edición: 2361 , Lunes, 11 diciembre 2017
07/04/2011

Francia “recupera” su ex colonia marfileña

Pedro González
Medio siglo después de la independización de las colonias africanas Francia no renuncia a mantenerse como la metrópolis de referencia, y no admite de buen grado veleidades que quieran cambiar ese estado de cosas. Sus relaciones con el recalcitrante ex presidente  de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo, se deterioraron tan pronto como éste viera en China la alternativa a la tutela política, pero sobre todo económica, francesa, y comenzara a encargar a Pekín los mejores proyectos y a adjudicarle los más sustanciosos contratos. Ahora el presidente francés Nicolas Sarkozy confía en que Alassane Ouattara, vencedor en las últimas elecciones, casado con una francesa, a través de la cual comparte negocios con el poderoso grupo Bouygues, sabrá agradecerle el decisivo apoyo del Elíseo para concluir la guerra civil siquiera provisionalmente,  y situarle en la jefatura del Estado del primer productor del mundo de cacao.

Gbagbo no se fía en absoluto de Europa en general y de Francia en particular. Su férrea resistencia a firmar no sólo la rendición ante los bombardeos de la ONU y las tropas de la fuerza de intervención francesa Licorne, sino también el reconocimiento definitivo de la victoria de su rival, es fruto de la experiencia en cabeza ajena. Teme acabar como el ex presidente de la vecina Liberia, Charles Taylor, que se rindió y se exilió en Nigeria tras firmar su rendición, y ahora se enfrenta en La Haya a las acusaciones de crímenes de guerra y contra la humanidad. Por supuesto, entre Taylor y Gbagbo no hay muchas similitudes, especialmente en cuanto a cantidad de víctimas, pero el ex presidente marfileño sabe que sus leales han cometido excesos suficientes como para sentarle en el banquillo si uno de los grandes –y así sigue considerando y temiendo a Francia- se lo propone. Más cercano en el tiempo tiene también el ejemplo libio, donde todos, absolutamente todos los países europeos que hoy bombardean Libia y abominan de Muammar El Gadafi buscaron durante décadas sus favores, consintieron sus excentricidades e incluso echaron pelillos a la mar ante su inequívoco patrocinio y respaldo al terrorismo internacional.

Costa de Marfil, “la Suiza africana” tanto en los últimos años como colonia francesa como en los primeros del mandato del padre de la independencia, Houphouët-Boigny, es sin embargo un país roto desde las confrontaciones de los años noventa y los subsiguientes golpes de Estado de 1999 y 2002. El país estaba escindido de hecho en dos mitades: la del norte, con mayoría musulmana, fruto de la inmigración de trabajadores para las plantaciones de cacao procedentes de Mali y Burkina Faso, y la meridional, fiel a su tradición cristiana, encabezada por élites formadas en universidades europeas, incluidas las españolas. En su decenio de poder Gbagbo mantuvo en la costera Abiyán la capitalidad económica pero dotó a Yamusukro de todos los atributos administrativos para proyectarse al resto del país. Su símbolo principal es su gigantesca catedral, calcada del Vaticano, aunque con dos metros menos de longitud y uno de altura, por aquello de preservar la jerarquía.

Como en muchos otros lugares de África, las alteraciones demográficas son en buena medida la causa de los enfrentamientos civiles. Sobre 21 millones de marfileños, los musulmanes del norte (38,6%) rebasan ya ampliamente a los cristianos del sur (32,8%), pero éstos mantienen los resortes de un poder económico que aquellos les discuten.

Con este panorama, la reconstrucción del país que Francia pide ahora al presidente electo Alassane Ouattara, no se reducirá meramente a reponer en servicio las muchas infraestructuras destruidas sino que habrá de intentar restablecer el sentido nacional de país, instaurado por Houphouët-Boigny, y pulverizado por el largo conflicto civil larvado de estas dos últimas décadas.

Antes de acometer esa tarea, la primera será la de elaborar un balance fiable de las atrocidades cometidas en estos cuatro meses, que además de la frialdad de las cifras de víctimas establecerá las causas de las nuevas heridas abiertas en el mosaico de la sociedad marfileña, y en el que no es un detalle menor que un tercio de esa población sea de origen extranjero, Alassane Ouattara incluido. El presidente de turno de la Unión Africana, el ecuatoguineano Teodoro Obiang Nguema, dice no creerse las cifras estimativas de muertos causados por la guerra entre Gbagbo y Ouattara, unos 1.500. Tampoco ha ahorrado críticas a la intervención de los cascos azules de la ONU y de las tropas francesas, una visión que podría ser secundada por Rusia, uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que ha manifestado estar estudiando “su legalidad”.  Una actitud que intenta preservar sus bazas diplomáticas de futuro, tanto frente a los otros miembros permanentes del Consejo de Seguridad como ante sus colegas emergentes del BRIC, así como sus alianzas con los países menos desarrollados.

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