edición: 2453 , Martes, 24 abril 2018
23/06/2011

Fuga masiva de presos de Al Qaeda en Yemen mientras Obama anuncia la retirada de Afganistán

Pedro González
Como si quisieran demostrar a los norteamericanos que aún deberán librar unas cuantas guerras más, una sesentena de detenidos de la organización terrorista Al Qaeda se fugaban de la prisión de Mukalla, la principal ciudad portuaria de la provincia de Hadramaut en Yemen. Los círculos islámicos más radicales celebraban el acontecimiento aventurando que esos “guerreros se reincorporan a la lucha contra judíos y cruzados”. La evasión se producía apenas unas horas antes del discurso del presidente Barack Obama, en el que anunciaría las diferentes fases de retirada de sus tropas en Afganistán, la guerra más larga librada hasta ahora por Estados Unidos en sus poco más de doscientos años de historia.

La caótica situación en que se halla sumido Yemen alienta las sospechas de que la evasión podría haber sido facilitada por las propias autoridades yemeníes. Así lo ha manifestado sin ambages Nasser Kakazkouz, el presidente de las asociaciones de la sociedad civil yemení: “El régimen está viviendo sus últimas horas y quiere provocar un caos total”, manifestaba en declaraciones a Al-Jazeera.

Sin aludir directamente a la guerra, tanto el Pentágono como la CIA consideran a Yemen una pieza más sensible incluso que los cuatro países más agitados por las revoluciones árabes: Túnez, Egipto, Libia y Siria. Para Washington no hay duda alguna de que Al Qaeda de la Península Arábiga (AQPA) tiene su principal base de lanzamiento de operaciones en territorio yemení. Las evidencias mostradas en tal sentido por los militares y espías al presidente Obama, habrían convencido a éste de que intensificara los bombardeos mediante drones (aviones no tripulados), del mismo tipo de los que operan en la frontera afgano-pakistaní, y que tantas fricciones está causando en las relaciones entre Islamabad y Washington. Las acciones de ataque contra los supuestos refugios terroristas se han multiplicado a raíz de la toma de la pequeña ciudad portuaria yemení de Zinjibar, en la provincia de Abyane, por parte de miles de guerrilleros de los denominados Partidarios de la Sharia, un grupo radical que estaría también vinculado a Al Qaeda. Eso ocurría el 29 de mayo en que los combates se saldaron con más de un centenar de muertos del ejército regular yemení. Ello exasperó a algunos generales, que acusaron abiertamente al presidente Ali Abdallah Saleh de haber librado el enclave a grupos terroristas armados “para agitar el fantasma de Al Qaeda y continuar así con el apoyo internacional”.

El espantajo del terrorismo islámico ha sido el principal argumento esgrimido por los dictadores árabes para convencer a Occidente de que ellos eran el mejor dique de contención de la ola terrorista radical. La creencia a pies juntillas en la veracidad de tal tesis ha sido la causa de que tanto Europa como Estados Unidos hayan facilitado durante muchas décadas apoyo político y económico a esas mismas dictaduras, y no les hayan pedido cuentas por los crecientes excesos y abusos de poder cometidos por los tiranos.

Sin embargo, que tales dictadores desaparezcan de la escena política no significa que no existieran células terroristas implantadas en los respectivos países ni que no fueran especialmente beligerantes con los intereses occidentales, aunque la estadística demuestre que la inmensa mayoría de los atentados ordenados por Bin Laden y ejecutados por sus esbirros, hayan sido cometidos contra musulmanes, en países musulmanes.

Sin haber salido aún completamente de Irak ni haber iniciado todavía la anunciada vuelta a casa de los soldados en Afganistán, las dos guerras del presidente Bush, el actual presidente Obama, Premio Nobel de la Paz, ya libra tres, contando Libia, y puede sumar cuatro, si como parece va a intensificar las operaciones de bombardeo en Yemen. Por su carácter estratégico, vecino al poseedor del 25% de la producción mundial de petróleo que es Arabia Saudí, Yemen es vital tanto para Estados Unidos como para Europa, que tampoco podría sustraerse a una escalada militar en el país si éste se descontrolara a imagen y semejanza de Afganistán.
 
La salida política de Yemen sigue en la máxima incertidumbre. El actual gobierno y sus inmensas redes clientelares siguen alimentando la hipótesis de que el regreso del presidente Saleh es inminente. Algo tanto más difícil de creer cuanto que las graves quemaduras y lesiones que le causó el atentado contra la mezquita del palacio presidencial el 3 de junio, hayan sanado tan pronto en la unidad de cuidados intensivos del hospital de Ryad en el que se halla recluido, sin que se haya filtrado una sola imagen siquiera de tan incómodo como ilustre húesped.

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