edición: 2742 , Miércoles, 19 junio 2019
07/03/2017
banca 

Goiri y Saracho, dos activos bancarios de respeto

Alfonso Pajuelo
Dicen que Saracho prepara el Popular para venderlo. Puede que sí y también puede que no. El nuevo presidente del banco –no llega a un mes en el cargo- viene de un puesto destacado a nivel mundial en otro banco y dudo mucho que vaya a limitarse a llegar y vender sin más, no tendría mucho sentido su trayectoria. Por tanto es razonable pensar que sin vender o vendiendo la operación forme parte de su futuro profesional. Eso nos llevaría a algunas consideraciones sobre las decisiones posibles, consideraciones a las que hay que unir el futuro de Bankia porque dos operaciones de ese calado podrían inducir a la componenda, al reparto, dando una baza de intervención al Gobierno.
En primer lugar hay que ser prudente con las informaciones que circulan por los mentideros económicos ya que en el Popular existen partes interesadas, las mismas que contribuyeron a poner la entidad en cuarentena, que tienen sus propios planes y por tanto no son de fiar. Aunque Saracho accedió a la presidencia como consecuencia de ese conflicto cuesta trabajo dar por seguro que sea esclavo de esos intereses. Por lo que sabemos de Saracho sería aventurado dar por cierta esa premisa.

Por tanto hay que pensar que el nuevo presidente va a formar parte de cualquier operación que se produzca, tanto la continuidad del banco como su venta. Además, no hay que alarmarse por ello porque la incorporación de Saracho al panorama bancario español sería sin duda una buena noticia dada la necesidad de relevo generacional en algunas entidades. No siempre hay disponibles profesionales de este nivel para operaciones de envergadura.

Sobre esa base, ahí están BBVA y Sabadell, distintos y distantes. BBVA tiene al frente un vetusto presidente cuyo único logro ha sido mantener el banco en la escala de grises sin el más mínimo lustre. Tiene un consejo arrodillado que en nada representa al accionariado. Ese grave defecto podría ser una ventaja en el asunto que nos ocupa porque facilita –en la misma medida que la dificultaría si quisiera- una operación de compra. Recursos tiene para ello y el presidente goza de presente pero carece de futuro aunque solo sea por la edad. Supongo que el acuerdo sería fácil. Sin embargo, en el subsuelo quedaría siempre la duda sobre la influencia política en la operación.

El Sabadell es otro asunto. Tiene un tamaño difícil y una implantación nacional limitada. Es sin duda un buen banco pero el presente lo ha desbordado. Necesita dar un paso adelante o a un lado y esa no es una decisión fácil. Oliú ha sabido regir la entidad con profesionalidad pese a la concentración accionarial pero en los últimos años ha necesitado apelar a nuevos inversores para mantener el caché y estos –que nada tienen que ver en la historia de la entidad- no están demasiado satisfechos. Eso es el germen de un conflicto, quizá no tan larvado como pretenden.

Pero lo que no está claro es que aportaría la compra del Popular al panorama bancario dado que hay problemas de mayor dimensión que abordar. Siguen sobrando bancos si tenemos en cuenta que el negocio bancario se desenvuelve por vías distintas a las anteriores. No ha cambiado el negocio pero sí la forma de entenderlo y operarlo.

También queda la opción del Santander pero me van a permitir que no consiga visualizar a Saracho a las órdenes de Ana P Botín, una presidenta que todavía está por demostrar su valía aunque sí está claro que tiene poder accionarial.

De todas formas, la del Popular no es la única posibilidad en el mercado. Queda por saber que se hará con Bankia y ambas posibilidades coincidirán en el tiempo. Además de su gestión, Bankia tiene a un presidente que sí es el futuro de la banca y como tal ya está puesto en valor. En ambos casos hay que considerar los factores Goiri y Saracho, dos estrellas que brillan con luz propia en un sector bastante mortecino. Tanto el uno como el otro tienen que estar presentes en lo que vaya a salir de la reordenación.

Todo esto de nada vale si añadimos el factor de incertidumbre que representa la influencia política que pudiera ejercer el Gobierno, una tentación que difícilmente rehusará Rajoy. Un segundo factor de incertidumbre dentro de la incertidumbre es la presencia de De Guindos en todo el asunto, mala cosa si tenemos en cuenta que es tan torpe como ambicioso.

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