edición: 3095 , Miércoles, 25 noviembre 2020
24/11/2009

Ganadores y perdedores en la lotería de la Unión Europea

Pedro González
La presidencia rotatoria de la Unión Europea que España inaugura el 1 de enero tiene programadas nada menos que tres mil reuniones en Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo, sedes de las diversas instituciones principales, y otras trescientas reuniones más en distintas capitales españolas, de forma que ninguna de nuestras principales ciudades se quede sin la parte alícuota del botín que supone recibir a los representantes de los Veintisiete. Es bastante cuestionable que tan ingente número de encuentros sea proporcionalmente directo a su eficacia, pero así funcionan a día de hoy las cosas en una Europa tan grande como fragmentada. En todo caso, localidades que rara vez ocupan el primer plano de una actualidad que trascienda su región, se verán recompensadas por la presencia fugaz de ministros o altos cargos de esas veintisiete naciones que hoy conforman la Unión Europea, además de los candidatos a integrarse en un futuro más o menos próximo, con Islandia y Croacia encabezando la lista de espera.

El presidente José Luis Rodríguez Zapatero tiene depositadas en ese primer semestre de 2010 gran parte de sus esperanzas de trascender las preocupaciones nacionales para sobre-elevarse como un verdadero hombre de Estado. Es evidente que en España esas pretensiones son cuando menos muy cuestionadas, mientras que en el resto de Europa cunde un cierto escepticismo al respecto. De todos modos, no tendrá fácil sacudir la pesada maquinaria comunitaria, complementada ya con el nuevo presidente del Consejo Europeo, el belga Van Rompuy, y la nueva jefa de la diplomacia comunitaria, la británica Catherine Ashton.

Estos dos nombramientos han sido solamente la parte visible de lo que se ha cocido en la trastienda de la cúpula de la UE, y cuyo resumen final puede resumirse en que todos los grandes han conseguido lo que querían: la Alemania de Angela Merkel incrusta a un democristiano hábil, políglota y de maquiavélica capacidad de maniobra, pero procedente de un país pequeño, como presidente; la Gran Bretaña del próximo perdedor de las elecciones británicas, Gordon Brown, se alza con el trofeo que supone dirigir la política exterior y manejar el presupuesto de las 130 futuras embajadas de la UE; la Francia de Sarkozy exige la decisiva comisaría de Economía y Presupuestos de la Comisión Europea, e incluso la Italia berlusconiana no se conformará con menos de la comisaría de Comercio. Incluso el portugués Barroso puede considerarse un ganador, tanto por haberse mantenido en la presidencia de la Comisión, gracias entre otras cosas al apoyo personal de Zapatero, y no estar empequeñecido por un peso pesado al frente del Consejo.
 
Cabría señalar como perdedores a quienes apostaron por los grandes nombres –los Blair y González-, pero tampoco es así. Cuando se compara a los presuntos grandes nombres del pasado con la hipotética nimiedad de los recién nombrados, es evidente que falta rigor histórico. Tony Blair llegó a presidir el Partido Laborista de carambola y sin que nadie atisbara que podría convertirse en el primer ministro más longevo de los laboristas que ocuparon el 10 de Downing Street. Tampoco en su día el alemán Helmut Kohl era considerado poco más que un aplicado y disciplinado ‘aparatchik’ del Partido Demócrata Cristiano. Y el propio Felipe González tampoco era nadie en Europa hasta que Willy Brandt primero, y luego el propio Kohl propiciaron que pudiera desarrollar sus incuestionables capacidades.

No es tiempo en Europa de gigantes a priori sino de componedores de alianzas y consensos, lo que es mucho más gris y seguramente más aburrido. Tal vez sea lo mejor, y desde luego es lo que toca, lejos de los mesianismos que tan mal terminaron en el Viejo Continente. En todo caso, la nueva presidencia española, doblada ya por una presidencia permanente del Consejo Europeo, tendrá que trabajar más duro y rápido para que la UE no siga quedándose atrás respecto del impulso que ya registran los grandes emergentes, China, India y sus periferias asiáticas, además claro está de Estados Unidos, todos ellos ganando influencia y minorando la europea en el mundo, no por más globalizado menos descarnado en su implacable competencia.

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