francia en menor medida, sean los guardianes de la política económica y financiera de Grecia. Alemania y Francia se convertirán tras el ‘rescate’ en el eje de la Unión, pero también, al mismo tiempo, se habrán nominado como los garantes de la estabilidad de este país ‘intervenido’, y a medio plazo también del resto de la Unión. Será posiblemente uno de los dividendos que aspiren a cobrar los dos políticos que mejor han leído la jugada, Merkel y Sarkozy.

Después de la tormenta, cuando los problemas de default en la Unión hayan remitido, cómo y quién, a la vista del nuevo escenario político de ‘supervivientes’, va a impulsar las reformas y una nueva disciplina desde el Banco Central Europeo. Este puede ser el preciado botín –y segundo dividendo- ejercer todo el poder de la nueva Unión Europea tras la ‘limpieza’ del campo de batalla europeo. Por ese sillón, que ahora ocupa Jean Claude Trichet, pugnan ahora mismo Alemania y Francia que, tras el movimiento de pilotar el rescate de Grecia, es difícil que otro miembro de la UE les vaya a discutir. Ni Alemania ni Francia se quieren perder la nueva etapa de integración fiscal de Europa, ni mucho menos la puesta en marcha de dos nuevas instituciones económicas: el ministerio Financiero de Europa y el Tesoro Único Europeo. Y en ese caso, a los países del sur, a los PIIGS, les puede resultar más beneficioso invocar, de nuevo, a Santa Bárbara, a menos que un rayo parta a Alemania y a Francia.

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